El costo de no decir: por qué las empresas postergan las conversaciones difíciles
Cada tanto me llega la misma llamada, con distintos nombres. "Vero, necesitamos que nos ayudes con alguien del equipo". Y a los cinco minutos de conversación, aparece la frase que ya conozco: "la verdad es que no sabemos si darle otra oportunidad o dejarlo ir".
Eso es el gris. Y lo que casi siempre pasa después es que, sin decirlo del todo, me piden que sea yo quien lo convierta en blanco o negro. Que la decisión salga de una sesión conmigo y no de ellos.
Entiendo por qué pasa. Decidir sobre el futuro laboral de alguien es de las cosas más pesadas que un líder tiene que hacer. Pero cuando entro a esas empresas y empiezo a preguntar, casi siempre aparece lo mismo: nadie tuvo, en meses, la conversación clara. Se habló del tema en reuniones de gerencia, se comentó en los pasillos, se toleró, se esperó "a ver si mejora solo". Todo, menos decírselo a la persona con nombre y apellido.
El gris no es indecisión; muchísimas veces es una conversación que no se dio.
Acá hay algo que vale la pena separar bien: dar una oportunidad real y dar tiempo sin dirección son cosas muy distintas, aunque desde afuera parezcan lo mismo.
Dar una oportunidad real es decir con claridad qué está fallando, qué se espera en concreto, en cuánto tiempo, y qué apoyo va a tener la persona para lograrlo. Es una conversación incómoda, sí, pero es una conversación.
Dar tiempo sin dirección es dejar pasar los meses esperando que la situación se resuelva sola, mientras la persona sigue sin saber que su puesto o posible ascenso, en algunos casos, está en riesgo. No es paciencia; es evitación con forma de comprensión.
La otra cara de la conversación que no existió
Vi este patrón muchas veces: un colaborador que "ya no da más" para la empresa, pero que en su cabeza cree que viene haciendo bien las cosas porque nadie se lo dijo distinto. Cuando finalmente lo despiden, la reacción no es "lo veía venir". Es sorpresa, y a veces bronca legítima: nadie le dio la chance real de cambiar algo que ni siquiera sabía que tenía que cambiar.
Ahí está el costo silencioso de evitar: no solo desgasta al equipo que convive con un problema no nombrado. También le quita a la otra persona su derecho a saber a tiempo y a jugársela por mejorar.
Dar tiempo sin dirección, lejos de cuidar al otro, es solo cuidarte vos de la incomodidad de decir la verdad.
Check list antes de decidir sobre un colaborador
Antes de decidir sobre alguien de tu equipo, te propongo un ejercicio: contestate estas preguntas con honestidad, no para justificar una salida, sino para saber realmente en qué punto estás parado.
- ¿Le dije con total claridad qué necesito que cambie, o solo lo pensé y lo comenté con otros?
- ¿Le di un plazo concreto y sostén real (feedback, recursos, acompañamiento) para lograrlo, o esperé que mejore por su cuenta?
- Si hoy le preguntara a esta persona cómo está su situación en la empresa, ¿me diría lo mismo que yo pienso?
- ¿Estoy evaluando su desempeño o estoy evitando el malestar de tener la conversación?
- La última vez que postergué una decisión así, ¿la situación mejoró sola o empeoró?
Si en la mayoría de estas preguntas la respuesta te incomoda, todavía no diste la oportunidad real. Dala primero: con fecha, con claridad, con seguimiento. Si ya la diste (de verdad, no a medias) y la respuesta sigue sin llegar, entonces el gris ya no es sobre la otra persona. Es sobre vos, animándote o no a cerrar lo que ya sabés.
No hay una respuesta única para saber cuándo es momento de dejar ir a alguien. Pero sí hay una pregunta que te vas a tener que hacer en algún punto: ¿esto que estoy posponiendo lo postergo porque falta información, o porque me falta coraje?
Las dos cosas duelen. Pero solo una te sigue costando cada día que no la resolvés. ¿Qué decisión sobre tu equipo venís posponiendo hace demasiado tiempo, escudándote en "démosle un poco más de tiempo"?
*Vero Salatino es facilitadora y speaker en Comunicación Transformacional, comunicadora y coach ejecutiva.