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Pescarmona y Mendoza, amor a primera vista: la historia de una dinastía de metalúrgicos

Pescarmona y Mendoza, amor a primera vista: la historia de una dinastía de metalúrgicos
Conocida hoy como Industrias Metalúrgicas Pescarmona Sociedad Anónima, en sus orígenes fue un pequeño taller familiar metalúrgico
Por Daniel Balmaceda
21.11.2021 19.14hs Actualidad

Enrique Epaminondas Pescarmona, uno de los seis hijos de Olimpia Bosco y Luigi, nació en Turín el 29 de julio de 1883. Perdió a su madre a los tres años y en cuanto tuvo edad suficiente para realizar tareas que requerían de cierta fuerza, se dedicó a la actividad de los antepasados.

Desde los trece hasta los quince años trabajó en una fundición familiar. Fue el tiempo necesario para conocer el oficio y luego pasó a realizar la misma tarea, pero en el taller de sus vecinos, los hermanos Braconi.

Allí podrían satisfacerse las expectativas del entorno en cuanto a su persona. Sin embargo, aquellos años que despedían al siglo XIX afianzaban una idea que un par de décadas antes no era considerada. Los padres aspiraban a que sus hijos los superaran. En ese sentido, es entendible que Luigi pretendiera que el joven Enrique hiciera un mayor esfuerzo, sumando estudios técnicos a la capacitación laboral. Tenía las condiciones fundamentales —voluntad de trabajo y aptitud para adquirir los conocimientos— para mejorar sus perspectivas.

Enrique trabajaba todo el día y, cumplida la jornada, en horario nocturno concurría a la que luego sería la Escuela Técnica del Instituto Elli, Zerboni & Cía. Fue un buen alumno y obtuvo el título de técnico mecánico.

Su destino en la Argentina: Mendoza

Mientras el joven progresaba en sus proyectos, una de sus hermanas, Bienvenida, se comprometió con un joven vecino. El romance tenía un condimento extra porque el novio decidió que iba a forjar su futuro en la Argentina, más precisamente en Mendoza. Como solía ocurrir en aquel tiempo, en cuanto el inmigrante llegaba al ansiado destino, buscaba emplearse en una actividad donde pudiera rendir lo suficiente como para obtener una paga que le permitiera subsistir y a la vez reunir dinero para traer a los parientes.

Así fue cómo Ángel Peroni, piamontés de Novara y sastre de oficio, se instaló en la tierra de los viñedos en 1903 y comenzó a ahorrar para recibir como correspondía a su novia. Efectivamente, en 1906 ya estaba todo preparado para recibir a Bienvenida.

En 1946, se crea Construcciones Metálicas Pescarmona S.R.L.

No solo pagó el viaje de su amada, sino también el de un hermano que la acompañara en la travesía. Esa tarea de custodia recayó en Enrique, quien contaba con pasaje de ida y vuelta pagado por su futuro cuñado. Su responsabilidad era la de acompañar a la joven Pescarmona hasta Mendoza, participar del casamiento y regresar a Italia.

Sin embargo, Enrique se topó con un escenario inesperado: quedó maravillado con el paisaje y los aires esperanzadores de esa tierra lejana. Fue posponiendo el regreso y la dilación obligó a que se proveyera de un empleo. La necesidad de mano de obra era una constante en cada rincón del territorio. Consiguió un trabajo y luego de dos años, en 1907, se independizó. Armó su propio taller metalúrgico, siempre con el objeto de sacar provecho de las especialidades de mecánica y herrería que dominaba. Fue proveedor de repuestos de grandes máquinas y fabricó compuertas para los canales de Mendoza, tachos para cosecha y también los carritos volcadores empleados para transportar las uvas a las carretas. La rueda comenzó a girar gracias a su impulso.

Al año siguiente murió su padre (recordemos que había perdido a su madre cuando era pequeño). Entonces, por fin viajó a Italia. Pero solo con el objeto de resolver los asuntos de la herencia con sus hermanos. De aquellas conversaciones se resolvió que tanto Irene como Olimpia, dos de sus hermanas, viajaran a la Argentina junto con él. A esa altura, ya había decido que su futuro estaba de este lado del Atlántico.

Espíritu emprendedor

En 1910 obtuvo licencias para fabricar máquinas italianas y bombas francesas. Las referencias que daban los clientes eran tan buenas, que comenzó a multiplicarse la actividad y hasta fue contratado en 1914 para montar el magnífico monumento de San Martín en el Cerro de la Gloria, una de las joyas del patrimonio de Mendoza. Con espíritu emprendedor, se dedicó a construir motores y moledoras de suma importancia para la cada vez más presente industria vitivinícola. Casi todos los grandes emprendedores del vino mendocino contrataron sus servicios.

Le damos un descanso a la biografía de Enrique Epaminondas Pescarmona porque es tiempo de introducir a una catalana.

Enrichetta Remolard nació en Barcelona en el seno de una familia consolidada, con dos hermanas mayores. Su padre, un laborioso colchonero, murió en forma súbita e inesperada cuando la menor tenía nueve años. La madre y las hermanas decidieron ocultarle la muerte y por ese motivo la llevaron a un convento en el municipio de l’Hospitalet. Durante años vivió enclaustrada, hasta que un día sus parientes fueron a buscarla para anunciarle la novedad: iban a viajar a la Argentina. Madre e hijas llegaron al país en 1909. Cuando arribó a Mendoza, ya había cumplido los veinte años.

Cupido hizo lo suyo para que Enrique Pescarmona y Enrichetta Remolard se conocieran y se casaran. Entusiasmados con un prometedor futuro, ambos lograron completar el cuadro de bienestar y felicidad que habían imaginado, cada uno por su cuenta, en Europa. La familia constituyó su hogar en una casa situada al lado del taller del incansable Enrique. Las posibilidades comerciales pronto les permitieron incrementar su patrimonio, agrandar la fábrica y mudarse a una casa más confortable.

Hoy la empresa es conocida como Industrias Metalúrgicas Pescarmona Sociedad Anónima (IMPSA)

El hijo mayor, Luis Menotti, nació en julio de 1914, cuando daba comienzo la Primera Guerra Mundial y la Argentina era gobernada por Victorino de la Plaza, vicepresidente en ejercicio del poder ante la imposibilidad física de Roque Sáenz Peña, quien nunca pudo recuperar la salud y murió a comienzos de agosto. Sus hermanos fueron Iris, Mario Oscar y Lidia.

Dos hechos marcaron la vida del pequeño Luis Menotti. Por un lado, afloró su capacidad de negociación ya que sus padres se preocupaban porque fuera hábil con la administración del dinero. ¿Cómo lo consiguieron? Cuando tenía siete años lo enviaban a la feria para hacer determinadas compras. Si lograba que le sobrara dinero, le permitían que dispusiera del mismo para comprarse un helado. Esto hizo que el pequeño regateara y buscara obtener alguna ventaja para obtener el premio, algo que la mayoría de las veces conseguía.

Por otro lado, era notable su fascinación por la música clásica. El gusto le llegó a través de su tía preferida, Marta, una de las hermanas de su madre, quien llevaba una vida muy excéntrica. La casa de la tía Marta estaba poblada de animales y contaba con dos automóviles, un singular doble lujo para aquellos tiempos. Pero los usaba específicamente para pasear a sus animales que ella no acompañaba, sino que lo hacía por intermedio del único chofer que había en la casa.

Tía Marta le inculcó el amor por la música y por los autores clásicos. Fue madre de una niña que, para dolor de toda la familia, murió joven. Muy poco tiempo después, cuando Marta enviudó, se casó con el chofer que le paseaba los perros.

Tradición familiar

De la misma manera que ocurrió con su padre, Luis tuvo clara comprensión del valor de la educación y por ese motivo concurrió a la Universidad Popular de Mendoza donde recibió el título del maestro constructor. Asimismo en su tiempo libre era un entusiasta practicante y también espectador del fútbol.

Enrique Menotti Pescarmona continuó con la empresa fundada por su abuelo

Copiando la tradición familiar, a los quince años Luis asistía al taller y colaboraba con su padre en la actividad de la fundición. En esa escuela práctica logró una experiencia que le resultaría muy útil.

Los vientos favorables de los comienzos dejaron de soplar. Un contexto mundial complejo afectó al país. La crisis internacional de 1929 impactó en la actividad industrial y esto generó un grave perjuicio a la familia Pescarmona. Por las deudas, se vieron obligados a acudir al banco, en un principio. Luego, ante la imposibilidad de cumplir con los pagos que correspondían, se remató gran parte del patrimonio.

Luis Menotti tuvo que realizar los esfuerzos necesarios para restablecer a la compañía luego de la debacle que para ellos hizo eclosión en 1934. A fuerza de trabajo y horas de descanso dedicadas a la producción, logró poner en pie a la empresa que pasó a llamarse Pescarmona Hermanos y Cía.

En 1937, Luis viajó a Buenos Aires por primera vez, con el fin de realizar trámites. Regresó a la Capital dos años después, pero para trabajar. Consiguió empleo en la fábrica de ascensores Stigler. La paga era regular, pero Luis no lo hacía por dinero. Su intención era perfeccionarse en el mantenimiento de ascensores. Esa era una tarea necesaria en Mendoza y fueron contratados por importantes empresas cuyanas para que se ocuparan de los elevadores.

Durante su estancia en Buenos Aires fue recompensado de una manera inesperada. Tuvo la oportunidad de conocer el Teatro Colón debido a que quedó a cargo del mantenimiento de sus seis ascensores. Durante las horas de actividad podía asistir a ensayos como espectador privilegiado y, de esta manera, florecían en su memoria aquellas veladas en las que con su tía Marta escuchaban música clásica.

En Mendoza lo esperaba su novia, Teresa Peña. Se casaron en 1940, luego de más de dos años de noviazgo, aprovechando una licencia que obtuvo el técnico. A fines del año siguiente nació el heredero, Enrique, llamado de esa manera en honor de su abuelo, quien pudo disfrutarlo unos seis años. El iniciador de la dinastía, el hombre que llegó a Mendoza por una semana y se quedó para siempre, murió en junio de 1947, cuando la compañía había adoptado el nombre de Construcciones Metálicas Pescarmona.

Pero la vocación de empeño ya había sido transmitida y Enrique Menotti Pescarmona estuvo a la altura de las circunstancias. Prosiguió con la empresa iniciada por su abuelo y restablecida por su padre. Hoy, Industrias Metalúrgicas Pescarmona Sociedad Anónima (IMPSA) se cuenta entre los grandes orgullos de la industria nacional.

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