Inflación versus reactivación: Milei rechaza gradualismo y abre un frente interno por el rumbo económico
Cuando Javier Milei se enoja, sus mensajes suelen tener destinatarios muy claros, por más que no los menciones con nombre y apellido. Así, ya se trate de Cristina Kirchner, Axel Kicillof, Paolo Rocca o Carlos Melconian, siempre queda en evidencia contra quién vuelca su furia. Sin embargo, en su última publicación contra los economistas que defienden la "Curva de Phillips" fue más ambiguo, lo cual dio pie a que está enviando un mensaje a la propia interna del gobierno.
En definitiva, lo que el presidente quiso zanjar fue la disyuntiva entre aceptar una baja gradual de la inflación para no pagar el costo de un mayor enfriamiento productivo, o apegarse a una política monetaria contractiva para asfixiar de pesos a la economía hasta que se frenen los aumentos.
Lo que hace Milei es reconocer que sigue siendo popular la idea de que un poco de inflación puede ser beneficiosa porque estimula el consumo. Y, de hecho, hay muchas demostraciones, históricas y actuales, de que esa idea sigue teniendo defensores, desde el fallecido Raúl Alfonsín hasta los economistas que asesoran a Cristina Kirchner.
Pero tal vez pocos lo hayan expresado con más elocuencia que Hugo Moyano, antes de pelearse con Cristina. Alegaba que un poco de inflación se podía tolerar porque era compatible con el crecimiento económico, mientras que el rígido esquema de convertibilidad de los años ’90 había demostrado que la deflación podía ser peor, porque venía acompañada por desempleo.
"Una inflación controlada como la que tenemos no es perjudicial para el hombre de trabajo, que todos los años recupera su poder adquisitivo. Posibilita una movilidad social muy importante", decía en entonces líder de la CGT, cuando la inflación anual se situaba en torno al 25% anual.
¿La inflación puede esperar?
Lo sorprendente es que, en las últimas horas, hubo un pronunciamiento del mismísimo padre del plan de convertibilidad, Domingo Cavallo, que parece coincidir con esa apreciación. El ex ministro dijo que Milei debería aprovechar el momento favorable en el que hay un fuerte ingreso de divisas para que el Banco Central acumule más reservas. Y argumenta que no debe temerse a una inestabilidad del tipo de cambio ni de los precios, porque sería apenas de corto plazo.
El argumento de Cavallo es que el elevado índice de riesgo país -que encarece el crédito-, no es un reflejo del "riesgo kuka", como dice Milei, sino que es la respuesta a la persistencia de las regulaciones. Y que sólo caerá cuando haya libre flujo de divisas y, además, cuando el Banco Central pueda mostrar un volumen robusto en las reservas.
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Cavallo atribuye la lentitud del BCRA a acumular reservas "al temor a que la emisión monetaria provoque aumentos adicionales en la tasa mensual de inflación". Y su frase tiene asidero: fue el propio Milei quien, ante un auditorio de inversores de Wall Street, pronosticó que a Santiago Bausili, presidente del BCRA "le van a salir dólares por las orejas", pero inmediatamente le advirtió: "cuidado que no se te vaya a los precios". En la misma línea, el ministro Toto Caputo dejó en claro que sigue teniendo miedo a que un bajón repentino en la demanda de pesos por parte del público juegue en contra de la estabilización. Tras su elocuente frase -"no puedo forzar a los argentinos a tener pesos en el bolsillo si no los quieren"- el ministro pasó a los hechos, y en la última licitación del Tesoro no se contentó con renovar la deuda que vencía sino que, además, absorbió $3 billones "excedentes". Críticas desde la ortodoxiaLo que llama la atención de la argumentación de Cavallo es que coincide con las críticas que están haciendo muchos economistas, tanto de la línea ortodoxa como los simpatizantes del keynesianismo cercanos a Cristina Kirchner. Y no sólo eso: también se generó una sensación de que en el gobierno hay un debate interno respecto de si vale la pena mantener como objetivo central una baja rápida de la inflación, aun si el precio a pagar es una crisis de desempleo. Uno de los hechos que motivó esa sospecha de debate interno fue la incorporación del economista uruguayo Ernesto Talvi como nuevo asesor. Como académico, Talvi ha obtenido reconocimiento por sus investigaciones, junto al argentino Guillermo Calvo, sobre crisis de las economías latinoamericanas. Y, tomando como ejemplo el proceso de estabilización uruguayo de los años ’90, admitió que fue un error haber realizado un ajuste fiscal que consiguió el equilibrio a corto plazo basándose, sobre todo, en bajos salarios de los empleados públicos, e incluso recuerda que recién se tomó conciencia de la inviabilidad política de ese plan cuando se desató una huelga policial. El resultado fue la aceptación de un déficit considerado manejable. Es un consejo que puede resultar difícil de digerir para el gobierno de Milei, que en 2025 recortó la masa salarial del personal estatal en un 9,4% real. También, sobre la base de aquella experiencia, se manifiesta contrario a fijar el objetivo de una baja acelerada hasta una inflación de un dígito anual, si para llegar a esa meta se debe usar herramientas que resulten nocivas para la economía real, como el anclaje del dólar y una suba exagerada de las tasas de interés. Según Talvi, si un gobierno tiene que elegir qué priorizar, debería promover una caída de las tasas y asegurarse un buen nivel de actividad productiva, aun cuando eso implique que la inflación baje a un ritmo lento. "Paciencia estratégica", lo define el uruguayo. Discurso liberal, políticas intervencionistasPero paciencia es, justamente, lo que el presidente Milei no quiere asumir frente a la inflación, que está bajando a un ritmo mucho más lento de lo previsto. Por lo pronto, le ha valido a Milei cuestionamientos de índole político, como por ejemplo el haber estimado que el "delay" entre la emisión monetaria y las subas de precios es de 18 meses, pero luego corregir ese pronóstico a 24 meses. Además, el ministro Toto Caputo ha demostrado que, ante situaciones de crisis, puede ser tan pragmático e intervencionista como el peronismo. En dos ocasiones citó a los fabricantes de alimentos y a las cadenas supermercadistas para pedirles que dieran marcha atrás a subas de precios que, desde su punto de vista, no se justificaban por un incremento de costos sino que obedecían a una protección preventiva por si había una devaluación. Caputo logró su cometido, pero puso en cuestión el argumento doctrinario según el cual la inflación es un fenómeno solamente monetario. No fue la única desviación a la ortodoxia de la doctrina liberal. Porque, así como intervino en momentos de "aumentos de precios preventivos", el gobierno también se reservó el derecho de vetar los acuerdos salariales cuando consideró que no iban en línea con la inflación prevista. El propio Caputo justificó en varias ocasiones su actitud de no homologar paritarias que ya habían sido firmadas por las partes sindical y empresarial. Es algo que le valió no pocos comentarios irónicos, por parte de la CGT, respecto del extraño liberalismo que practicaban funcionarios que intervenían en acuerdos entre privados. Demanda de pesos, el verdadero tema
Es decir, que en una economía con precios en alza había mayores probabilidades de mantener los puestos de trabajo y que, por el contrario, en situaciones de estabilidad crecía el riesgo de que los ajustes se produjeran no en el nivel de los salarios sino en la cantidad de gente empleada. A pesar de que Milei defenestra esta teoría, cuya validez fue refutada por Milton Friedman -uno de los ídolos del presidente argentino-, lo cierto es que incluso en Estados Unidos ha habido demostraciones de su vigencia a nivel político. El llamado "quantitative easing" puesto en práctica tras la crisis financiera de 2008 implicó una apertura de liquidez como forma de combatir la recesión. El objetivo expreso era impedir una deflación -un trauma que la sociedad estadounidense arrastra desde el crack de 1929- y, más bien, generar una inflación que ayudara a licuar los déficits. Es un hecho que fue expuesto en el Congreso por Axel Kicillof, en sus días de ministro de Economía, para refutar la noción liberal de que la inflación es consecuencia directa de la emisión monetaria. En aquellos días, tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea llegó a haber deflación, pese a que le cantidad de dinero se había multiplicado. Los economistas liberales le respondieron que ahí está el núcleo del verdadero debate: el de la demanda de dinero. Los ciudadanos estadounidenses no temen guardar su efectivo "bajo el colchón". Y los argentinos… tampoco, siempre que sea en dólares. Pero cuando se trata de la moneda nacional, la demanda de pesos puede disminuir de forma dramática, como quedó demostrado en la previa de las elecciones legislativas, cuando la mitad de la base monetaria se pasó a dólares. Laffer, la otra curva polémicaEl gobierno también puso en debate sus principios liberales después de recibir a Arthur Laffer, que pasó a la fama en la campaña electoral estadounidense de 1980, cuando convenció a Ronald Reagan de que defendiera una propuesta contraintuitiva: que el déficit fiscal se resolvería bajando impuestos. El veterano economista estadounidense es el autor de la mundialmente famosa teoría según la cual hay un efecto de rendimientos decrecientes en la recaudación de impuestos, porque a mayor presión impositiva, mayor será el incentivo a la evasión. Por eso, en la célebre "Curva de Laffer" se explica que, a partir de determinado punto crítico, cada suba de impuestos no sólo no aumenta la recaudación sino que la hace caer. Y, en teoría, si se redujera el peso de los impuestos, el ingreso a la caja fiscal tendría que aumentar. El gobierno de Milei defiende su adhesión a la tesis de Laffer, con el argumento de que lleva realizado un alivio impositivo equivalente a 2,5% del PBI. Pero las quejas empresarias no han disminuido. Más bien al contrario, en el campo se quejan de que sus márgenes de rentabilidad han caído, mientras que los industriales afirman que están en desventaja competitiva frente a la importación, no por su propia falta de eficiencia sino por el impacto de los impuestos sobre las empresas argentinas. Para colmo, el "efecto Laffer" está lejos de verse: van ocho meses consecutivos en que ARCA disminuye su ingreso. Y parece poco probable que Caputo dé su visto bueno para mayores recortes de impuestos en el corto plazo. De manera que, para ayudar a una recuperación más rápida de la producción y el consumo, quedan pocas herramientas a mano. Una de ellas es una inyección de liquidez que abarate el crédito y lubrique el sistema financiero. Tiene su costo, claro: la inflación se mantendría en niveles relativamente altos durante un tiempo, pero la compensación sería una mejora en el empleo. Y esa sugerencia es, precisamente, lo que Milei acaba de rechazar de plano. |