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La desigualdad también es una desigualdad en la posibilidad de imaginar el futuro

Los resultados de PISA 2022 muestran el fuerte impacto de los contextos económicos y de aprendizaje en las expectativas laborales juveniles

¿Qué futuros pueden imaginar nuestros jóvenes? Cada vez que converso con un adolescente, con un chico o una chica de 13 o 14 años, no puedo evitar hacer esa pregunta que suele incomodarlos: ¿qué querés ser cuando seas grande? ¿Qué te gustaría hacer cuando termines la escuela?

Puede parecer una pregunta antigua. Incluso un poco injusta en un mundo en el que las ocupaciones cambian, aparecen trabajos que hace pocos años no existían y nadie puede saber con demasiada certeza qué hará dentro de quince o veinte años. Sin embargo, sigue siendo una pregunta importante.

No porque esperemos que un adolescente pueda predecir su ocupación futura, sino porque su respuesta nos dice algo acerca de su presente: qué mundos conoce, qué posibilidades reconoce como propias y hasta dónde alcanza el horizonte de futuro que hoy puede imaginar.

A veces las respuestas pueden parecernos poco realistas. El ejemplo más típico es "quiero ser futbolista". Pero incluso esa respuesta contiene algo valioso: una dirección, un interés, un mundo con el cual ese adolescente empieza a identificarse. Quizás nunca llegue a ser futbolista profesional, pero ese interés puede abrir un recorrido vinculado con el deporte, la actividad física, la salud, la comunicación deportiva, la gestión o tantas otras ocupaciones que probablemente todavía no conoce.

Por eso, tener una expectativa laboral durante la escuela secundaria importa. No tiene que ser definitiva. Puede cambiar -y seguramente lo hará-, pero contar con alguna orientación ayuda a tomar decisiones, explorar intereses y construir recorridos. La evidencia internacional muestra, además, que los adolescentes que expresan planes de carrera más claros tienden a obtener mejores resultados laborales posteriormente. 

El problema es que cada vez más jóvenes argentinos parecen tener dificultades incluso para imaginar ese horizonte.

Hace algunos meses se realizó la publicación, junto con Argentinos por la Educación, de un informe a partir de los resultados de PISA 2022. El dato es contundente: el 52% de los estudiantes argentinos de 15 años no logra identificar una ocupación concreta que espera tener cuando sea adulto. Cuatro años antes, en 2018, esa proporción era del 22%. La incertidumbre creció 30 puntos porcentuales en apenas cuatro años y se ubica por encima del promedio de los países de la OCDE. 

Pero hay otro dato que quizás sea todavía más importante: esa incertidumbre no se distribuye de la misma manera entre todos los jóvenes.

La brecha que revela la desigualdad más profunda

Entre los estudiantes pertenecientes al quintil socioeconómico más bajo, el 59% no logra identificar una ocupación futura. Entre los del quintil más alto, ese porcentaje desciende al 39%. Algo similar ocurre cuando observamos los aprendizajes: entre quienes no alcanzan el nivel mínimo esperado en Matemática, la incertidumbre llega al 56%; entre quienes lo superan, baja al 38%. Esto debería interpelarnos. Porque la desigualdad educativa no consiste solamente en aprender más o menos, acceder o no a determinados bienes o continuar o interrumpir los estudios. También existe una desigualdad en la posibilidad de imaginar el futuro.

Hay jóvenes que crecen rodeados de referencias: conocen profesiones, ocupaciones, universidades, empresas; tienen adultos cercanos que pueden contarles qué hacen, acompañarlos a explorar alternativas o ayudarlos a convertir un interés en un recorrido posible. Para otros, en cambio, el universo de posibilidades es mucho más estrecho.

Y aquí aparece una paradoja que vemos con frecuencia cuando trabajamos en los territorios. Muchas provincias y localidades están atravesando procesos de transformación productiva, incorporando tecnología, desarrollando nuevas actividades y demandando perfiles profesionales diferentes. Sin embargo, esas oportunidades no necesariamente forman parte del mundo que los adolescentes conocen.

Una actividad productiva puede estar creciendo a pocos kilómetros de una escuela y, aun así, resultar completamente ajena para sus estudiantes. Pueden desconocer qué se produce allí, qué ocupaciones existen, qué capacidades requieren, qué trayectos formativos permiten acceder a ellas o qué nuevas profesiones están apareciendo.

Y el desconocimiento muchas veces funciona también en sentido inverso. El mundo productivo y las instituciones educativas comparten un territorio, pero no necesariamente se conocen, conversan o construyen proyectos juntos. Ese desencuentro es uno de los grandes desafíos que tenemos por delante.

Ampliar los límites de lo imaginable

Articular educación y trabajo no significa pedirle a la escuela que responda linealmente a las necesidades de las empresas ni que la educación se convierta en entrenamiento laboral. Significa algo mucho más amplio: poner a disposición de los jóvenes más mundo.

Que puedan conocer cómo se transforma el territorio en el que viven. Entrar en contacto con trabajadores, profesionales, técnicos, científicos y emprendedores. Conocer empresas, universidades, centros de formación y organizaciones. Experimentar situaciones reales de trabajo. Descubrir ocupaciones y actividades que desconocían. Comprender qué capacidades requieren y qué caminos formativos pueden llevarlos hasta allí. En definitiva, se trata de ampliar los límites de lo imaginable.

La escuela secundaria tiene un papel fundamental en esa tarea, pero no puede hacerlo sola. Necesita construir alianzas con las familias, el sector productivo, las universidades, las organizaciones sociales y los distintos niveles del Estado.

Porque cuando preguntamos a un adolescente qué quiere ser cuando sea grande, no estamos esperando una respuesta definitiva. Estamos preguntando algo mucho más profundo: ¿qué futuro puede imaginar para sí mismo?

Y quizás una de las responsabilidades más importantes que tenemos los adultos sea asegurarnos de que la respuesta no dependa únicamente del lugar en el que le tocó nacer, de las personas que conoce o de las oportunidades que casualmente llegaron hasta su puerta.