De los viejos cacerolazos al "18F": ahora es un problema moral y el kirchnerismo pierde reflejos ante el caso Nisman

De los viejos cacerolazos al "18F": ahora es un problema moral y el kirchnerismo pierde reflejos ante el caso Nisman
A diferencia de anteriores manifestaciones de clase media, el Gobierno no puede argumentar que se trata de un sector social egoísta. Riesgos de fase final
Por Fernando Gutierrez
18.02.2015 09.45hs Actualidad

En la víspera de su cumpleaños número 62, Cristina Kirchner recibirá uno de los peores regalos: la constatación de que el clima político del país cambió de manera radical, acaso irreversible, y que los viejos métodos del manual kirchnerista ya no surten el efecto de antes.

Así, el acto con funcionarios y unos 6.000 militantes para festejar que la central nuclear Atucha 2 llegó a operar al 100% de su capacidad, aparece como la síntesis perfecta de una vieja estrategia que ya no funciona.

El recurso de "mostrar gestión" ante los cuestionamientos políticos amenaza con transformarse en un boomerang: lejos de competir por la atención de la opinión pública o de aminorar la fuerza de la marcha de homenaje al fiscal Alberto Nisman, puede tener el efecto contrario e indeseado para la jefa de Estado de darle más relevancia.

De aquellas cacerolas a estos "indignados"

Claro que el acto kirchnerista cumplirá su cometido de llenar minutos de noticiero en la TV Pública y de darle el título principal a los medios de comunicación oficialistas, pero no logrará imponer su mensaje político.

Y ahí está la clave del particular momento que se vive en el país: hasta ahora, cada vez que hubo manifestaciones opositoras -como las de oposición a las retenciones a la soja en 2008 o los cacerolazos-, el kirchnerismo encontró argumentos a mano para responder.

Básicamente, su gran arma era la de caracterizar a las movilizaciones como una expresión del egoísmo de la clase media-alta de Capital y las grandes ciudades del país.

Desde el oficialismo se apuntaba que esos manifestantes, más allá de su discurso "en defensa de las instituciones" estaban, en realidad, movidos por intereses particulares y que, en definitiva, lo que les irritaba era el no poder comprar dólares tras la instauración del cepo cambiario.

Mal que les pesara a los organizadores de los cacerolazos, era inocultable que había algo de razón en ese argumento. A fin de cuentas, hechos gravísimos como los choques de trenes no habían movilizado a los manifestantes de clase media.

De la misma manera, el escándalo de corrupción vinculado con el proyecto habitacional "Sueños Compartidos" -que involucraba a Sergio Schoklender - no salpicó al Gobierno en plena campaña electoral de 2011, tras la cual Cristina obtuvo su contundente 54% de votos.

Y los motivos parecían claros: por esos tiempos, el país vivía un inédito boom de consumo, en el cual cada mes se batían récords de venta en autos, motos, artículos tecnológicos y toda clase de electrodomésticos.

Era eso lo que les permitía a los analistas afines al kirchnerismo poner en duda los ideales nobles de los "caceroleros", que recién para ese entonces comenzaron a criticar con mayor énfasis la intervención del Indec, la inseguridad o el avasallamiento de la Justicia. Es decir, cuando empezaron a emerger señales de que la fiesta consumista se estaba terminando.

Si bien es cierto que la masividad de aquellos cacerolazos preocupaba al kirchnerismo, también es verdad que siempre parecía tener a mano alguna forma de respuesta que le devolviera la confianza y la iniciativa.

Fue así que la Presidenta mantuvo de consabida estrategia de generar hechos políticos de alto impacto, como la estatización de YPF, la ampliación de planes de asistencia social, los lanzamientos de programas y las líneas de crédito pro-industria nacional.

El mensaje era claro: el "modelo progresista" a veces necesitaba, en su afán de inclusión social, tocar intereses de los privilegiados y de "grupos concentrados", y eso generaba resistencias.

"No nos critican por lo que hacemos mal, sino por lo que hacemos bien", era una de las frases preferidas de la mandataria.

Poco importaba que la realidad mostrara que muchas políticas kirchneristas -como el subsidio a las tarifas energéticas o el atraso cambiario- transferían recursos desde los pobres hacia los sectores de altos ingresos. El "relato" funcionaba razonablemente bien y las encuestas seguían mostrando un alto nivel de aprobación hacia la imagen presidencial.

Esto le permitía a los analistas cercanos al oficialismo ironizar sobre la fuerza de las manifestaciones opositoras.

Como el politólogo Artemio López quien, con tono socarrón y sonrisa canchera -mientras veía las imágenes del segundo cacerolazo- afirmaba: "Mirá ese cartel que dice ‘Chau relato'; ¿te parece que eso le puede provocar algo a un tipo de La Matanza?"

Apostando al carnaval del país profundo

En estas horas, el análisis que se hace desde el Gobierno parece mantener aquellos viejos parámetros.

La convocatoria responde a una clase media fuertemente influida por los medios, que se deja arrastrar por los conspiradores que buscan un "golpe blando".

Así lo describieron los intelectuales del grupo Carta Abierta, quienes muestran a Cristina como la persona más perjudicada por la muerte del fiscal Nisman.

También Mempo Giardinelli, uno de los más connotados analistas K, que impulsó una "contra-convocatoria" a la marcha de hoy, alude otra vez al argumento de que hay una puesta en escena montada por los enemigos del proyecto nacional y popular.

"Sus furias tienen que ver con las frustraciones que les producen algunas conquistas sociales y laborales logradas en estos años. De hecho, se fastidian ante cualquier cambio, por el temor a perder privilegios y oportunidades de negocios especulativos fáciles y rápidos", afirma.

Y completa: "Les molesta -estéticamente- la inclusión social y la tendencia al igualitarismo, que es típica de todo gobierno peronista".

Giardinelli cifra sus esperanzas en que, tal como ocurriera en otras ocasiones, el malestar quede limitado a la "burbuja" de esa clase media porteña poco representativa del "país real".

En alusión a las horas previas a la marcha de homenaje a Nisman, marca la contradicción entre la alegría del carnaval con el "circo de los desestabilizadores".

"Por fortuna en el interior, en la Argentina profunda, todo es diferente y para nada el país real comparte la locura inducida que se vive en la Ciudad de Buenos Aires", sentencia el analista K.

Una curiosa forma de ser progresista, dado que detrás de esa esperanza en el sentido común de "el país profundo" se esconde la convicción de que en los segmentos de bajos ingresos no pueden penetrar acusaciones de corrupción ni argumentos complejos sobre la calidad de las instituciones, y solamente es relevante el nivel de consumo.

Para desgracia del kirchnerismo, también esa apuesta es de alto riesgo. Primero, porque parte de la premisa falsa de que la economía está en recuperación.

Por más que el carnaval haya movilizado a dos millones de personas el fin de semana largo, eso no quita el hecho de que la economía se encamine a un nuevo año recesivo, y que golpea particularmente al "interior profundo", cuyas economías regionales sufren como nadie el atraso del dólar frente a la inflación.

Cuestionamiento moral

Además, aun suponiendo que el Gobierno lograra su meta de atravesar el 2015 con calma financiera y con recuperación del consumo, tampoco eso garantiza resultados políticos cuando el ambiente social está enrarecido.

La historia reciente es contundente al respecto y contradice a Artemio López, otro analista cercano a la Casa Rosada que afirma que el kircherismo no sufrirá en las urnas, así como el menemismo no lo hizo en las elecciones que tuvieran lugar tras el atentado a la AMIA."Ni el atentado a la Embajada, ni a la AMIA , ni la voladura de Río Tercero hicieron retroceder electoralmente al menemismo. Recordemos que sólo 8 meses después del atentado a la AMIA (similar período resta para llegar a las elecciones de octubre) se realizan las elecciones nacionales donde Menem obtuvo el 49,7% de los votos, dos puntos porcentuales más que en 1989", recuerda el politólogo.

Y concluye que, como siempre, el único tema que modifica las preferencias electorales es el entorno económico.

Claro que este argumento resulta muy cuestionable. Es que la reelección de Menem en 1995 no se produjo en un momento económico favorable, sino bajo pleno impacto del "efecto Tequila".

Si ganó fue porque estaba fresco el trauma de la hiperinflación y porque la oposición concurrió dividida. Además, en ese entonces, no había una opinión contundente que ligara al presidente con el atentado a la AMIA.En cambio, en las legislativas de 1997, cuando ya se había conformado la Alianza, la oposición le dio una "paliza" al ex presidente, a pesar de que en ese momento la economía se recuperaba con fuerza.En el medio, claro, habían ocurrido hechos impactantes. Como el asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas.A nadie se le había ocurrido acusar directamente al gobierno por la autoría material del crimen del fotógrafo. Pero sí se lo hacía responsable de haber creado el contexto de mafia e impunidad que posibilitó su crimen.

Además, para ese entonces ya había una corriente de opinión que acusaba al menemismo de entorpecer la investigación por la AMIA.

Lo cierto es que en las elecciones legislativas de ese año Menem logró apenas 36% de los votos, contra el 47% de la Alianza.

En lo que Artemio López parece estar -involuntariamente- en lo cierto es en trazar un paralelismo entre el final del menemismo y el del kirchnerismo.Hoy, como en aquellos tiempos, se consolidó una fuerte corriente de oposición al Ejecutivo, cuyo principal tema convocante no es ya -como acaso lo fuera en los cacerolazos- el intervencionismo económico sino un repudio de tipo moral y ético.Esa es la gran diferencia. Eso es lo que hace que los gastados argumentos de golpismo ya generen más ironías que preocupación.

Los analistas destacan que nadie se toma la molestia de dar un golpe contra un Gobierno debilitado al que le quedan nueve meses de gestión.

Agregan que ni siquiera parece efectivo el recurso de cuestionar a los fiscales convocantes a la marcha: se trata de otro argumento boomerang, que pone en evidencia una década de connivencia entre el kirchnerismo y parte del Poder Judicial.

Y, sobre todo, se hace difícil responder a estas manifestaciones populares con la antigua creatividad del "relato", esa que lograba transformar las expropiaciones en causas épicas.

No habrá Atucha, ni viaje a China ni mensaje en cadena capaz de tapar este silencio.

Lo mejor que puede esperar el Ejecutivo es, como dijo Horacio Verbitsky, uno de sus ideólogos más influyentes, es que la protesta se diluya sola."Si el Gobierno no corre a modificar sus políticas como con las leyes Blumberg, si mantiene la calma -como hizo en los últimos cacerolazos y paros sindicales- al apogeo que se alcance el miércoles le seguirá el ocaso que siempre sucede en ausencia de una organización capaz de capitalizar esa energía en una opción política", afirmó.

Sin embargo, no da la sensación de que el kirchnerismo vaya a seguir su consejo. Las palabras de los funcionarios, en la previa a la marcha, parecieron exacerbar el clima de antagonismo.

Quedará para la crónica si asistirá mucha o poca gente, si habrá algún incidente, si alguien gritará alguna consigna contra Cristina. A esta altura, se trata de temas secundarios e irrelevantes.Lo importante es que esta convocatoria es una mancha inocultable para el proyecto kirchnerista en el final de su período histórico: se aleja dejando un "mártir".

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