"Sí­ndrome Luna de Avellaneda": clubes le marcan a Macri el lí­mite para sincerar economí­a

Más que mil debates entre dirigentes políticos, lo que encendió la alarma del Gobierno fue la noticia de que diferentes establecimientos del Conurbano estaban en riesgo de cerrar por no poder pagar la factura de electricidad. Con el tema instalado en la pantalla, se adoptaron correcciones de apuro
Por Fernando Gutiérrez
22/05/2016 - 03,04hs
"Sí­ndrome Luna de Avellaneda": clubes le marcan a Macri el lí­mite para sincerar economí­a

Fue Barack Obama quien terminó por convencer a Mauricio Macri de que cuanto más rápido y crudo fuera el ajuste, mejor.

Que el gradualismo sólo prolonga el sufrimiento y retarda el punto de inflexión para que la economía vuelva a crecer.

Macri, que hasta ese momento estaba inmerso en el debate interno de su equipo de Gobierno -dividido entre "halcones" partidarios del shock y "palomas" que defendían el ajuste gradual- se terminó de definir.

Concretamente, avaló las fuertes subas en las tarifas de gas, además de nuevos aumentos en los combustibles, luego de haber "sincerado" el costo de la electricidad.

Pero claro, siempre hay imprevistos. Por ejemplo, que Obama nunca vio la película "Luna de Avellaneda".

Gran éxito de 2004, protagonizada por Ricardo Darín que terminó por consagrar a José Luis Campanella como el director que interpretaba la sensibilidad de los argentinos, el film refleja como ninguno el humor social post crisis del 2001.

Cuenta la historia de un pequeño club de barrio -que oficiaba como centro de la vida social y espacio de contención para los más desprotegidos- que entraba en una profunda crisis financiera.

A raíz de ello, los socios se ven enfrentados a la terrible disyuntiva entre sostener al club -casi sin recursos y al borde del cierre- o venderlo para que, en ese espacio, se construya un casino.

De más está decir que los "buenos" de la película y el 100% del público están a favor de la continuidad y en contra de la "privatización", que encarna todo lo negativo, como la exclusión social, la falta de solidaridad y la mercantilización de la cultura y del deporte.

Doce años más tarde, aparece un "síndrome Luna de Avellaneda" con impacto sobre la política.

Es que la señal de que el Gobierno se quedó sin margen para continuar con el ajuste económico no vino ni de las encuestas, ni de las reuniones de análisis con los politólogos, ni de los focus-group. Tampoco de las peleas con los sindicatos y la oposición.

Más bien, la certeza de que se agotaba la tolerancia política y social para las medidas de ajuste llegó cuando el tema principal en los medios de comunicación fue el inminente cierre de Juventud Unida de Llavallol, precisamente el club donde se filmó "Luna de Avellaneda".

Esto, a raíz de que no podía pagar las facturas de luz luego de que su importe se haya multiplicado por tres.

Los políticos, los asesores, los sociólogos y Jaime Durán Barba lo saben y de sobra: se pueden refutar los argumentos de diputados opositores y de líderes sindicales, pero es imposible rebatir a un entrenador de baby fútbol que explica que no hay de dónde sacar la plata para pagar una factura de $8.700.

Fue un punto de inflexión, porque hasta ese momento el Gobierno había tenido relativo éxito en justificar su política de ajuste. Había ganado el debate sobre los "fondos buitre" y hasta conseguido suavizar las protestas por los despidos en el Estado.

Y, mal que bien, había podido presentar las subas tarifarias como un acto de justicia: a fin de cuentas, representaban el fin del subsidio al sector más privilegiado por parte de los pobres, de aquellos que no tienen gas por cañería y deben abonar la garrafa a precio de mercado.

Pero esto es distinto. Porque el "síndrome de Luna de Avellaneda" termina por equiparar el momento actual con el de la peor crisis social de la historia reciente.

De eso tomaron nota inmediatamente los militantes del kirchnerismo.

Rápidamente, en los medios y en las redes sociales buscaron sacar rédito del tema y contrapusieron la situación actual con las políticas de "inclusión social" de Cristina Kirchner.

Luz amarilla y marcha atrásHay un único detalle que jugó a favor de Macri: el cineasta Campanella fue un crítico feroz del kirchnerismo y no está dispuesto a que su película sea reivindicada como una apología de la década K.

Ante la insistencia de que se pronunciara sobre el asunto, Campanella logró un difícil equilibrio. Pidió que el tema no se politizara, acusó de hipocresía a los que critican pero también le reclamó al gobierno que otorgara la tarifa social para los clubes de barrio.

Esto logró atenuar el impacto de la noticia, si bien no alteró la cuestión de fondo: el Gobierno entendió que se enfrentaba a una señal de alarma.

"Evidentemente, quedó al descubierto cierta imprevisión por parte de los funcionarios. Lo cual es entendible, porque cuando se llevan a cabo este tipo de políticas resulta imposible prever todas las situaciones de excepción", afirma Roberto Starke, consultor en comunicación.

"Hay mucho de ensayo y error. En todo caso, lo que se vio es que tuvieron la suficiente flexibilidad como para dar marcha atrás y reparar la situación, al salir rápidamente a dar una tarifa social a los clubes de barrio", apunta.

En su visión, "se corrigió la medida así como se hizo con otras, por lo que se puede decir que esta actitud ya es una marca que identifica a este Gobierno".

Por lo pronto, el anuncio de la tarifa social para clubes de barrio le dio una leve satisfacción política al Ejecutivo, ya que pudo acallar las críticas y dio lugar a que Campanella, en su cuenta de Twitter, escribiera: "Con esta noticia volverán a dejar de interesarles los clubes a los que ayer se rasgaban las vestiduras".

No obstante fue una satisfacción a medias porque, tal como saben todos los analistas de medios, nunca una corrección tiene el mismo impacto mediático que la noticia original.

Pero, además, porque el caso de Juventud Unida de Llavallol fue el disparador de una serie de notas con foco en los costos sociales del ajuste.

Durante la última semana, circularon noticias en Clarín sobre bomberos voluntarios en problemas para pagar luz o fábricas de bolitas que están en zozobra por el aumento en la boleta del gas.

Estos titulares, claro está, fueron acompañados por otros de índole política.

Por ejemplo, el llamado a la rebeldía ciudadana por parte del intendente de Bariloche, Gustavo Gennuso, quien planteó que su ciudad no podía pagar el servicio de gas con una factura "sincerada" al 2.500%.

O el recurso de amparo interpuesto por el gobernador de Chubut, Mario Das Neves, que pretende que laJusticia exonere a toda su provincia de pagar el aumento del gas.

Por lo pronto, al Gobierno de Macri no sólo le preocupa el tenor de este tipo de noticias, sino quién es el emisor.

En su evaluación política, no es lo mismo que el club de Llavallol salga en la tapa de Página12 que en la de Clarín. O que aparezca en la pantalla del hipercrítico C5N que en la del "amistoso" TN.

"Sin dudas que no le resulta indistinto que un medio de comunicación afín a su línea política esté levantando este tema", observa el politólogo Sergio Berensztein.

"El público de TN coincide a grandes rasgos con el perfil del votante macrista. Es, además, el público que se sintió identificado por los valores de la película ‘Luna de Avellaneda'", completa.

Desde su punto de vista, lo ocurrido debe ser interpretado como una confirmación de que si el Gobierno acentúa el ajuste de las variables económicas, entra en riesgo de perder capital político.

"El segmento social que más sufrió la suba de tarifas fue la clase media y media-baja de los grandes centros urbanos. Precisamente donde Macri cifra sus esperanzas de obtener buenos resultados en las elecciones legislativas del año que viene", agrega Berensztein.

"Estamos viendo el límite a su posibilidad de pagar costos políticos", añade.

Por lo pronto, ya empezaron a verse señales en ese sentido.

El "duro" del gabinete de ministros, Juan José Aranguren, sorprendió al declarar que no veía la necesidad inminente de un nuevo aumento en el precio de las naftas, cuando todo el mundo daba por supuesto que vendría otro incremento en junio.

Luego llegó el comunicado oficial que exoneraba del 50% del pago del gas durante el invierno a las Pymes, pequeños comercios y entes oficiales.

¿Del "Clarín miente" al "Clarín lobbea"?Hay, finalmente, un último elemento para el análisis. Es que tratándose de Clarín siempre aparecen las suspicacias en el ámbito periodístico.

¿Hasta dónde la avalancha de notas críticas sobre el tarifazo obedece a una genuina postura de línea editorial y hasta qué punto puede esconder una intención de lobby?

No son pocos los que han comentado en las redes sociales sus sospechas de que pueda haber algún mensaje oculto en esta cobertura.

Sucede que Clarín -más allá de su festejo por la derrota política del kirchnerismo y el fin de la controvertida ley de medios- no está exento de riesgos empresariales.

El sector de las telecomunicaciones vive un cambio radical en su modelo de negocios, con la confluencia de la TV, Internet y la telefonía.

En ese sentido, Cablevisión, la "vaca lechera" del conglomerado, acaba de anunciar un nuevo servicio que no hace más que dejar en evidencia la mella que Netflix está haciendo en el negocio tradicional del cable.

Hay, además, insistentes versiones sobre la llegada de peso-pesados de las comunicaciones, como Ted Turner, señalado como el eventual comprador de Telefe. Un competidor fuerte y que es preferible no tener.

Más aun. Trascendió una reciente reunión secreta entre Macri y Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, dueño de la telefónica Claro y que se muestra interesado por adquirir Telecentro.

En este contexto, motivos para la suspicacia no faltan, si bien los analistas políticos tienden a creer que aún no hay un lobby oculto detrás del aparente cambio de línea periodística de los medios de Magnetto.

"Creo que cuando tienen que ejercer presión lo hacen por otros conductos y de manera más directa. En este caso, simplemente ellos sienten que su público está preocupado y que no pueden dejar de expresarlo", afirma Starke.

Lo cierto es que, sea cual fuere la motivación central de esta cobertura mediática, la señal fue inequívoca.

Se puede ganar un debate sobre el pago a los "fondos buitre" o vetar la ley antidespidos votada en el Congreso.

Pero cuando un entrenador de baby fútbol se queja ante las cámaras de televisión de que no puede pagar la luz, la gobernabilidad se empieza a resquebrajar, por más apoyo de Obama que haya.

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