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En la vida hay que elegir: por qué ahora el Gobierno busca enfriar la economí­a

En la vida hay que elegir: por qué ahora el Gobierno busca enfriar la economí­a
El plan del Gobierno incluye moderar salarios, ajustar gasto, tomar deuda afuera, subir tasa y dólar. Irónicamente, todo lo rechazado hasta hace poco
Por Fernando Gutierrez
19.02.2014 06.35hs Economía

En este verano de pesadilla para el "modelo K", el Gobierno se aferra secretamente a una esperanza de emergencia, un objetivo inconfesable: lograr una "devaluación exitosa".

Es así la forma en que los economistas denominan a los ajustes del tipo de cambio que no se trasladan a los precios internos ni a los salarios y, por lo tanto, logran un efectivo abaratamiento de los costos, medidos en dólares.

Es, en definitiva, el verdadero objetivo de cualquier devaluación, ya que si una suba del dólar es seguida en la misma proporción por precios y salarios se neutraliza el efecto, con el agravante de que se generó una atmósfera de inestabilidad.

Es lo que explica todo lo que está haciendo el Gobierno desde la devaluación del peso. Empezando por la cruzada de Axel Kicillof para imponer el argumento de que no hay motivo alguno para que exista un traslado de aumentos desde el dólar a los precios.

No es una tarea fácil, sobre todo porque el propio ministro y sus colaboradores han sostenido, durante años, el argumento contrario, cuando los que reclamaban una devaluación eran los políticos de la oposición.

Pero, sobre todo, resulta difícil imponer el argumento porque está chocando con la realidad, como comprueban todos los días los consumidores en las góndolas.

Lo cierto es que la cuestión sobre si el Gobierno logrará una "devaluación exitosa" se ha transformado en el debate del momento entre los economistas.

Un trabajo de la Fundación Mediterránea, que analiza lo ocurrido en las crisis devaluatorias de la historia reciente, señala que hubo saltos del dólar relativamente "exitosos" en los casos en que había alto desempleo o un escenario recesivo, como fue el ejemplo de 2002. En esa ocasión, la divisa estadounidense pasó de 1 a 4 pesos en pocos meses, pero la inflación fue de 40%, una cifra baja en términos comparativos.

En el extremo opuesto, en 1990, con una población muy sensibilizada por la experiencia reciente de la hiperinflación, una suba del 120% del tipo de cambio, generó en pocas semanas una inflación mayor, con lo que al final del proceso los precios, medidos en dólares, habían subido en vez de bajar.

Para Marcelo Capello, economista de Fundación Mediterránea, la devaluación actual podrá ser un caso intermedio. Argumenta que el alto nivel de empleo tendrá su correlato inflacionario, pero que otras circunstancias, como el bajo crecimiento económico, jugará en sentido contrario.

Hablando en cifras, cree que el traspaso a precios puede ser la mitad de la devaluación. Esto implicaría el riesgo de unos 10 puntos adicionales de inflación en los próximos meses.

Ahí es donde el Gobierno llega a su momento más temido: para minimizar ese impacto, resultará inevitable ponerle un freno a los salarios e inducir a la economía a una recesión. Todo un golpe para un "modelo" que ha hecho del consumo su principal bandera.

Pronóstico: frente frío
Es así que, según analizan los economistas más influyentes, las medidas económicas más recientes revelan que el Gobierno ha hecho una clara elección: pagar el precio de una recesión para recuperar la estabilidad, sostener al tipo de cambio y aliviar la escasez de recursos.

"El Ejecutivo se juega a un dólar a $8 con una suba de las tasas de interés, pero para que esto resulte requiere de una recesión", diagnostica el economista Carlos Melconian, convencido de que el enfriamiento de la economía durará, como mínimo, un trimestre.

Otros expertos comparten esa visión. Como Ramiro Castiñeira, de la consultora Econométrica, quien afirma: "El ajuste ya comenzó desde la política monetaria, con devaluación y suba de tasas de interés, y posiblemente sea inminente un incremento en las tarifas", algo que ya dejó entrever Axel Kicillof. 

Para este analista, el Gobierno ha llegado a este presente "forzado por la situación donde casi ya no existe margen alguno para ignorar los desequilibrios y financiarlos con reservas y emisión como lo hizo en los últimos años".

También el economista Enrique Szewach señala que, tras haber caído en un exceso de gasto público, "el resultado es el habitual para estos casos: déficit fiscal, devaluación, creciente inflación, pérdida de reservas, estancamiento del nivel de actividad, endeudamiento, caída del salario real y, finalmente, shock de ajuste por las malas".

En definitiva, lo que se percibe es que lo que está en marcha no es ni más ni menos que un plan recesivo, por más que el discurso oficial argumente que las medidas van en el sentido de impedir un "ajuste ortodoxo".

"Lo cierto es que la estrategia apunta a ganar grados de libertad en el manejo de las variables en los próximos 21 meses, apuntando a transitar un 2015 más holgado a costa de una tasa de inflación más elevada y un freno mayor en el nivel de actividad", apunta el influyente Miguel Bein, para quien el año terminará con una caída de 1,5% del PBI.

Borrando con el codo
Lo irónico del momento actual es que todos los puntos del "mini plan" componen el listado de lo que Kicillof siempre criticó.

Si se toma una de sus últimas intervenciones públicas antes de ser confirmado como ministro, durante un seminario organizado en agosto por el centro Cefid, Kicillof decía, con la vehemencia que lo caracteriza, lo siguiente: "La ortodoxia tiene un libro de recetas que todos los que estamos en esta sala podemos deletrear: bajar salarios, ajustar el gasto, endeudarse en el extranjero, subir la tasa de interés, devaluar fuertemente la moneda para resolver los problemas de la balanza comercial y dale que va".

El ministro se mofaba del diagnóstico clásico de los economistas sobre el origen de las dificultades: "Los salarios altos, el elevado gasto público, el Banco Central que no se rige por los dictados del sector financiero, los bancos que no tienen total autonomía, los capitales internacionales que no tienen una puerta giratoria para entrar y salir".

Y reivindicaba la necesidad de tener una visión alternativa ante la aparición de problemas -que, por supuesto, eran generados por incidencia externa-, de manera de no tomar a los asalariados como variable del ajuste.

"Los trabajadores son los que están indefensos, porque no pueden mudarse de donde viven, no pueden fugar sus capitales, no tienen negocios alternativos cuando viene mal la mano. Se quedan en la calle o les baja el salario, como ha sucedido hace muy poco tiempo en la economía argentina", definía Kicillof.

La realidad en el país puede ser cruel, como debe estar comprobando Kicillof en estos días: en un irónico efecto boomerang, su nuevo plan contiene prácticamente todos los puntos que detalló como parte del ajuste ortodoxo.

El ajuste "progresista"
El primero, obviamente, es la devaluación, una medida que el kirchnerismo criticó durante toda la campaña de las elecciones legislativas, por ser un sinónimo de pérdida de poder adquisitivo.

Suena raro escuchar a Kicillof cuando afirma que no hay motivos para el traslado del aumento del dólar a los precios.

Pero ese es apenas el primer capítulo del ajuste. Porque luego de la devaluación llegó la suba de las tasas de interés, una medida adoptada con el objetivo de "planchar" al dólar blue, pero al que muchos economistas ven como claramente recesiva.

"Este es un ajuste ortodoxo y se está aplicando lo peor de la receta monetarista, con una brusca suba de la tasa de interés, por lo que los que van a sufrir van a ser los trabajadores", se despachó Ricardo Delgado, titular de la consultora Analytica y asesor económico de Sergio Massa.

Otra voz influyente que se muestra muy crítica de este punto es Javier González Fraga, ex titular del Banco Central, quien tampoco duda en calificar a las nuevas medidas como "monetaristas", todo un insulto para los economistas del ala "progresista".

González Fraga recomienda recordar las experiencias negativas del pasado cuando se intentó atacar los problemas económicos mediante una brusca contracción de la cantidad de dinero: "Una elevación brusca de las tasas de interés libres no hará otra cosa que transformar este estancamiento en recesión, deteriorando la calidad crediticia y aumentando la incobrabilidad en el sistema financiero, que aún goza de muy buena salud".

Y hace esta advertencia inquietante: "Lo que nos falta, para terminar de complicar el panorama, es que en un año aparezcan rumores sobre la solvencia de algunos bancos".

La hora de pagar la factura
Pero hay más medidas para agregar al neo-ajuste ortodoxo.

Otra de las que resultan inevitables en un momento de escasez de divisas es el cierre de las importaciones.

Ya está quedando en evidencia, con la reticencia del Banco Central a vender todas las divisas que piden los importadores, entre los cuales se encuentran algunas de las "niñas mimadas" del modelo, como el polo electrónico de Tierra del Fuego.

El Estudio Bein calcula que este año las importaciones caerán casi un 6% respecto del año pasado, como forma de preservar un saldo positivo de u$s15.600 millones en la balanza comercial, que pueda hacer de "colchón".

Según Marina dal Poggetto, analista del Estudio Bein, para que crezca un punto del PBI se necesita que aumenten tres puntos las importaciones.

"El tema es que no se puede dejar de importar energía, entonces se puede caer en un freno a las otras importaciones, lo cual va a derivar en un freno de la actividad, salvo que encuentren los mecanismos para que los dólares entren por el lado financiero", afirma.

Ese camino, por cierto, también está siendo intentado por Kicillof, por ahora sin éxito luego de sus incursiones en China y en París. En todo caso, recurrir al financiamiento externo es también uno de los puntos de la "lista negra" que se había afirmado que no se adoptaría.

Finalmente, si hay un punto que falta para que esta nueva fase del modelo se transforme en un ajuste clásico es la baja en el poder adquisitivo de los salarios, que sufrirán una licuación por la inflación.

"La verdad es que en un contexto como este es cuando resulta más fácil hacer un ajuste. Me resulta difícil pensar que las paritarias del sector público superen el 28%, y estamos hablando de una perspectiva de inflación que puede llegar al 35%, por lo que es muy factible que haya una contracción real del gasto público por la caída salarial", afirma el economista Federico Muñoz.

Además, hay que considerar una inexorable reducción de subsidios a la energía. Como siempre recordaba Kicillof, este subsidio debe ser considerado parte del salario, porque "libera" una importante porción del ingreso familiar para que pueda ser destinado al consumo.

La reducción que vendrá, entonces, implicará una caída del poder adquisitivo.

En definitiva, los economistas prevén un ajuste fiscal mediante la devaluación y la inflación. Un contexto en el que, como afirma Bein, se puede "seguir ‘agregando derechos' que se licúen en simultáneo".

En la vida hay que elegir, y en la disyuntiva de este presente, el "modelo" elige la recesión.

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