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Vasos curvos, platos redondos y tazas rojas: trucos de restaurantes para que se consuma más

28-07-2017 Muchos clientes lo sospechan y es verdad: los locales de comida implementan estrategias sutiles para favorecer el negocio           
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Lo de "comer por los ojos" no es autosugestión: según un estudio liderado por el Instituto Nacional de Genética de Shizuoka, en Japón, existe un vínculo directo entre la percepción visual de la comida y las ganas de comer

En muchas especies animales se ha comprobado que la información visual se transmite al hipotálamo, una región del cerebro que, entre otras muchas cosas, regula las sensaciones del hambre y la saciedad.

Otro estudio del Instituto alemán Max Planck comprobó también que el aspecto la comida puede aumentar la concentración en sangre de una hormona llamada grielina, que desata en nosotros la sensación de apetito.

Pero no es solo la comida la que detona esos mecanismos. La manera en que se sirve también influye y mucho, e incluso cómo nos la explican.

En estos estudios se basan algunos restaurantes para armar sus estrategias de seducción y conseguir que los comensales no solo los elijan sino que consuman más.

A continuación, algunos de los trucos que utilizan:

1) Cubiertos de metal 

Los cubiertos que utilizamos están hechos de metal -en especial plata o acero inoxidable-, plástico o madera -es el caso de los palillos y el menaje ecológico- y, según usemos unos u otros, la comida sabe distinto.

Así lo afirma un estudio encabezado por Betina Piqueras-Fiszman de la Universidad Politécnica de Valencia, informa el diario El País.

Entre otras cosas, la investigación puso de relieve que los alimentos son mejor valorados, y percibidos como de mayor calidad, cuando se usa un cubierto de metal en lugar de uno de plástico.

El profesor de la Universidad de Oxford, Charles Spence, especializado en psicología aplicada a técnicas de consumo y gastrofísica, añade más: en un test con 150 personas sirvió los mismos platos con distintos cubiertos. Quienes comieron con cubiertos más pesados consideraron que el menú tenía mejor aspecto nada más verlo y, al finalizar, quedaron más satisfechos.

La conclusión fue la misma que la del estudio de Piqueras-Fiszman: no nos gusta que los cubiertos sean extremadamente ligeros, como ocurre con los de plástico, y percibimos más calidad en el metal.

2) Platos redondos y blancos o cuadrados y negros

La forma y el color de la vajilla en la que nos sirven la comida incide en cómo percibimos los sabores, en cómo valoramos su calidad e influye, incluso, en nuestra apreciación sobre el tamaño de la ración que nos han suministrado.

Así lo plantea un estudio codirigido por Peter C. Stewart, psicólogo de la Memorial University of Newfoundland, en Canadá.

Los resultados indican que en la posición número uno del ranking se erigen los platos blancos y redondos, que realzan nuestra opinión sobre elementos básicos, como la intensidad del sabor o su punto de dulzura.

En cambio, a la hora de opinar sobre elementos algo más complejos, como la calidad o el gusto de la comida, también destacan, al mismo nivel, los platos cuadrados y negros.

3) Taza roja para líquidos calientes

Según un experimento llevado a cabo por George H. Van Doom de la Escuela de Ciencias de la Salud y Psicología de la Federation University de Australia, el color de la taza en la que nos tomamos el café genera diferencias en cómo lo registran nuestras papilas gustativas.

Comparando las apreciaciones de las personas que tomaron un café en una taza blanca y las que lo hicieron en una taza transparente, encontraron que los primeros clasificaron el café como menos dulce que los segundos.

En otro experimento realizado con 200 personas a las que se las invitó a tomarse un café en tazas de distintos colores -azules, verdes, amarillas y rojas- la percepción de la temperatura varió bastante: el 38% afirmó que el café servido en la taza roja estaba más caliente, un porcentaje seguido por los que pensaron que era el que contenían las amarillas (28,3%). En segundo y cuarto lugar quedaron los que votaron la taza verde (20%) y la azul, (13,3%).

4) Música clásica para comer y más alta para beber

Según contó Charles Spencer en su conferencia Gastrophysics, The Science of Dining from Restaurant Music to Sonic Crisps (Gastrofísica: la ciencia de comer, desde la música del restaurante hasta el sonido del crujiente), los restaurantes de lujo saben bien que la música clásica consigue engrosar las cuentas de sus clientes un 10% en comida y vino que con otros estilos menos orientados a la relajación.

En cambio, la música alta motiva a la bebida.

Así lo concluyó un equipo de investigadores de la Universidad de Bretaña-Sur de Lorient Cedex, en Francia, tras observar experimentalmente en varios bares de la zona que la presencia o no de música, su ritmo e incluso los distintos estilos musicales se pueden asociar a distintos niveles de alcohol.

Manipulando discretamente el volumen, vieron cómo afectaba al consumo de alcohol.

Con un sonido alto, afirma el estudio, la gente está más excitada y no puede socializar, así que bebe más.

5) En vaso recto se bebe menos

El consumo excesivo de alcohol es un problema en gran parte del mundo y causa, según la OMS, 2,5 millones de muertes anuales. Por ello, desde la británica Universidad de Bristol llevaron a cabo un estudio para establecer qué cantidades de alcohol nos llevamos a la garganta, dependiendo de la copa o vaso en la que nos sirvan la bebida y de la percepción asociada del volumen del contenido.

En base a una muestra de 160 jóvenes, bebedores sociales -que no alcohólicos-, se hicieron dos grupos a los que sentaron a ver un documental para que estuvieran distraídos y se les sirvió cerveza o refresco en dos tipos de vasos: rectos y curvos.

Los que bebieron su cerveza en el vaso recto tardaron 13 minutos en acabarla, mientras que los que lo hicieron en el curvo solo ocho. La misma prueba hecha con un refresco sin alcohol, en cambio, no arrojó diferencias entre unos y otros.

Parece que el ritmo que nos autoimponemos en la velocidad a la que bebemos está vinculada a nuestra percepción de cuándo tenemos la copa a medias, algo que en el vaso curvo no queda tan claro; al contrario, parece que contienen más bebida de la que hay, algo que nos incita a seguir bebiendo.

6) La clave en la presentación del menu: ¿lo prefiere ecológico o de la abuela María?

Sin duda no es lo mismo pedirse un bocata de queso, que un sándwich de pan artesano con manchego curado aderezado con aceite de oliva virgen y tomates ecológicos cultivados por la abuela María.

La forma en que los platos del menú están explicados nos predispone a hacer determinadas elecciones.

Según un estudio realizado por la Universidad de Novi Sad, en Serbia, nos dejamos influenciar en especial por los nombres vinculados a la salud, al sentimentalismo y al origen étnico de los alimentos.

Así lo comprobaron tras evaluar la elección de distintos comensales ante cinco menús idénticos, pero explicados desde distintos enfoques, denominados clásico, sentimental, auténtico, nacional y ecológico y saludable.

La sopa de pollo se llamó llanamente así en el menú clásico, pero en el sentimental se denominó "sopa de pollo amarillo de la abuela" (lo de amarillo es por la alimentación a base de maíz).

En el menú auténtico se definió como "sopa clara de pollo", en el nacional como "sopa de pollo de la granja de Vojvodina", y en el eco, "sopa de pollo campero en libertad". Por este orden, los alimentos más deseados fueron los del menú ecosaludable, seguido por el sentimental, el nacional, el auténtico y el clásico.

 

 

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