Management

Lecciones de las neurociencias para gestionar las emociones

01-06-2012 En esta nota, Federico Fros Campelo plantea que "ya tenemos claro que debemos ser inteligentes emocionalmente...pero la pregunta es ¿Cómo lograrlo?"
Por Federico Fros Campelo, coordinador del seminario Gestión de las Emociones de la Universidad de Belgrano
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"Deberíamos ser más inteligentes emocionalmente...". Hoy estamos bombardeados por recomendaciones de este estilo. Todo pareciera aplicable: desde las sugerencias populares de autoayuda hasta los conceptos más novedosos del repertorio de ‘competencias emocionales' insertos en la disciplina teórico-práctica del management.

Sin embargo, seguimos viendo personas que no pueden lograr sus deseos por más "ley de atracción" en la que se obsesionen y jefes poco sagaces en los vínculos interpersonales.

Sí, ya tenemos claro que debemos ser inteligentes emocionalmente... pero la pregunta es ¿Cómo lograrlo?

Las neurociencias son las que actualmente están consiguiendo aportar las herramientas buscadas. Las emociones no son místicas ni etéreas; utilizan un vehículo biológico para suceder: el fundamento de nuestras emociones está en procesos que conjugan neuronas y química (neurotransmisores, hormonas) vinculando la mente con el cuerpo.

Claro que -al menos por ahora- no tenemos una pastillita que selectivamente apague el miedo a hablar en público o disuelva la ansiedad por las fechas límite. Pero la divulgación de ciertos descubrimientos muy concretos sobre cómo funcionan las emociones ya nos deja en condiciones de abordarlas de otra manera.

Porque, como bien dice la investigadora de la Universidad de Harvard Deirdre Barrett, el primer paso para cambiar es el simple hecho de saber cómo funcionamos.

Este entendimiento involucra a la corteza prefrontal de nuestro cerebro: un área de procesamiento ‘ejecutivo' que nos diferencia como humanos de las otras especies, y saca del ‘automático' a nuestros impulsos, instintos y hábitos, permitiendo que los advirtamos a medida que van sucediendo (y así que los desarticulemos).

Un canapé de los descubrimientos en neurociencias podría exponerse bajo el estimulador encabezado: ¿Sabía usted que...?

• La amígdala -situada en lo profundo del cerebro- puede identificar el rostro de alguien con miedo antes de que lo "veamos" conscientemente. Esto facilita que de bebés aprendamos a temerle a aquello que alerta a nuestros padres, para sobrevivir. Pero también genera el condicionamiento de miedos aprendidos y reacciones emocionales que a veces no podemos explicar.

• Nos estimula más el incentivo de una recompensa futura que el placer de tenerla. Las descargas de dopamina, un neurotransmisor, son más intensas cuando esperamos un acontecimiento que en el disfrute del hecho mismo. He ahí la razón de que tanto trabajemos por una zanahoria, o de que perdamos la cabeza ante una seducción que aún no se consuma.

• Una parte de la corteza cerebral -llamada ínsula- se activa cuando sentimos que alguien trata de sacar ventaja de nosotros. Esto sugiere que la emoción de injusticia podría haberse ganado como ventaja evolutiva de la especie.

La gestión de las emociones es algo de lo más transversal que existe: no hay actividad humana que no esté atravesada por las emociones. Tenemos mucho que aprender de las neurociencias al respecto.

 

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