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Con 11 muertos y más de 2.000 detenidos, las protestas no ceden en un Chile perplejo y expectante

Con 11 muertos y más de 2.000 detenidos, las protestas no ceden en un Chile perplejo y expectante
Muchos empleadores cancelaron las jornadas de trabajo y las clases estaban suspendidas en prácticamente todos los colegios y universidades
21.10.2019 15.58hs Actualidad

Miles de personas copaban la céntrica plaza Italia de Santiago este lunes, en la mayor manifestación en este lugar desde el inicio el viernes de unas protestas que no bajan de intensidad y que llevan 11 muertos y cientos de heridos.

"Que se vayan los milicos", gritaban a coro los manifestantes, en abierto desafío a las fuerzas militares y policiales que resguardan en gran número el centro de la capital chilena, bajo estado de emergencia, sin generarse de momento nuevos enfrentamientos.

"Esto no para; esto no para hermano", afirmó una mujer a la televisión local, cuando en un ambiente de gran tensión los chilenos abordaban el primer día laboral tras el estallido de las protestas, las más violentas desde el retorno a la democracia en 1990 con el fin de la dictadura de Augusto Pinochet.

Hasta el momento, "la cifra de fallecidos oficiales que tenemos que lamentar en estos últimos dos días es 11", dijo a periodistas Karla Rubilar, intendenta de la Región Metropolitana.

El ministro de Salud, Jaime Máñalich, informó de su lado que hay 239 civiles heridos -ocho de ellos en riesgo vital- al cabo de estos días de protestas.

El titular de la cartera de Interior, en tanto, dijo que 50 policías y soldados también resultaron heridos. La Fiscalia informó además de 2.151 detenidos en todo Chile.

En este primer día laboral desde el estallido social, muchos empleadores cancelaron las jornadas de trabajo y las clases estaban suspendidas en prácticamente todos los colegios y universidades.

 

Las autoridades calcularon en 20.000 los puestos de trabajo afectados por la destrucción y la bolsa de Comercio de Santiago caía en las primeras horas de operaciones más de 4%.

La falta del metro -eje del transporte público, con unos tres millones de pasajeros por día-, era lo que más se extrañaba en esta ciudad de casi siete millones de habitantes, obligados a hacer largas filas para tomar autobuses o acceder a las pocas estaciones del ferrocarril metropolitano abiertas.

La estación La Moneda, a pocos metros de la casa de gobierno abrió sus puertas pasadas temprano en la mañana, permitiendo el ingreso de decenas de personas que esperaban impacientes poder tomar un tren, con varios soldados resguardando los ingresos.

Si el detonante del conflicto fue el aumento de la tarifa del metro, con el correr de las horas las protestas se hicieron eco de otras reivindicaciones en una sociedad que incuba desde hace años descontento con un modelo económico cuyo acceso a la salud y a la educación es prácticamente privado, con una alta desigualdad social, bajas pensiones y alza de los servicios básicos.

El gobierno ha condenado las protestas violentas y llamado a la calma pero el presidente Sebastián Piñera, que hasta hace pocos días se refería a su país como un "oasis" de tranquilidad, afirmó la noche del domingo que el país se encontraba "en guerra contra un enemigo poderoso".

En el centro de Santiago se observa gran presencia militar y policial. Algunas tiendas -las más pequeñas- abrieron sus puertas, pero la mayoría de los supermercados y centros comerciales permanecían cerrados o abrían parcialmente.

La violencia de las protestas tiene a muchos perplejos, con miedo, aunque también expectantes de los cambios que se pueden venir tras el estallido.

 

"Se veía venir esto. El gobierno no ha hecho nada, no era solo el pasaje de metro lo que gatilló esto y terminó en vandalismo. Si el gobierno no hace cosas contundentes, medidas para mejorar los sueldos, la salud, las pensiones...", dijo Carlos Lucero, de 30 años, vendedor de sándwiches en el céntrico paseo Ahumada.

Con dos noches consecutivas de toque de queda tras decretarse el estado de emergencia en varias ciudades de Chile y cuando cundían los saqueos en todo el país, vecinos se organizaron para evitar ataques a sus hogares.

Armados con palos y con los chalecos amarillos que popularizaron manifestantes en Francia, defendieron sus casas pero también supermercados y tiendas de barrio que quedaron en pie y no fueron vandalizados.

Los vecinos, en alianza con fuerzas de orden, realizaron rondas de vigilancia junto a policías y militares que les permitieron salir a las calles pese al toque de queda.

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