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De Vido, preso: tras la caí­da del hombre clave de los Kirchner, ¿comienza un "lava jato" argentino?

De Vido, preso: tras la caí­da del hombre clave de los Kirchner, ¿comienza un "lava jato" argentino?
Su detención fue el principal tema de los medios de comunicación, que apostaron sus cámaras en la puerta del edificio con el único y fundamental objetivo de mostrarlo esposado. Ahora, la expectativa se centra en el "poder de daño" que puede tener el súper ministro del kirchnerismo 
Por Fernando Gutierrez
26.10.2017 10.51hs Política

"No pongo las manos en el fuego por nadie", respondió Cristina Kirchner en una de las entrevistas periodí­sticas en la que le preguntaron sobre el nivel de confianza que le inspiraba Julio de Vido quien, durante 12 años, fue "superministro" del kirchnerismo y casi un emblema de ese gobierno.

Luego de sus palabras, la especulación en el ámbito polí­tico y judicial fue inevitable: se interpretó que la ex presidenta ya habí­a decidido soltarle la mano, en aras de mejorar sus chances electorales o de proteger su propia situación personal ante la Justicia.

Lo cierto es que, desde ese mismo momento, la prisión de Julio de Vido empezó a ser vista como una posibilidad cierta.

Soñada por algunos como la utopí­a casi inalcanzable de un paí­s que recupera los valores republicanos, esperada con ansiedad y festejada ruidosamente por otros -que durante una década acumularon sus deseos de revancha-, temida por quienes se preguntan sobre el potencial de daño si el ex ministro se decide a hablar.

Lo cierto es que aquello que parecí­a imposible se hizo realidad. Para ello, fue necesario que en las elecciones legislativas se confirmara el apoyo popular que fortaleció polí­ticamente al macrismo y-como contracara- debilitó al kirchnerismo.

En Comodoro Py, ya antes de la votación, se tomó nota del cambio de contexto polí­tico y se produjo el pedido de detención -algo que antes sólo habí­a hecho el fiscal-.

Y, en ese nuevo marco, los diputados peronistas y de izquierda (que en julio se habí­an negado dar su voto para el desafuero por motivos de í­ndole moral), contaron con una argumentación judicial a medida para despegarse de una "figura tóxica".

Hasta el propio bloque kirchnerista -acaso rememorando la frase de Cristina sobre las manos y el fuego- buscó una salida al estilo Poncio Pilatos: no bajó al recinto de la Cámara.

De este modo, evitó exponerse en dos sentidos: formalmente, no "sacrificó" a De Vido, pero tampoco quedó en situación de tener que argumentar en su defensa y levantar la mano para salvarlo.

La caí­da de un í­cono K
Lo que vino después fue un espectáculo mediático al que los argentinos ya se han acostumbrado en los últimos meses.

Gente esperando frente al domicilio del ex ministro con el cántico "No vuelven más", un gran despliegue de Gendarmerí­a para el presunto traslado del implicado y redes sociales que explotaron en festejos y chicanas polí­ticas.

El momento fue también interpretado como una reivindicación de Elisa Carrió, por su prédica de varios años contra la corrupción del gobierno kirchnerista.

La propia diputada se encargó de recordar que su primera denuncia contra el ex ministro data del año 2004, cuando pocos se animaban a ventilar sospechas sobre el nuevo gobierno.


Hasta el propio De Vido pareció rendirle un homenaje, con la sugestiva frase sobre el enví­o de champán a "Lilita", en alusión a su frase "¡qué caviar, qué champán!", dicha en un acto de cierre de campaña, tras enterarse del pedido judicial de detención.

Los canales de noticias suspendieron la cobertura de cualquier otro tema y apostaron las cámaras toda la tarde frente a Comodoro Py, para así­ transmitir en vivo la imagen de la puerta del edificio, con el único y fundamental objetivo de mostrar al ex poderoso con las esposas puestas.

El ensañamiento mediático era esperable. Primero, porque hay un contexto polí­tico que hace que esta temática sea redituable. Pero, además, en este caso no solamente estaban presentes los factores tradicionales de sospecha de corrupción, sino que habí­a elementos de í­ndole más personal.

Concretamente, De Vido habí­a comandado la guerra del kirchnerismo contra los multimedios, con participación estelar en el anuncio de la fugaz "estatización" de Fibertel, empresa del grupo Clarí­n.

El ex súper ministro, con cierta astucia y un último resto de preservación de su imagen pública, logró evitar la ignominiosa foto con "el casquito" y las manos esposadas mientras era conducido del brazo por uniformados.

Lo que no logró evitar fue la defenestración mediática. Su detención fue el tema del dí­a y tiene garantizado un lugar protagónico en los medios de comunicación por largo tiempo. No es para menos, por lo que significa su figura tanto en términos reales como simbólicos.

Algunos lo comparan con Antonio Palocci, el ex poderoso ministro de hacienda del presidente Lula quien, tras ser llevado preso decidió contar lo que sabí­a sobre el esquema de corrupción brasileña, incluyendo la delación contra el propio Lula.

El nerviosismo del "cí­rculo rojo"
Ese será, sin dudas, el gran tema de las próximas semanas: qué le siguirá a la prisión de De Vido.

Con frases ambiguas, en ocasiones en los que ha sido presionado, el ex funcionario dejó entrever que tiene información suficiente como para poner nerviosos a muchos, tanto del lado estatal del mostrador como del de la empresa privada.

El potencial de "daño" de De Vido es directamente proporcional a la amplitud de temas que manejó durante su gestión. 

Transporte
público, generación de energí­a, importación de gas, minerí­a, obra vial, logí­stica, comunicaciones: no hubo casi rubro ligado a subsidios o licitaciones que no pasara por sus manos.

Es por eso que las causas judiciales que lo involucran también reflejan esa diversidad: la malversación en Yacimientos Carboní­feros de Rí­o Turbio, los sobreprecios en los barcos cargados de gas licuado, la asociación ilí­cita en la obra pública y la responsabilidad polí­tica por la masacre ferroviaria de la estación Once.

De hecho, los presos célebres del kirchnerismo están, todos, ligados a él de una u otra manera:

- Lázaro Báez, por la asignación irregular y sobreprecios en obras

- José López, por la corrupción en la gestión vial

- Ricardo Jaime, por la compra de material ferroviario ruinoso

- Roberto Baratta, su número dos en Planificación, por sobreprecios de casi u$s7.000 millones en la compra de gas licuado

De manera que si es amplio el margen de corrupción por el que se acusa al ex ministro, también lo es su conocimiento de los actores privados que participaron en todo estos negocios espurios.

La propia Cristina Kirchner dio a entender ese potencial de denuncia cada vez que ha sido interrogada sobre los bolsos de López.

"Quiero que se sepa quién le dio esa plata, porque yo no se la di", decí­a a modo de recordatorio de que toda denuncia de corrupción contra un funcionario que cobra una coima implica la aceptación tácita que, del otro lado hubo, alguien que pagó.

En los medios de comunicación afines a la ex presidenta han insinuado que la lista de esos pagadores podrí­a incluir a nombres importantes vinculados con la obra pública.

Por lo pronto, lo que ocurre con De Vido es seguido muy de cerca por los inversores externos.

Nadie se anima a decirlo en público, porque implica ingresar en el terreno de lo polí­ticamente incorrecto, pero la posibilidad de un "manipulite" en la Argentina abrirí­a una etapa de incertidumbre, palabras que suele alejar a los capitales.

Cuando la sospecha deja de ser personalizada en un ex funcionario y pasa a ser generalizada a todo un sistema de negocios, esto podrí­a ser hasta un elemento disuasivo para los proyectos que implican desembolsar dinero.

En definitiva, son horas de festejo en los medios, en las redes sociales y en el ala polí­tica más proclive a la denuncia de la coalición Cambiemos. ¿Qué siente Macri sobre esta situación? Sus declaraciones públicas inducen a pensar que acompaña el objetivo polí­tico de su socia Carrió.

"Entre los cambios importantes que ha tenido la Argentina, uno es que se acabó la impunidad. Ya nadie está por arriba de la ley y somos todos iguales", habí­a dicho en julio, la primera vez que se intentó el desafuero.

También tuvo advertencias para parte de la Justicia que se mostraba remisa a avanzar en las investigaciones. Pero está claro que el Presidente también es consciente de lo que implica De Vido en prisión.

Un antes y un después, que puede trascender a la situación personal de un ex superministro para afectar a Cristina Kirchner, al "cí­rculo rojo" y a todo un sistema de obra pública que a lo largo de décadas asumió la corrupción como lubricante inevitable del engranaje.

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