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Economía

Plata Dulce 2018: del "dólar ahorro" de CFK al déficit récord de Macri, vuelve a recalentarse el debate por el tipo de cambio

Plata Dulce 2018: del "dólar ahorro" de CFK al déficit récord de Macri, el eterno retorno del debate cambiario

Se volvieron a batir récords en la compra de dólares por parte de ahorristas, en la salida de divisas por turismo externo y en el déficit de la balanza comercial. Los funcionarios dan a entender que el retraso cambiario es estructural y no se podrá corregir el tema por la vía devaluatoria

Por Fernando Gutierrez
25.02.2018 06.04hs Economía

Si Cristina Kirchner hubiera estado en el gobierno, habrí­a tenido el argumento perfecto para responder al acto de Hugo Moyano: justo ese dí­a se conocieron los datos de la compra de dólares que hacen todos los meses los argentinos, así­ como la cantidad de billetes verdes que durante todo el 2017 salieron por turismo en el exterior.

Ese mismo dato fue, especialmente durante sus últimos años de gestión, la "prueba" para desmentir cualquier acusación sobre crisis, pérdida adquisitiva del salario o malestar social.

Con su lógica irrefutable, la ex presidenta sostení­a que si se compraban miles de millones de dólares era porque habí­a gente que, después de haber saldado todas sus obligaciones, contaba con capacidad de ahorro lo suficientemente grande. 

También, se jactaba de que durante su perí­odo de gobierno se batieran los récords de salida de argentinos a hacer turismo fuera del paí­s.

Si alguien señalaba que eso era un sí­ntoma de atraso cambiario que transferí­a recursos desde el aparato productivo a la clase media, ella negaba las crí­ticas y asimilaba el furor turí­stico con una innegable prosperidad.

Incluso, en una de sus argumentaciones más arriesgadas, hasta defendí­a el rojo de la balanza comercial en rubros sensibles, tales como el de la energí­a.

Su tesis era que sólo un paí­s en crecimiento tiene una demanda energética tan fuerte como para tener que importar combustibles, y que los momentos en que la energí­a sobró como para ser exportada fueron los de recesión.

Pero el macrismo tiene un estilo comunicacional diferente y por eso la difusión de los nuevos números de la economí­a se vivió con un sentimiento "culposo" apenas disimulado: 

-Para el ideario tradicional argentino, los desbalances comerciales son siempre un mal sí­ntoma, porque se los asocia con pérdida de empleo.

-Además, la compra masiva de dólares por parte de pequeños ahorristas es asimilada a una señal de desconfianza en la moneda nacional.

Y la salida de turistas que dejan sumas récord de billetes verdes fuera del paí­s suele despertar las alarmas de un atraso cambiario con potencial traumático.

Lo cierto es que hoy, además de las acusaciones y crí­ticas que llueven sobre el plan económico por sus dificultades para domar la inflación y consolidar el crecimiento, se han sumado como un nuevo lastre estos números sobre la salida de dólares.

Los datos -para regodeo de la oposición polí­tica y los economistas crí­ticos- son más que elocuentes: 

-La "fuga de capitales", como se conoce popularmente a la formación de activos externos, sigue gozando de buena salud y, tras el récord histórico del 2017, empezó el nuevo año con un registro de u$s2.894 millones -u$s1.814 en términos netos, si se descuentan las ventas-.

Y el dato más interesante es que no se trata de inversores institucionales sino del "chiquitaje": los compradores fueron cerca de 1 millón de ahorristas, que demandaron a un promedio módico de u$s1.300 per cápita.

-Desde que Mauricio Macri asumió como presidente, la salida por ese concepto acumula u$s55.000 millones, una cifra que abona las crí­ticas respecto de que el endeudamiento externo terminó financiando la salida de capitales.

-Se estima en 2,5 millones los argentinos que, solamente en esta temporada veraniega, salieron a pasear al exterior. Y todo apunta a que se podrá superar el récord de 2017, cuando por ese concepto salieron del paí­s u$s12.700 millones.

-Los saldos por gasto con tarjeta de crédito fuera del paí­s alcanzaron los u$s800 millones, lo que implica un elocuente salto de 36% respecto de la suma que se registraba hace un año.

-En la balanza comercial, después de los u$s986 millones de déficit que se registraron en enero, los economistas ya se animan a proyectar para este año un nuevo récord histórico, en torno de los u$s10.000 millones y que dejarán como un "dato menor" el recientemente conocido déficit de u$s8.500 millones del 2017.

-El saldo de la cuenta corriente -es decir, el que resulta de tomar todos los dólares que entran al paí­s y restarle todos los que salen-, se encamina al 5% del PBI, según las proyecciones de economistas.

Los problemas del retraso cambiario estructural
Tratándose de un Gobierno al que suele tildarse de liberal y que ha defendido una apertura comercial, podrí­a esperarse que sus funcionarios vieran estas cifras como una señal positiva, una forma de integración al mundo. Sin embargo, no pudo evitarse cierto tono culposo a la hora de dar explicaciones.

Por caso, el ministro de Producción, Francisco Cabrera, se ocupó de señalar que "hoy se importan en su mayorí­a máquinas y bienes de capital y un menor porcentaje es de bienes de consumo".

Según su cálculo, ocho de cada 10 importaciones tienen que ver con insumos para la producción.

Se trata de una argumentación que trae reminiscencias inquietantes: era la misma defensa que esgrimí­a Domingo Cavallo cuando, en 1994, se llegó a un récord histórico de déficit comercial y ya empezaban a ser inocultables los efectos secundarios de la convertibilidad cambiaria.

También la importación de insumos para la industria era el argumento preferido de Axel Kicillof, quien de esa forma justificaba la aplicación del "cepo" cambiario: el Estado debí­a canalizar los dólares -entonces escasos por la falta de crédito externo- para darle prioridad al sector productivo de la economí­a.

La cruel realidad mostró que a esos episodios no sólo no les siguió un boom productivo sino recesiones, y que el correlato de esos déficit siempre fue una masiva salida de dólares por turismo y ahorro de los minoristas que percibí­an inconsistencias en los respectivos "modelos".

La realidad de hoy, a juzgar por las señales del mercado, no parece tan distinta. La ola de importaciones no parece entusiasmar a ningún economista en el sentido de esperar un boom productivo gracias a la fuerte entrada de bienes de capitales e insumos industriales.

Más bien al contrario: hay consultores que empezaron a revisar a la baja sus pronósticos de crecimiento del PBI para este año, y a esta altura son pocos los que acompañan la proyección oficial de 3,5%.

Por otra parte, otras frases "defensivas" de los funcionarios pueden tener un efecto boomerang. El ministro Cabrera apuntó a que el problema no está en los dólares que salen sino en el escaso dinamismo de las exportaciones.

Es decir, casi una confesión de parte de la pérdida de competitividad que ha sufrido el aparato productivo.

Siguiendo la lí­nea del Gobierno macrista, no asoció el problema a una cuestión cambiaria sino a los problemas de costo logí­stico y a la rigidez de la legislación laboral.

Pero hay algo que saben los industriales, los productores agrí­colas y los funcionarios: aun cuando esos factores logí­sticos y de costo laboral pudieran ser resueltos, nunca lo hacen en el corto plazo, de manera que casi la única posibilidad para una reversión drástica de la balanza comercial es una devaluación.  

El tema del tipo de cambio siempre se termina colando en la discusión. Los últimos informes de economistas apuntan a que los saltos devaluatorios de diciembre y enero permitieron volver al nivel competitivo de fines del 2016, que a su vez ya estaba golpeado por el diferencial de tasa entre inflación y devaluación.

Hay escepticismo generalizado sobre la posibilidad de que una recuperación de la competitividad venga por el lado de un nuevo aumento del dólar: en un contexto de indexación inflacionaria, todos creen que es cuestión de pocas semanas para que una devaluación sea "licuada" en términos reales.

Lo cierto es que los pronósticos sobre el saldo entre entrada y salida de dólares vienen empeorando. A los factores financieros se le agrega el pesimismo sobre las exportaciones, como consecuencia de la sequí­a que afecta al campo.

Por lo pronto, hay proyecciones como la de consultora Agritrend que prevé que la cosecha de este año dejará u$s3.700 millones menos que lo que estaba previsto.

El anunciado boom de precios de commodities agrí­colas apenas dará para compensar parcialmente la caí­da de volumen producido: se prevé que el stock exportable caerá a 83,8 millones de toneladas, cuando la proyección pre-sequí­a era de 97,5 millones.

Con su sector más dinámico en crisis, la entrada de dólares al paí­s incrementa su dependencia de la toma de crédito externo.

El ministro Luis "Toto" Caputo se apuró por realizar una fuerte emisión ni bien empezó el año, siguiendo los consejos de asesores que le alertaron sobre las buenas condiciones de tasa del mercado.

Hubo festejos por los u$s9.000 millones colocados a una tasa de 6,95% a 30 años. Pero claro: falta completar el programa financiero de u$s30.000 millones para todo el año, y ahora el mercado no se muestra tan amable.

Por lo pronto, el riesgo paí­s ya tuvo un salto de unos 80 puntos básicos desde comienzos de año.

El debate circular
En definitiva, todos los datos apuntan a una conclusión irrefutable: el paí­s está viviendo, como en tantos episodios de su historia reciente, un momento de "plata dulce" en el que una horda de turistas practican el "deme dos" en los negocios de electrónica de Miami.

Nada parece indicar que esa situación cambie en el corto plazo. Lo cual puede dar espacio para recrear el viejo debate: ¿es malo en sí­ comprar productos importados? ¿Es negativo que la gente viaje? ¿Ebs perjudicial que un asalariado quiera comprar dólares para acumular ahorros?

La propia Cristina Kirchner, que al inicio de su gobierno habí­a encabezado una "campaña cultural desdolarizadora", se rindió ante la evidencia de la realidad y autorizó que se sacrificaran las divisas que supuestamente tení­an destino prioritario en la industria con tal de tener contentos a los compradores del "dólar ahorro". 

De esa manera, la ex presidenta se transformó en la principal defensora de la señalar a la masiva compra de billetes verdes y al turismo externo como señal de prosperidad.

Antes, argumentos parecidos habí­an dado José Alfredo Martí­nez de Hoz durante la tablita cambiaria de los '70 y el inefable Cavallo, durante la convertibilidad de los '90.

Ahora, el macrismo se enfrenta a la contradicción clásica del atraso cambiario estructural: a mayor felicidad de quienes viajan y compran, más altas se escuchan las quejas por la pérdida de competitividad. Y empieza la vieja discusión sobre si la solución es cerrar la economí­a o abrirla más.

Es así­ como, en medio de una nueva fiebre del "deme dos", se produce en estos dí­as el eterno retorno del debate económico argentino a su punto de origen.