La carne se estabiliza, pero la inflación de alimentos acelera: ¿culpa del tomate o del "efecto maquinita"?
Dura de bajar, la inflación encuentra todos los meses un rubro que lo empuja al alza. Y cuando parecía que, por fin, la sensible categoría de alimentos empezaba a estabilizarse, otra vez está marcando un aumento mayor al esperado.
Y esto puede opacar el logro de que en mayo el IPC sea menor que el 2,6% de abril, dado que es casi seguro que, otra vez, los alimentos reflejen una variación al alza -después del módico 1,5% que habían registrado en la medición de abril.
Una pista en ese sentido vino con el IPC de la Ciudad de Buenos Aires, donde sorprendió que la canasta alimentaria haya tenido aumentos de precios por 2,8%, el doble de lo registrado el mes previo. Y los relevamientos de las consultoras privadas van en la misma línea, anticipando que una suba similar para los alimentos ocurrirá con el IPC nacional que mide el Indec.
Por caso, Eco Go pronostica una inflación de 2,7%, lo que implica una aceleración de 0,6 puntos respecto de abril. Apunta a un factor estacional liderado por las verduras, algo que se reflejó en incrementos de hasta 30% en el Mercado Central. En cambio, vio una situación estable en la carne, que durante el verano había liderado la inflación de alimentos.
En tanto, la consultora Analytica estimó un 2,5%, en una categoría en la que los principales impulsores de los aumentos fueron las verduras y los productos lácteos. En lo que respecta a la carne, también registró una relativa estabilidad de precios, con apenas 1% de suba en mayo.
El relevamiento de la consultora LCG también calcula un 2,5%, aunque con diferentes niveles de variación entre los subrubros. Así, registra un fuerte 5,5% de incremento en lácteos y huevos, mientras sigue observando una suba relativamente alta -2,8% mensual- para los productos cárnicos.
La carne ya no es el "villano"
Sea cual sea el producto que genere la presión estacional, lo cierto es que está resultando mucho más difícil de lo previsto dominar la inflación en los alimentos, algo que todos los gobiernos ponen entre sus prioridades, porque incide directamente en los niveles de pobreza e indigencia.
Entre los economistas se había generado cierto optimismo, dado por el hecho de que la carne -el rubro de mayor ponderación en la canasta del Indec- está dando signos de estabilidad. Como referencia, el kilo de novillito en el mercado ganadero de Cañuelas, que había tocado picos de $5.400 en febrero y marzo, mostró sobre fines de mayo una caída a la zona de $4.900.
De hecho, el alivio en la canasta alimentaria que se midió en abril obedece, precisamente, al freno en los aumentos en los mostradores de las carnicerías.
El "factor carne" había sido uno de los fenómenos imprevistos por Caputo a inicios de año. La presunción del ministro era que, como ocurre todos los veranos, los precios en las carnicerías se estabilizarían después del clásico pico de consumo findeañero. Sin embargo, se constataron subas que no estaban en los planes, y que le "pegaron" al IPC en el rubro alimentos, que el gobierno creía iba a compensar por los aumentos tarifarios.
Eso fue lo que explicó los altos índices de enero, febrero y marzo: los alimentos aumentaron por encima del promedio de la inflación general -en realidad, hubo una saga de seis meses, que recién se cortó en abril, y que todo indica se retomará en el IPC de mayo-.
Y el motor de esos aumentos fue la carne vacuna, que en marzo marcó un incremento de precios de 6,9%, después de haber aumentado 7,2% en febrero, 4,4% en enero y 7,3% en diciembre. Esto había ocurrido por un fuerte bajón de 10% en la oferta vacuna, dado que los productores ganaderos quieren reponer sus stocks, aprovechando que el momento es propicio para engordar los animales en vez de enviarlos pronto a la faena. Por fin, en abril se registró una mínima variación negativa.
La anomalía de esta situación llevó a varios analistas cercanos al gobierno a proponer un índice inflacionario "descarnado", con el argumento de que, en realidad, la inflación se encontraba casi un punto por debajo de lo que reflejaba el índice del Indec.
Y lo paradójico de la situación es que si Toto Caputo hubiese aceptado la aplicación del nuevo IPC que había preparado el renunciado Marco Lavagna, el impacto de la carne vacuna habría sido mucho menor. Ocurre que el actual IPC le sigue asignando hoy la misma ponderación en el presupuesto familiar que la que tenía en el año 2004, a pesar de que hoy el nivel de consumo es de 49,9 kilos anuales per capita, un 35% menos que los 63,9 kilos que se consumían en 2004.
¿Culpa del tomate o de los pesos?
Ahora que la carne ya no ocupa el rol de "villano" de los precios, aparecen las subas estacionales en las verdulerías y en las góndolas de los productos lácteos. Todavía no está claro que se tratará de fenómenos transitorios o si se extenderán en los meses invernales, complicando así los planes del gobierno para moderar la inflación.
En todo caso, el hecho de que la inflación de alimentos siga siendo un tema noticioso le genera un problema político al gobierno, porque pone en duda la validez de su discurso sobre la inflación como un fenómeno estrictamente monetario.
Si desde el equipo del ministro Toto Caputo se pone el énfasis en factores climáticos o en el encarecimiento del costo logístico por la suba de combustibles, entonces la explicación sonará como una contradicción con el mantra de la inflación monetaria.
Y si no se plantea ese argumento, entonces habrá margen para que aumenten las críticas por parte de los economistas que acusan a Caputo de estar incurriendo en una expansión monetaria encubierta.
Es decir, que la culpa no es de la suba del tomate, sino del hecho de que, cada vez que compra dólares, el Banco Central inyecta pesos al mercado, cuyo potencial para generar inflación no logra ser neutralizado por las absorciones de liquidez que hace el Tesoro al colocar bonos de deuda.
La sospecha de "la maquinita"
Hay, además, otro tema en debate: el Banco Central volvió a hacerle un traspaso de ganancias contables al Tesoro, una operación que dejó unos $5,6 billones netos a Caputo. Aunque en el gobierno argumentan que esa operación no tiene un efecto monetario expansivo, lo cierto es que ya el año pasado se habían generado acusaciones en el sentido de que se está incurriendo en "la maquinita".
De hecho, hay economistas que han calculado que la aceleración inflacionaria ocurrida en la segunda mitad del año pasado coincide con el costo matemático de intentar absorber ese excedente de pesos.
Los economistas críticos indican que la cantidad de dinero, medida por el agregado M3 -que además de las cuentas a la vista también considera los plazos fijos y títulos de deuda pública- ya suma $175 billones. Es más del cuádruple de la cantidad de dinero que el gobierno heredó de la gestión anterior. Si hubiese que convertir esa bola de pesos a dólares, se necesitaría u$s121.000 millones.
Hay analistas que calculan que la variación del M3 de mayo alcanzaría para demandar u$s5.000 millones, lo cual hace lucir pequeño el incremento de las reservas del BCRA, fue de u$s1.500 millones en el mes. Desde su punto de vista, el gobierno está realizando una política de "intervención sobre el peso".