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Ni paraísos fiscales ni infiernos tributarios: simplemente un país con menos impuestos

Ni paraísos fiscales ni infiernos tributarios: simplemente un país con menos impuestos
Quienes deben tributar en países con un nivel de presión fiscal razonable y seguridad jurídica a sus ciudadanos, no buscan proteger sus activos
Por Martín Litwak
10.05.2019 06.58hs Impuestos

Quienes me conocen me han leído u oído hablar varias veces de "voracidad fiscal", "competencia fiscal" y "moralidad tributaria".También conocen las razones por las cuales existen las jurisdicciones de baja o nula tributación y mis explicaciones sobre qué rol cumplen en el mundo actual, así como los beneficios que las mismas suponen no solo para quienes las utilizan sino para todos los contribuyentes. Esto último, a través del paralelismo que suelo hacer entre "jurisdicciones offshore" y "aerolíneas low cost".

El objetivo de estas reflexiones es abordar todas estas cuestiones al mismo tiempo y en forma orgánica, de manera que el lector advierta la estrecha relación que existe entre todas ellas y tome consciencia acerca de cómo lo engañan a diario las agencias tributarias, la OECD (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) y en general los gobiernos de aquellos países que cobran altos impuestos.

Es que el problema en el mundo actual no es la existencia de jurisdicciones de baja o nula tributación, sino la insaciable voracidad fiscal de Estados cada vez más grandes, ineficientes y endeudados, y el hecho de que muchos de ellos no pueden brindar seguridad jurídica a sus ciudadanos.

Dicho de otro modo, quienes deben tributar en países con un nivel de presión fiscal razonable y que además, brindan seguridad jurídica a sus ciudadanos, no buscan proteger sus activos fuera de su país de residencia.

Veamos a continuación cuáles son los 3 males de los infiernos tributarios:1. El Síndrome de Estocolmo Fiscal

En la actualidad, es habitual ver países que cobran impuestos sobre las ganancias de las personas de alrededor del 30%. A esos impuestos hay que sumar otros como por ejemplo el impuesto a las ganancias corporativas, el impuesto al valor agregado, etc. No estoy hablando de países como Argentina, donde conviven más de 160 impuestos, sino de países "normales".Tan habitual es esto ahora, como extraño habría resultado tan solo cien años atrás.

Las víctimas de esa patología a la cual que hemos decidido referirnos como "Síndrome de Estocolmo Fiscal" que consiste, básicamente, en la necesidad de justificar cada tributo que existe sobra la faz de la tierra en nombre de la mal llamada justicia social o la dañina, y por otro lado utópica, redistribución de las ganancias, son quienes más critican a las "jurisdicciones offshore".

Tal vez no sepan que el primer impuesto a las ganancias moderno fue establecido recién hacia finales del siglo XIX y tardó más de 100 años en convertirse en un nuevo estándar tributario internacional.

En esto consiste precisamente la voracidad fiscal, en aumentar impuestos a diestra y siniestra para solventar el creciente gasto público y redistribuir la riqueza, no de ricos a pobres, sino del sector privado al público. Esto es a lo que los pagadores de impuestos (a propósito evitamos llamarlos contribuyentes, ya que se trata de un término engañoso que, en cierto modo, es parte del problema) deben oponerse. Y, dado que, por una u otra razón, en la mayor parte de los casos no lo hacen, deben agradecer el trabajo que vienen haciendo hace décadas las injustamente criticadas jurisdicciones offshore.¿O por qué piensan que hay tanto encono de los países de alta tributación hacia ellas?2. Oposición a la competencia fiscal

La competencia fiscal puede definirse como el derecho de cada país o jurisdicción afijar sus impuestos en forma libre y soberana, sin presiones de otros Estados, de manera de cumplir con sus objetivos de recaudación y al mismo tiempo fomentaro no determinadas actividades comerciales.

Del mismo modo que la competencia en la producción de bienes o la provisión de servicios redunda en claros beneficios para los consumidores, quienes reciben productos y servicios de mejor calidad a un precio menor; la competencia en materia impositiva beneficia a los pagadores de impuestos puesto que los impuestos que pagan no podrán nunca superar determinado límite.

Paradójicamente, muchos de los países que atacan el derecho de otros Estados a no cobrar impuestos o a cobrar tasas bajas, también recurren a esta técnica cuando quieren promocionar determinada industria, recibir a un cantante de moda o ser sede de un mundial de fútbol. Todos sabemos que la FIFA no paga impuestos de ninguna clase y que la mayor parte de las estrellas de rock piden exenciones fiscales en los países donde organizan sus espectáculos.¿Por qué, entonces, los países que integran la OCDE se oponen a la competencia fiscal?

Es evidente que si el discurso de las potencias fuera "las jurisdicciones offshore deben desaparecer porque ponen un límite a los impuestos que podemos cobrar y porque muestran que un Estado puede de hecho subsistir sin cobrar impuesto sobre las ganancias de los individuos, sin tener deuda pública y sin emitir moneda", su cruzada no ganaría muchos adeptos.

¿No será que los países centrales, más que desconocer la competencia fiscal, están también compitiendo solo que en lugar de hacerlo bajando sus impuestos, recurren a armas menos éticas, pero a la vez más poderosas (como ser, entre otras, la mentira y la presión que les permite imponer su mayor poder en el concierto de naciones)?3. Una falsa moralidad tributaria

Muchas de las discusiones que existen hoy en día sobre cuestiones impositivas desaparecerían si la gente entendiera que no hay, ni debe haber, vinculación alguna entre moral e impuestos. El origen de los impuestos, en efecto, no debe buscarse en un mandato ético o divino, sino en la simple necesidad de los Estados de financiar los servicios básicos que deben prestar a los pagadores de impuestos, así como su infraestructura.

Tenemos que empezar a pensar al Estado como un gran consorcio de copropietarios, cuya administración debe recaudar para pagar gastos. Tampoco existe una relación entre moralidad y dinero. Quien tiene dinero, no por ello tiene menos ética que quien no lo posee.

Decía Confucio: "en un país bien gobernado, la pobreza es algo que avergüenza. En un país mal gobernado, la riqueza es algo que avergüenza".

Tener dinero en la mayor parte de los países que integran América Latina genera – además de los riesgos a los que nos hemos referido a lo largo de esta nota – vergüenza.

En países más desarrollados y con mayor movilidad social, quienes están circunstancialmente abajo en la estructura social creen que algún día pueden estar en el otro extremo. Ese optimismo, justificado o no, hace que admiren en lugar de criticar a quienes más tienen. Y, por ello, quienes poseen más dinero no hacen esfuerzos para ocultar su riqueza (más allá de que obviamente van a estructurar su patrimonio de manera de lograr cierta protección frente a terceros, resolver cuestiones sucesorias y alcanzar una mayor eficiencia fiscal).

Desde el punto de vista de la planificación patrimonial, esto implica que mientras en los países desarrollados los objetivos principales de los clientes tienen que ver con la sucesión o con cuestiones impositivas, en América Latina el objetivo principal es resguardar la privacidad y evitar las consecuencias de la falta de seguridad jurídica.

En cuanto a los impuestos, cabe aclarar que existe por supuesto, una relación entre impuestos y legalidad. Que por razones obvias, debe respetarse. Por eso es necesario seguir militando activamente para que los países latinoamericanos se transformen, algún día, en países con impuestos razonables y para que se deje de atacar a los paraísos fiscales. Son batallas culturales que seguiremos dando hasta el final de nuestros días. Sin ninguna duda, estados como Argentina deberían bajar impuestos en forma sustancial.

Martín Litwak abogado fundador y CEO de Untitled. Especialista en asesoramiento legal y fiduciario a familias de alto patrimonio

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