En Argentina se toma cada vez menos soda: cómo hizo histórica marca para sobrevivir a la crisis
Como muchos inmigrantes españoles, Vicente Tarazona llegó a la Argentina huyendo de las consecuencias de la guerra, buscando un futuro mejor y sin un peso en el bolsillo. Corría el año 1947 y el joven (aún menor de edad), se instaló primero en el campo de un pariente en la provincia de Buenos Aires y luego se trasladó a la gran ciudad, donde abrió un almacén y prosperó.
Ya en la década del 60, un vecino de la zona de Quilmes, inmigrante como él, le propuso comprar una pequeña fábrica de soda, a la que bautizó con su apellido.
Una década más tarde, y para poder competir con empresas más grandes, Tarazona le propuso a otros fabricantes de soda unirse bajo la misma marca y crear una cooperativa.
Así nació Cimes, de la unión de 12 soderías del Gran Buenos Aires. El acuerdo era que cada sodero tenía su propia zona de influencia y reparto, que comenzó haciéndose en carros tirados por caballos y luego se incorporaron camiones.
El negocio fue creciendo y se hizo fuerte en el Gran Buenos Aires. Y en los últimos 15 años se sumaron pequeñas fábricas de otros puntos del país, hasta agrupar hoy a más de 60 soderías bajo el sistema de franquicias.
"Captamos a las plantas pymes con el apellido del dueño y les proponemos sumarse a nuestra marca con una franquicia. Tenemos un departamento de marketing y publicidad unificado, y un envase diferenciado, que sería muy costoso de hacer fabricar a medida para cada empresa", explica Leandro Tarazona, nieto de don Vicente y tercera generación al frente de la compañía. "Además, tenemos proveedores seleccionados y auditados por la marca que compartimos con todos los fabricantes", destaca.
Cambios de hábito en la Argentina
Hasta los años 80, el consumo de soda alcanzaba los 140 litros per cápita por año, según datos publicados en las redes por el influencer y sommelier de soda Martín Juárez (@elsodelier). Sin embargo, a partir de los años 90, la soda comenzó a perder terreno frente a otras bebidas, principalmente el agua embotellada.
En la actualidad, si bien Argentina lidera el mercado de soda en Latinoamérica y está segundo a nivel mundial después de Alemania, su consumo es de apenas 54 litros per cápita anuales. Esto obligó a Cimes y a otras empresas del sector a adaptarse y diversificar su negocio.
"La clave es estar atentos a los cambios de hábitos e innovar constantemente. Hoy vendemos 5% de soda y 95% de agua embotellada", dice Tarazona. "Lo que no cambia es la calidad y el servicio. El sodero sigue pasando por los barrios, pero en vez de sifones, reparte bidones de agua", grafica.
Al mismo tiempo, la soda en sifón se está convirtiendo en un objeto de culto, de la mano de bartenders que la usan para preparar tragos y sommeliers de soda como Juarez. Según el sodelier, la ventaja del sifón es que mantiene la presión y las burbujas durante más tiempo, a diferencia del agua con gas en botella, que apenas se abre comienza a desgasificarse.
Por otra parte, la caída generalizada en el consumo plantea un desafío para la venta de agua embotellada. "Algo que aprendimos de mi abuelo es que las crisis siempre generan oportunidades. Nosotros ofrecemos un bidón de 12 litros por el precio de tres botellas de 2 litros en el supermercado. También hay empresas que se pasan de un dispenser de agua de primera marca a la nuestra que es más económica", dice Tarazona y añade que el impacto ambiental también juega un rol importante. Nuestros bidones son retornables y reciclables, con lo que evitamos generar residuos plásticos". Además, una vez finalizada su vida útil, entregan los bidones a una cooperativa de recicladores para que los pelletizen y el plástico vuelva al circuito productivo.
Innovación para la productividad
En los últimos cinco años, la marca incorporó nuevas tecnologías para lograr mayor eficiencia en la producción. A partir de la necesidad de optimizar la calidad de los envases, Cimes implementó una solución de Visión Artificial para el control de los precintos de los bidones. Las primeras pruebas se hicieron en la planta de Tarazona en Quilmes, y luego se extendieron a las demás fábricas del país.
Uno de los puntos críticos de los botellones de agua es la tapa y el precinto, que deben estar colocados con la presión justa, ya que si queda flojo, el líquido se vuelca durante el traslado, y si queda muy tenso, no permite la salida de agua cuando se lo coloca en el dispenser.
Hasta 2021, la firma contaba con dos operarios por turno dedicados a controlar que la tapa y el precinto estuvieran bien colocados. Esto además, los obligaba a detener la producción cuando había fallas, o para que pudieran descansar.
Hoy esta tarea es realizada en forma automática por el sistema de Visión Artificial desarrollado por la compañía junto con estudiantes y docentes de la Universidad Nacional de Quilmes. Esta innovación pudo llevarse adelante gracias a un programa de Vinculación Tecnológica de la provincia de Buenos Aires -que hoy se llama Fitba (Fondo de Innovación Tecnológica Bonaerense).
"Ahorramos tiempo en la jornada de trabajo y las dos personas que antes controlaban las tapas, hoy se dedican a otras tareas. Además, bajamos costos y ya estamos competitivos para exportar a Uruguay", afirma el empresario. Lejos de tomarse las cosas con soda, Tarazona ya está trabajando en un nuevo proyecto tecnológico en su planta.
Se trata de desarrollar un sistema de IoT (internet de las cosas) para controlar la presión en los tanques de agua. "Buscamos una herramienta que nos diga en tiempo real cómo están los tanques, que nos avise si la bomba está funcionando bien y cuánta energía consume, así podemos ser más eficientes, cuidar el ambiente y los costos", señala.