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ALERTA

Arritmia informativa: cuando la información late fuera de control

Vivimos un tiempo en el que la inteligencia artificial y las plataformas digitales han llevado la generación de contenidos a un ritmo acelerado
13/10/2025 - 12:58hs
Arritmia informativa: cuando la información late fuera de control

Mi vida y la tecnología siempre estuvieron emparentadas. Desde el uso personal al profesional. Desde mi lugar como consumidor, pero también como profesional.

Y lo que me pasa cada vez con más frecuencia es recordar ese encuentro que tuve en el colegio secundario con un profesor que nos dió un seminario llamado "Análisis crítico de la publicidad", donde a un grupo de adolescentes nos dotó de herramientas que nos advirtiera, que algunas cosas que nos decían, no eran tan así.

Lo que sucede hoy, muchos años después, es que ya no son solo mensajes publicitarios, sino una invasión permanente en exponencial crecimiento de contenidos informativos que lejos de reducir mi incertidumbre, motivan a la confusión.

Ahí mi reflexión, sobre la tentación de usar más, nuevas y poderosas herramientas fantásticas para crear y distribuir contenidos. Desde mi lado profesional me fascina, pero desde mi faceta de consumidor me preocupa. Ahí es donde propongo esta reflexión de cómo cuidar a los demás como sociedad y cuidarnos como personas de esa tentación con la que nos seduce la facilidad que tenemos hoy.

Vivimos un tiempo en el que la inteligencia artificial y las plataformas digitales han llevado la generación de contenidos a un ritmo acelerado. Cada día se multiplican imágenes, audios, textos y videos a un ritmo nunca antes visto. Sin embargo, la capacidad de las personas para consumir, comprender y procesar esa marea informativa sigue siendo limitada, humana, lineal. Esa diferencia es lo que me gusta llamar Arritmia informativa: un latido desacompasado en el corazón de la comunicación global, o la capacidad de producir y absorber contenidos en nuestra vida como seres humanos.

El filósofo Byung-Chul Han, en Infocracia, advertía que el exceso de información no necesariamente conduce a más claridad, sino que muchas veces diluye el sentido y multiplica la confusión. Para él, la saturación no es un accidente: es un modo de control donde el ruido reemplaza al entendimiento. Esa reflexión encaja con lo que vemos hoy. La infoxicación no solo nos abruma, también abre la puerta a la manipulación.

En tiempos políticos y de elecciones, esta arritmia se vuelve todavía más peligrosa. La producción de mensajes se dispara, no para informar, sino para confundir. La crítica se exacerba, las fake news se multiplican y la información pierde veracidad justo cuando más la necesitamos. Como estrategia, el exceso no es inocente: cuanto más saturada está la sociedad, más difícil se vuelve distinguir lo verdadero de lo falso.

En contextos de debilidad social o económica, la arritmia golpea más fuerte. Allí donde las instituciones son frágiles, el exceso de mensajes alimenta una economía del engaño: promesas falsas, estafas digitales y narrativas diseñadas para manipular emociones. No es casual que, según el Edelman Trust Barometer, la confianza en medios y gobiernos siga cayendo a niveles históricos. Sin confianza, la arritmia no solo confunde: también paraliza.

El Meaningful Brands 2025 de Havas refuerza esta idea. El estudio revela que el 72% de los argentinos considera difícil distinguir lo verdadero de lo falso en plataformas digitales. También que 1 de cada 2 marcas podría desaparecer y a nadie le importaría. La saturación no solo confunde: desgasta vínculos y erosiona la relevancia. Al mismo tiempo, el informe muestra que los consumidores valoran a quienes les simplifican la vida y les ofrecen un respiro. "Escape" y "Simplificar" aparecen como atributos en alza: señales de que la gente busca marcas que actúen como un marcapasos comunicacional, capaces de devolver claridad y calma.

Otro hallazgo interesante es lo que Havas llama "Optimismo mágico": mientras el 71% de los argentinos es optimista sobre su futuro personal, un 68% cree que el mundo va en la dirección equivocada. Esa contradicción también late en la arritmia informativa: oscilamos entre la esperanza individual y la desconfianza global.

A esto se suma otro problema, menos visible pero igual de profundo: nuestra atención fragmentada. Estudios recientes muestran que el tiempo promedio de concentración en plataformas digitales se redujo a apenas segundos. Por ejemplo, según un reporte de AP News (2025) el tiempo medio que una persona puede permanecer enfocada en una pantalla pasó de 2,5 minutos en 2004 a solo 47 segundos. Otros análisis, como el de Microsoft, ya habían estimado que la atención promedio descendió de 12 a 8 segundos en contextos digitales (eLearning Industry+1.) Y la investigadora Gloria Mark advierte que el uso intensivo de dispositivos y la multitarea fragmentada están minando nuestra capacidad de enfoque sostenido.

Vivimos en un scroll constante que privilegia lo inmediato sobre lo profundo. Esa ansiedad cognitiva es el combustible perfecto para que la arritmia informativa se expanda. Y en una economía de la atención donde lo que importa es captar miradas por instantes fugaces, lo esencial se ve desplazado por lo urgente o lo espectacular.

No se trata de un fenómeno nuevo. En los años 80, Neil Postman anticipó en Divertirse hasta morir que los medios transformarían lo serio en entretenimiento. Cuatro décadas después, su predicción es más real que nunca: la política se volvió espectáculo, la información un show y lo urgente se diluye entre tendencias y memes.

Como en medicina, donde las arritmias se tratan con marcapasos que devuelven equilibrio al corazón, la comunicación necesita sus propios mecanismos de regulación. Tal vez se trate de una curaduría responsable de contenidos, de una educación digital que entrene a distinguir lo real de lo falso, y de una ética en el uso de la inteligencia artificial que no solo multiplique mensajes, sino que también ayude a ordenarlos y validarlos.

El desafío no es menor: devolver un ritmo saludable al corazón informativo de la sociedad. Porque cuando la información late fuera de control, no solo sufrimos confusión: lo que está en juego es la salud democrática, la estabilidad económica y la confianza social.

Desde el punto de vista de consumidores, tenemos que elevar la guardia y no es otra cosa que ejercer el pensamiento crítico. No solo ser followers, sino seres pensantes. Tal vez la tecnología nos debería ayudar más a saber escuchar que a propagar nuestros mensajes.

Por eso creo que los comunicadores tenemos un rol esencial. Ser puentes de entendimiento. La Comunicación es Conversación. No se trata solo de posicionar mensajes o marcas, sino de construir relaciones de largo plazo con las audiencias. 

En definitiva, de construir confianza. Comunicar es también reputación: somos dueños de lo que callamos y esclavos de lo que decimos.

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