Escapó de la guerra y de miles de crisis: la increíble historia del creador de la marca de artículos de librería Pizzini

Escapó de la guerra y de miles de crisis: la increíble historia del creador de la marca de artículos de librería Pizzini
Cuando era un niño, escapó junto a su familia de la guerra. De chico, desarrolló una enfermedad pero no se detuvo: encontró su fórmula para triunfar
Por Gonzalo Otálora
29.04.2021 16.58hs Actualidad

La marca Pizzini está impresa en el inconsciente colectivo de los argentinos como sinónimo de calidad en artículos de librería, oficina y dibujo técnico. Semejante hazaña es fruto del esfuerzo de toda una vida, la de su fundador: el italiano Claudio de Pizzini.

Hoy tiene 82 años y en sus 65 años de trayectoria sufrió varias estafas y más de una quiebra; sobrevivió a la apertura económica de los ‘70, a la hiperinflación de los ‘80, a la fiebre importadora de los ‘90, a la crisis del 2001 y soportó con estoicismo cuando las nuevas tecnologías tornaron obsoleta la rama más rentable de su empresa.

Contra toda adversidad, este emprendedor siguió adelante y hoy produce más de 15 millones de productos por año, emplea a 80 personas y cuenta con una planta de más de 4.000 m2, en Vicente López, provincia de Buenos Aires.

¿Cómo hizo este inmigrante que huyó de la guerra para que su marca se convirtiera en la principal referente del mercado, elegida por millones en Argentina, Latinoamérica, Estados Unidos y Europa? La pasión y la capacidad para anticiparse cimentaron su éxito.

De niño, Claudio de Pizzini vivía a orillas del Lago de Garda, en Italia, junto a su padre y a su madre, hasta que la Segunda Guerra Mundial los expulsó. En 1946, el niño y sus padres escaparon rumbo a Buenos Aires, donde se instalaron en un conventillo de San Telmo. Allí, la vida de Claudio no fue nada sencilla. Supo que era asmático cuando tuvo el primer ataque, que le oprimió los pulmones durante tres días con sus noches y preocupó a toda la familia.

Por la enfermedad y por el idioma, durante su infancia le fue difícil hacer amigos. De adolescente se veía a sí mismo débil, desgarbado, y un buen día se propuso cambiar. "Dije: yo tengo que salir de esta situación de minusvalía -porque me sentía un minusválido- y empecé a ocuparme de mi salud y de mi cuerpo", recuerda hoy. Comenzó a ejercitarse, a comer mejor y a tomarle el gusto a la independencia. Quiso tener su propio dinero y le pidió trabajo a su vecino, un fabricante de carteles de plástico. Allí aprendió a manejar las herramientas y a manipular el material.

Cuando empezó a ir a la Facultad de Ingeniería, en el año 1956, necesitaba equiparse con un juego de escuadras que no podía pagar. Entonces compró una plancha de celuloide, la marcó, la cortó, y al día siguiente fue a la facultad con sus escuadras de fabricación casera. A sus amigos les encantaron y le pidieron varios juegos.

Cada vez más y más compañeros quisieron las suyas. Se le ocurrió ofrecerlas en el Centro de Estudiantes, donde quedaron asombrados por su calidad y le encargaron 200 pares. "Salí de ahí entusiasmado y después pensé: voy a tardar un siglo en hacer esto", recuerda Claudio y se ríe "así empecé a darme cuenta de que podía ser una oportunidad de negocio".

Claudio de Pizzini

Comienzo difícil, aprendizaje y pasión por innovar

Motivado por el éxito de sus escuadras, Claudio alquiló un galpón y empezó a producir. Repartía en su bicicleta a las librerías cercanas a la facultad. Con el tiempo incorporó a su modesto catálogo -que hoy incluye más de 600 productos- pistoletes y plantillas para dibujo técnico.

Cuando pudo reunir el dinero suficiente, viajó a Europa en busca de ideas. Allí descubrió que los europeos habían reemplazado el celuloide de sus escuadras por acrílico, menos inflamable y más noble. Tras aplicar la innovación, el emprendedor debió lidiar con la desconfianza de sus clientes. Dos años después, todos los fabricantes del rubro migraron al acrílico.

Los primeros 15 años de Pizzini fueron arduos. El italiano debió convertirse en fabricante, obrero, vendedor y empresario. "Fueron años muy difíciles, con quiebras y estafas de clientes, hubo que salir adelante como se podía", recuerda, "aprendí mucho, fue una escuela muy dura". Confiando en sus conocimientos y en la excelencia de sus productos, el emprendedor se propuso venderlos en el exterior. "Agarré la valija y salí. Viajé por toda Centroamérica, México y Estados Unidos", detalla, "salvo por México, que tenía una economía muy cerrada, le vendí a todos". La satisfacción de haber posicionado sus productos en el mercado internacional, pronto se vio opacada por los cambios en el panorama local.

Hacia finales de los ‘70, el ministro de Economía del gobierno de facto, José Alfredo Martínez de Hoz, abrió el mercado interno a los productos importados y la industria local se deprimió. "Me encontré con una competencia tremenda", explica Claudio, "mis productos eran mejores, porque los hacíamos artesanalmente, pero los importados tenían un aspecto similar y la diferencia de precios era abismal. Tuve que reconvertirme para no desaparecer".

Como todo buen empresario pyme argentino, de Pizzini tuvo la capacidad de adelantarse a la siguiente crisis. Mientras todos sus competidores vendían productos importados, él estaba seguro de que en cualquier momento el mercado se iba a cerrar y se preparó para ese día. Mantuvo la producción -a menor escala-, equipó su fábrica con máquinas de última generación y se convirtió en importador exclusivo de tecnígrafos y mesas de dibujo para ingeniería y arquitectura.

Una vez más, el tiempo le dio la razón. En 1981 el mercado se cerró y él ya tenía montada su planta para fabricar las mesas que, estaba seguro, en algún momento ya no podría importar. "Ese fue un crecimiento muy grande porque pasamos a jugar en la liga mayor, que eran los equipamientos para fábricas como Ford, Volkswagen y General Motors", se enorgullece el empresario.

La década del ‘80 marcó un hito en la historia de Pizzini, que creció y se consolidó hasta convertirse en un gran referente del mercado. Pero la alegría, una vez más, duró poco. La hiperinflación desatada hacia finales del gobierno de Alfonsín produjo un descalabro económico con el que Claudio debía lidiar y para peor, a ese panorama complejo se le iba a sumar otra preocupación, todavía mayor.

Claudio de Pizzini

Una gran idea que de repente ya no sirve

En uno de los viajes que hizo a fines de los ‘80, Claudio de Pizzini quiso saber cómo estaba la venta de tecnígrafos y mesas de dibujo, dada la expansión de los programas de diseño computarizado. Cuando le consultó a un fabricante italiano, la respuesta lo dejó pasmado: en Europa, la venta del principal producto de Pizzini se había reducido a una cuestión estacional.

Con prisa, reunió a todo su equipo de trabajo para comunicarles la necesidad de desarrollar un nuevo producto y para eso había traído una idea: bandejas de plástico para oficinas, algo inexistente en el mercado local, donde las que había eran de madera o alambre. Esa idea sumó una nueva categoría a la empresa: el equipamiento para oficinas y condenó a las bandejas de madera y alambre a la extinción.

Con la llegada de los ‘90 el empresario tuvo que hacer frente a una nueva apertura económica. "La importación fue brutal", recuerda "por un lado aproveché para ampliar la línea de escritura, pero a la vez los productos emblemáticos estaban en una situación muy difícil porque una escuadra importada de Italia era más barata que la materia prima con la que la fabricábamos". Para peor, en 1993 su pronóstico se cumplió y tuvo que cerrar su fábrica modelo de mesas de dibujo. El golpe fue duro, pero una vez más, su capacidad para reinventarse salvó a la empresa: "Cuando vimos que la tecnología nos iba a restar un montón de ventas, crecimos en la parte de equipamiento para oficinas, incorporando más productos".

Hubo solo una crisis que Claudio no vio venir: la del 2001. "Fue la primera vez que vi a mi papá muy preocupado y con mucho temor a perder todo", recuerda Cynthia de Pizzini, que trabaja como directora de Comercio Exterior en la empresa. "Igual él decidió viajar y traer una nueva tecnología, porque apostaba a que esa crisis iba a pasar, como tantas otras". Entonces desarrollaron una nueva línea de productos: los juegos didácticos, y en el año 2003 volvieron a crecer. Y no pararon.

A sus 82 años, Claudio sigue al frente de su empresa con la misma pasión y energía de toda la vida, pensando nuevos productos, atento a lo que vendrá. Al repasar su trayectoria, se considera a sí mismo, y a todos los que integran Pizzini, como "sobrevivientes exitosos", porque siempre pudieron "transformar cada crisis en una nueva oportunidad".

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