Recreo

Paul Gascoigne: la destrucción de un genio a cámara lenta

15-03-2017 El exjugador, que pronto cumplirá 50 años, se arrastra penosamente regado en alcohol mientras los aficionados recuerdan su enorme talento
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George Best, otro genio del fútbol con el que la botella hizo estragos, dijo cuando se sentía a punto de morir que su vida había tenido tres fases: “la primera transcurrió en campos de fútbol, la segunda en discotecas y bares, y la tercera en hospitales y clínicas. Ahora veo que ya no habrá una cuarta”. Paul Gascoigne está a punto de cumplir 50 años y lleva ya dos décadas instalado en un punto intermedio entre la segunda y la tercera fase.

El fútbol, único hilo conductor que le dio a su vida una cierta coherencia, se acabó para Gascoigne (Gateshead, cerca de Newcastle, 27 de mayo de 1967) en otoño de 2004.

Colgó las botas en el Boston United, ya con un notable sobrepeso y una creciente dependencia del alcohol, tras un decadente periplo que le llevó a arrastrarse por las ligas china y estadounidense y las divisiones inferiores del fútbol inglés.

Cinco años antes, había derramado las últimas gotas de su inmenso talento futbolístico en Escocia, con el Glasgow Rangers, y en el Middlesbrough inglés, últimos destinos en los que fue más o menos capaz de estar a la altura de sí mismo.

"Desde que se retiró hasta ahora su decadencia es infinita. Cada nuevo episodio es un poco más bochornoso y sórdido que el anterior", nos cuenta Charlie Moore, redactor del tabloide británico Daily Mirror.

Moore fue el encargado de glosar para su diario el último capítulo de esa decadencia del que se han publicado imágenes. Fue en julio de 2016. Un Gascoigne de aspecto frágil y demacrado fue retratado instantes después de que se bajase de un taxi cerca de su domicilio en Poole, Dorset (sur de Inglaterra). Llevaba puesta una bata de baño gris que no le cubría el torso tatuado ni la entrepierna.

Descalzo, con sangre en los nudillos y en la frente y un cigarrillo roto en la comisura de los labios, el exfutbolista se quedó plantado en el centro de la calzada hasta que un par de vecinos se acercaron a él para preguntarle si necesitaba ayuda.

Gascoigne, en pleno estupor etílico, balbució que estaba bien, que solo había salido “a comprar ginebra y tabaco”.

Las fotos, reproducidas por medios de comunicación de todo el mundo, son el más elocuente testimonio del profundo pozo en que ha caído este hombre, que lleva gran parte de su vida desmoronándose en público a cámara lenta.

No hay imágenes, pero sí testimonios presenciales y crónicas periodísticas, del último incidente hasta la fecha en que se vio involucrado el exjugador, el 27 de diciembre del año pasado.

Ese día, Gascoigne acabó ingresado en un hospital del este de Londres con fractura de cráneo y varios dedos rotos tras ser golpeado y arrojado por la escalera de servicio de un hotel de Shoreditch (Londres) por dos huéspedes a los que, según diversos testigos, había dedicado insultos racistas.

Pocos días después, su portavoz oficial hizo público que Paul Gascoigne “odia ser un alcohólico” y se está esforzando por superar su adicción y llevar “una vida normal”.

Según Oriol Rodríguez, periodista y director del festival de documentales sobre fútbol Off-side, la de Gascoigne es la historia de “un juguete roto”, un “genio atormentado que nunca fue del todo consciente de los increíbles dones y oportunidades que le dio la vida y ha acabado desaprovechándolos”.

Rodríguez presentó Gascoigne, el documental sobre el futbolista inglés dirigido por Jane Preston, en la edición 2016 de su festival: “Intentamos traernos a Paul a España, a una mesa redonda sobre la película. Pero su representante, Terry Baker, nos pidió una cantidad desproporcionada de dinero. Alguien nos dijo que estaba seguro de que a él le hubiese gustado venir, porque una de las pocas cosas que le entusiasman a estas alturas es sentirse adulado y hablar del futbolista que fue con la gente que le admira. Pero el suyo sigue siendo un entorno tóxico y depredador, de gente que intenta ganar dinero a sus expensas sin preocuparse por sus verdaderas necesidades personales y afectivas”.

Ese entorno voraz se muestra en Gascoigne, la película, tal y como recuerda el propio Rodríguez: “Lo primero que hizo Paul tras fichar por el Tottenham, en 1988, fue comprarle una casa a todos sus familiares. Su hermana cogió las llaves, pero ni siquiera le dio las gracias y siguió sin hablarle”. 

Otro de los que conoce bien la historia es el periodista deportivo Aitor Laguna, director de la revista Panenka: “Para entender los problemas personales de Paul Gascoigne hay que remontarse a su infancia, que es la de un joven de clase obrera crecido en un suburbio de Newcastle, con un padre ausente y el recuerdo traumático de desgracias como la muerte de su amigo Steven Spraggon, que fue atropellado por un coche en un accidente del que Paul fue testigo".

“El alcohol fue para él, desde los 14 años, la válvula de escape básica para abstraerse de un entorno complicado”, opina Laguna. Según el periodista y autor de varios libros sobre fútbol Paco Gisbert, “Gascoigne fue una víctima de la cultura del fútbol inglés de mediados de los 80, el contexto en que debutó y en el que se convirtió en una estrella.

Por entonces, había una amplia tolerancia al consumo de alcohol y seguían vigentes costumbres como el llamado tercer tiempo, que básicamente consistía en una borrachera colectiva tras los partidos. Incluso entrenadores tan metódicos y de mentalidad tan moderna como Brian Clough [campeón de liga inglesa y de la Copa de Europa con el Nottingham Forest] aceptaban esta cultura etílica como parte del juego”.

“En el fútbol inglés de los 80 y 90 hay varios ejemplos de futbolistas alcohólicos o adictos a otras sustancias”, añade Laguna, “de Paul Merson a Tony Adams, pero es evidente que son casos aislados. La inmensa mayoría no cruzaron la barrera que separa al bebedor social del adicto. 

Gascoigne cayó en el alcoholismo porque era una persona emocionalmente frágil y de un carácter compulsivo”. En la primera de las biografías que ha publicado, Gazza: My Story, el propio futbolista reconoce esa tendencia a desarrollar adicciones y desórdenes de conducta que está en la base de su carácter, desde los episodios de cleptomanía, la adicción a los videojuegos, la bulimia o el rascado compulsivo (entre los 11 y los 17 años se rascaba la piel hasta hacerse ronchas) de su infancia y adolescencia al posterior consumo desmesurado de alcohol, cocaína, tranquilizantes y comida basura que ha caracterizado su vida adulta.

“Gascoigne, además”, añade Rodríguez, “sufre ataques de ansiedad y un trastorno bipolar diagnosticado contra el que la bebida le ha servido de placebo. Él mismo ha contado en varias ocasiones que, tras hacer una primera mitad miserable en un partido con el Glasgow Rangers, se escondió en un rincón del vestuario para tomarse varios vasos de whisky con el permiso tácito de su entrenador. En la segunda mitad, jugó a un nivel altísimo y metió tres goles, lo que acabó de reforzar en él la creencia supersticiosa de que necesitaba el alcohol para controlar su ansiedad y darle rienda suelta a su talento”.

Un talento, según resalta Gisbert, que fue sin duda extraordinario: “Creo que estamos hablando del mejor futbolista inglés desde Bobby Charlton”.

Laguna precisa que “era uno de los contados jugadores de muy alto nivel técnico en el océano físico que fue el fútbol inglés anterior a la Premier [1992], en el que imperaba la patada a seguir”. 

En ese ecosistema de fútbol racial y primitivo, Gascoigne irrumpe en primavera de 1985, con 17 años, tras proclamarse campeón de la FA Cup Juvenil con el Newcastle, en un partido en que golearon al Watford (4 a 1) en Vicarage Road con dos goles suyos, el segundo de ellos un primoroso derechazo a la escuadra.

Pocos días después, el 13 de abril del 85, debutaba con el primer equipo del Newcastle en un partido ganado por 1 a 0 al Queens Park Rangers.

En cuestión de semanas, el joven Gazza, como se le conocerá muy pronto, empieza a jugar en Primera División.

Centrocampista ofensivo de gran creatividad y excepcional regate, destacaba ya por entonces por su mala cabeza y su tendencia a tomar pésimas decisiones dentro y fuera de la cancha. Uno de sus primeros entrenadores le describió como “un George Best sin cerebro”.

Un tipo con simpatía y carisma, con música y dinamita en los pies, pero capaz también de hacerse expulsar por una chiquillada (una burla al árbitro, una patada alevosa a destiempo) o pelearse incluso con sus compañeros de equipo.

Para Laguna, “en el fútbol inglés de la época había hooligans de clase obrera en las gradas y futbolistas muy agresivos y árbitros mediocres que no protegían el talento en las canchas”. En semejante contexto, el joven Gascoigne tuvo que curtirse. En un mítico partido de 1989, Vinnie Jones, brutal centrocampista defensivo del Wimbledon, se encargó de contribuir a su proceso de endurecimiento castigándole los tobillos con saña e incluso retorciéndole los testículos en una imagen que dio la vuelta al mundo.

“Soy un gitano, gano mucho dinero y te voy a arrancar la oreja con los dientes, gordo. Fuera de campo estás a salvo, pero aquí estamos solos tú y yo”, le dijo Jones poco antes de esa agresión alevosa, inmortalizada por los fotógrafos pero ignorada por el árbitro. Tras el partido, Gascoigne le mandó a Vinnie un ramo de flores, en un gesto irónico que sirvió para que el poeta del balón de Newcastle y el rudo fajador galés se hiciesen buenos amigos.

 “No hay duda de que fue mejor que Kevin Keegan o David Beckham, por citar a dos jugadores ingleses de muy alto nivel de las últimas décadas. Pero le tocó ser un genio en un erial, un jugador fuera de contexto en una época en que el fútbol inglés estaba sufriendo una regresión alarmante”, señala el director de Panenka.

El Tottenham de Terry Venables y la selección inglesa de Sir Bobby Robson conocieron su mejor versión, pero los grandes títulos se le resistieron. No ganó la liga con unos Hotspurs que, bajo su batuta, practicaron un fútbol de muy alto nivel entre 1988 y 1992 y también se le escurrió el Mundial de Italia de 1990, con esa derrota contra Alemania en la tanda de penaltis que dio pie a la resignada frase de Gary Lineker: “El fútbol es un deporte en el que juegan 11 contra 11 y siempre acaba ganando Alemania”.

A aquel partido de semifinales, jugado por él con una intensidad frenética, corresponde también una de las imágenes más icónicas de Gascoigne, la de sus lágrimas tras ver la tarjeta amarilla que le hubiese impedido jugar la final en caso de que Inglaterra se hubiese clasificado para ella.

“Sus fans ingleses se enamoraron de esa imagen, vieron en ella un gesto conmovedor de amor a los colores”, cuenta Gisbert, “pero yo creo que no es más que otro síntoma de la mala cabeza que siempre ha tenido Gascoigne, porque fue una tarjeta innecesaria en un momento en que había mucho en juego y lo principal era actuar con sensatez y cabeza fría”.

Aquel Gascoigne en plenitud, el ídolo nacional que el fútbol de su país pedía a gritos, decidió hacer las maletas en 1991 e irse a jugar a la liga italiana, a la Lazio. Lo hizo por ambición y por dinero. Pero no cuajó. A partir de ahí, según cuenta Laguna, “su carrera conoció dos cantos del cisne: en la Eurocopa de 1996, en la que jugó a muy alto nivel y volvió a perder una semifinal contra Alemania, y en el Glasgow Rangers”, club escocés del que fue auténtico ídolo entre 1995 y 1998.

Por entonces, ya se había casado con su novia de toda la vida, Sheryl Failes, de la que se acabaría divorciando en 1999, tras varios episodios de violencia doméstica reconocidos por él y relatados por ella en su libro de memorias My life surviving Gazza.

El Gascoigne errático de los años posteriores, ya sin fútbol al que aferrarse, sufrió traumas como la muerte accidental de un amigo durante una noche de juerga desbocada en la que él participó, ataques de ansiedad cada vez más frecuentes, varios tratamientos de desintoxicación fallidos (uno de ellos, en 2013, pagado con 50.000 euros por los jugadores de la selección inglesa) y toda una costelación de denuncias, problemas y grandes y pequeños escándalos.

Desde episodios de acoso a antiguas novias a agresiones a periodistas e insultos racistas a porteros de discotecas. Tuvo un hijo con su exmujer, Regan Paul, y es el padre adoptivo de dos hijos más que tuvo ella fuera del matrimonio. Una de ellos es Bianca Gascoigne, una modelo bastante famosa por participar en realities.

Para Rodríguez, Paul Gascoigne “pertenece a la estirpe de los bad boys del fútbol, de los Balotelli o los Maradona, y aunque eso le dé un aura de maldito que puede resultar incluso atractiva, lo cierto es que el suyo es un caso digno de lástima, una tragedia personal de la que él es la principal víctima”. El director de Off-side remata con una frase lapidaria: “Espero que no tengamos que leer pronto la noticia de su muerte prematura”.

George Best decía que le hubiese gustado poder disfrutar de una cuarta fase en su vida para pasarla en casa con su familia, alejado del fútbol, de los bares y de los hospitales. Paul Gascoigne aún está en la tercera fase, luchando por ganarse el derecho a disfrutar de la cuarta.


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