Una bodega de Concordia fue clausurada hace casi 100 años y la volvieron a la vida con una idea diferente
Entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Corrientes era la cuarta provincia productora de vinos, con más de 4.000 hectáreas de viñedos y 60 bodegas activas. Por entonces, Concordia era el tercer puerto de mayor movimiento de la Argentina con unos 500 barcos anuales.
En ese tiempo dorado, los hermanos Horacio y Alberto Robinson, dueños de un almacén de ramos generales, fundaron una bodega familiar en las afueras de Concordia. El establecimiento abrió sus puertas en 1890 para elaborar vinos de la cepa Tannat, traída por un inmigrante desde Burdeos, Francia.
La bodega de los Robinson tenía 160 hectáreas dedicadas a viñedos, y llegó a elaborar más de 2 millones de litros de vino. Con 400 empleados, era la más grande de la provincia.
Entre 1894 y 1916 la producción de vinos creció un 700%. Pero, acontecimientos locales (sobreproducción y baja de precios) e internacionales (la primera guerra mundial y la crisis del 30), llevaron esa bonanza a su fin.
En 1935, en el gobierno de Agustín P. Justo, se promulgó la Ley 12.137 que dispuso la creación de la "Junta Reguladora de Vinos", y prohibió su elaboración fuera de las provincias cuyanas.
"Vinieron años muy duros. La bodega resistió hasta 1957. Se trabajaba durante la noche, y de día permanecía cerrada y en silencio, con la faja de clausura puesta. Si venían inspectores, destruían alambiques y toneles, y obligaban a tirar la producción de vino y licores", cuenta Fernando Negri, quien junto a su hermano Agustín llevan adelante visitas guiadas al predio, rescatado de las ruinas y puesto en valor por su padre, Emilio Negri, a partir de los años 90.
Hoy, en los antiguos galpones se llevan a cabo eventos sociales y corporativos, así como visitas turísticas y degustaciones. El sueño de los Negri es poner nuevamente en marcha la bodega. Se trata de un plan minucioso en varias etapas.
Del abandono total a la restauración piedra por piedra
A partir de los años 60, abandonada la producción y tras la quiebra de los Robinson, la bodega sufrió una serie de saqueos y confiscaciones. Vecinos y acreedores se llevaron los toneles, las prensas de hierro, y hasta los herrajes de puertas y ventanas.
En la década del 70, el predio fue utilizado por la firma constructora de la represa Salto Grande como depósito y cantera. Así se acumuló chatarra, y se destruyeron piletones, techos y equipos.
Al ver las ruinas de aquel edificio, el empresario Emilio Negri se propuso en los años 90 rescatar del olvido a aquel lugar y su historia. Contactó al síndico de la quiebra, y durante años, intentó comprarla, acopiando al mismo tiempo materiales ferroviarios en remates, para una futura restauración.
Finalmente en 1999 pudo adquirir el predio en una subasta, casi por suerte o azar, ya que fue el único oferente. "Era un lugar en ruinas, sin electricidad, en medio de la nada", señala Agustín Negri.
Desde entonces, Emilio se dedicó a reconstruir el espacio, y a adquirir en remates el mobiliario y las máquinas de época.
Uno de los tesoros rescatados es la magnífica puerta de madera de timbó, un árbol originario del litoral, enmarcada con hierro y remaches que preside la entrada a la bodega.
Las visitas al predio comienzan por el espacio donde se recibía la vid, el sector de despalillado y pisado. Luego se pasa al área de toneles donde se guardaba el vino, con gruesas paredes de piedra, cuya temperatura es constante y siempre fresca. Una araña de hierro con tulipas de vidrio templado dan al lugar un aire palaciego.
El evento que cambió todo: cuando una cerveza salvó una bodega
La reconversión del espacio duró casi dos décadas. "Siempre faltaban refacciones y reconstrucciones por hacer, y fondos para financiarlas", recuerdan los Negri. Finalmente en 2018, directivos de la cervecería Santa Fe propusieron hacer allí el lanzamiento de un nuevo producto. Con el adelanto por la reserva del lugar, Negri mandó a construir diez baños y acondicionar los primeros salones en menos de dos meses.
Paradójicamente, la antigua bodega cobró nueva vida gracias al lanzamiento de una cerveza. La fiesta, para 2.000 personas, fue un éxito y a partir de allí, la Bodega Robinson resurgió enfocada en los eventos y visitas guiadas.
El turismo termal, y atractivos como el Carnaval, las playas sobre el río Uruguay y su rico patrimonio en historia y arquitectura, hacen de Concordia un lugar muy visitado. Y Bodegas Robinson, a solo 10 kilómetros del casco histórico de la ciudad, es una parada ineludible en el itinerario.
Además de los recorridos por el predio, que incluyen el relato de la historia de la bodega y una degustación de vinos de la zona, actualmente cuenta con cinco salones, bautizados con los nombres de cepas emblemáticas de la provincia:
- Malbec: el más grande, con capacidad para 450 personas sentadas
- Lorda: el más icónico, ubicado entre los toneles originales
- Barsac: salón mediano para 150 personas
- Tannat: ubicado en la antigua destilería
- Petit Verdot: el más íntimo, para reuniones más pequeñas
Allí se realizan desde casamientos y cumpleaños, hasta Congresos y Convenciones. La capacidad total es para más de 2.500 personas y hasta tres eventos en simultáneo.
El emprendimiento es completamente privado. "No tuvimos subsidios. Solo la promoción turística institucional nos ha acompañado", explican los Negri. Durante la pandemia, sin eventos, aprovecharon el tiempo para avanzar en restauraciones con ahorros propios. Y en 2021 reanudaron la actividad.
Los planes a mediano plazo son habilitar un museo del vino, y reactivar la bodega como tal, con la plantación de viñedos y la elaboración propia, como se hacía a comienzos del siglo XX. Porque no solo se trata de recuperar el pasado, sino también de proyectarse al futuro.