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La increíble historia del productor de Santa Fe que usó sus búfalos para un experimento inédito

Hace más de 20 años, Marcelo González decidió llenar su campo con búfalos. Y no solamente para criarlos. Su idea era otra. Mucho más extraña
30/05/2026 - 15:10hs
La increíble historia del productor de Santa Fe que usó sus búfalos para un experimento inédito

En San Martín de las Escobas, una pequeña localidad agrícola del centro-oeste santafesino, los búfalos desentonan con el paisaje. Allí predominan los tambos, los lotes de soja y maíz, y la ganadería vacuna tradicional. Los grandes animales negros, asociados más bien a los esteros correntinos o a campos anegados del nordeste argentino, parecen fuera de lugar.

Pero hace más de 20 años que Marcelo González decidió llenar ese paisaje improbable con búfalos. Y no solamente para criarlos. Su idea era otra. Mucho más extraña. Mucho más difícil de explicar. Quería amansarlos y convivir con ellos.

Y con el tiempo terminó usando esos animales enormes para ayudar a chicos con discapacidades y trastornos neurológicos.

A Marcelo varias veces le dijeron que estaba loco. Todavía hoy se lo dicen.

"Yo creo que son mejores que los caballos", sostiene Marcelo, convencido, mientras acaricia alguno de sus animales en los corrales donde recibe familias de distintas provincias.

La frase puede sonar exagerada. Sobre todo porque el búfalo carga con una fama pesada. Es grande, corpulento, oscuro, imponente. Para muchos es un animal agresivo o imposible de domesticar. Pero González insiste en desmontar esa idea.

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Marcelo recibe en su campo a familias de distontas provicnias que tienen hijos con discapacidad

"Le dicen bicho, pero no es un bicho. Es un animal cariñoso, tierno, inteligente", asegura. La contradicción es justamente la que vuelve tan singular esta historia. Un animal que por tamaño y aspecto puede generar miedo termina funcionando, según relatan las familias que llegan al lugar, como refugio emocional para chicos extremadamente vulnerables.

Algo parecido a la equinoterapia, aunque con otra escala, otro comportamiento y otra relación física. Porque el búfalo no se parece al caballo. Ni en el cuerpo ni en la manera de vincularse.

La infancia que forjó un vínculo único con los animales

Marcelo González no sabe exactamente cuándo empezó a montar. Dice que desde que tiene memoria estuvo arriba de un caballo. "Puede ser al año, a los tres, seis, no sabría decirlo", recuerda.

Durante la infancia quiso convertirse en jinete, aunque su padre frenó esa posibilidad. Había sufrido golpes y accidentes y prefirió mantener a su hijo alejado de la jineteada. Sí le permitió seguir trabajando con los animales, amansarlos y manejarlos, pero sin entrar en el circuito más riesgoso de las montas.

Esa relación cotidiana con los caballos moldeó buena parte de su vida. También su manera de entender a los animales.

Mucho tiempo después apareció el episodio que terminaría cambiándolo todo. Fue durante un viaje a Corrientes, hace más de dos décadas. Allí vio una escena que todavía recuerda con precisión. Un chico de unos siete años llevaba un búfalo manso guiándolo apenas con un palito. "Me quedó eso en la cabeza", cuenta.

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La "locura" de MArcelo empezó 20 años atrás

En Corrientes la presencia bubalina no resulta tan extraña. Argentina concentra la mayor parte de su rodeo en el NEA, especialmente en Corrientes, Formosa y Chaco, donde estos animales se adaptan muy bien a ambientes húmedos y campos bajos. En esas provincias el búfalo encontró espacio productivo gracias a su rusticidad, su capacidad para soportar altas temperaturas y su facilidad para moverse en zonas inundables.

Pero en el centro santafesino la idea parecía completamente fuera de lugar. Tal vez por eso empezó la "locura", como la define el propio Marcelo.

El regalo que desató una experiencia única

Traer búfalos no era sencillo ni barato. Marcelo averiguó primero en Corrientes, aunque los costos de traslado complicaban todo. Hasta que supo que un hombre de San Vicente, en Santa Fe, había comprado algunos animales. Lo llamó, le explicó lo que quería hacer y la respuesta fue inmediata.

"Me dijo que estaba loco. Que era imposible", recuerda. Pero algunos días después aquel productor volvió a contactarlo. Le dijo que quería "seguirle la corriente" a esa locura y decidió regalarle tres búfalos para probar.

Marcelo los llevó siendo pequeños. Les daba mamadera. Empezó a criarlos como quien construye un vínculo más cercano que productivo. Con el tiempo descubrió algo que, según él, diferencia al búfalo de cualquier otro animal de trabajo. "Es más inteligente", insiste.

Mientras la producción bubalina argentina sigue siendo una actividad relativamente pequeña —con un rodeo que supera las 170.000 cabezas y fuerte concentración en el nordeste—, González desarrolló una experiencia completamente distinta a la lógica comercial tradicional. No buscó carne ni leche, aunque ambas actividades existen en el país y vienen creciendo lentamente. Buscó otra cosa: interacción.

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La experiencia con búfalos se expandió por recomendación entre familias: 

El paso siguiente ocurrió casi de manera accidental. Marcelo invitó un día a un chico con discapacidad para que conociera los animales. Quería observar qué ocurría. Dice que le llamaba la atención la curiosidad mutua entre el nene y el búfalo. "Ese nene le contó a otro chico y así empezaron a venir", relata.

La experiencia se expandió por recomendación entre familias: algunos chicos simplemente observaban los animales y se iban, otros empezaban a tocarlos, acostarse sobre ellos o caminar cerca, y el efecto aparecía en pequeños gestos de calma, relajación y silencio.

Con el tiempo terminó organizando una especie de terapia bubalina sin fines de lucro. Las familias llegan para pasar tiempo con los animales. Los chicos los acarician, sienten el calor del cuerpo, el movimiento lento, la textura del pelo. Marcelo asegura que llegó a tener unos 600 chicos anotados para participar.

La comparación inevitable es con la equinoterapia, una práctica mucho más extendida y estudiada, utilizada para trabajar aspectos motrices, emocionales y de sociabilización. Pero en este caso el protagonista no es el caballo sino un animal de casi una tonelada que suele despertar temor apenas aparece.

El animal más intimidante termina funcionando, para algunos chicos, como un espacio de tranquilidad.

Cuatro minutos que lo cambiaron todo

En una de esas visitas, una mujer llegó con su hijo, un chico con problemas neurológicos y fuertes tics involuntarios. El nene empezó a recostarse sobre uno de los búfalos grandes. Permaneció ahí varios minutos.

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Chicos son sensibilidad extrema encuentran calma apoyándose sobre un búfalo.

"Sentía el calorcito en el cuerpo, que era tibio, y las cosquillas de los pelos en la panza", cuenta Marcelo sobre lo que describía el chico. Poco después empezaron a notar algo inesperado. Los temblores disminuían. Primero lograron registrar cuarenta segundos sin tics. Después un minuto. Más tarde, casi 4 minutos completos.

"En un momento la mamá me mira, me pone la mano en el hombro y me dice: 'Mi hijo por cuatro minutos estuvo tranquilo'". Marcelo recuerda esa frase como una de las más fuertes que escuchó desde que empezó con esta experiencia. "A veces no entendemos el valor del tiempo", reflexiona.

La escena despertó además el interés médico. Según cuenta, el neurólogo que atiende al chico viajó para observar personalmente cómo funciona el vínculo con los animales.

Lo que sucede en San Martín de las Escobas todavía no tiene demasiados antecedentes formales en Argentina: la producción bubalina local está enfocada en carne y leche, pero el uso terapéutico prácticamente no aparece dentro de los desarrollos tradicionales del sector.

Sin embargo, la experiencia de González empieza a llamar la atención porque mezcla dos mundos muy distintos. Por un lado, una actividad ganadera asociada históricamente a ambientes duros y animales rústicos. Por otro, la sensibilidad extrema de chicos que encuentran calma apoyándose sobre un búfalo.