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Cuenta regresiva para el inicio de la era Biden en Estados Unidos: qué impacto anticipan en la economía argentina

Cuenta regresiva para el inicio de la era Biden en Estados Unidos: qué impacto anticipan en la economía argentina
Hay un inédito consenso para lubricar la economía con fondos fiscales y licuar deuda con inflación. América latina festeja pero, ¿puede salir todo mal?
Por Fernando Gutiérrez
19.01.2021 19.22hs Política

Visto desde estas latitudes, cuando Joe Biden jure como nuevo presidente de Estados Unidos, se estará cerrando un extraño ciclo de "argentinización" de la principal potencial mundial.

Ocurre que no solamente se habrá dado fin a una campaña electoral caracterizada por su alto nivel de agresión y bajo nivel de debate, además de una transición escandalosa que incluyó un insólito asalto al edificio del Congreso. Sobre todo, se terminará de confirmar que, más allá de la virulencia del debate, hay una idea que se instaló en el país del norte y que domina todo el arco ideológico, desde los "progres" del partido Demócrata hasta los "halcones" de la derecha que apoyan a Donald Trump: todos quieren más proteccionismo, todos quieren más deuda y todos quieren un dólar más débil como fórmula para salir de la crisis.

En las últimas horas, bastiones del conservadurismo estadounidense, como el Wall Street Journal, se escandalizaba de ver cómo Janet Yellen, la nueva secretaria del Tesoro, pasó en pocos años de ser una celosa guardiana de la disciplina monetaria a una "manirrota" dispuesta sin pudor a abrir la canilla de dólares.

Yellen, que antes fue presidente de asesores económicos de Bill Clinton y luego titular de la FED, siempre se había caracterizado por mantener la disciplina monetaria, focalizando en el objetivo de no recalentar la economía, para lo cual siempre estaba a mano la amenaza de una suba de las tasas de interés.

La deuda pública estadounidense que pasó al poder del público durante los cuatro años de Trump se multiplicó por tres, hasta la inimaginable cifra de u$s21,6 billones -algo así como 51 veces el PBI anual de Argentina-, y las perspectivas es que esa cifra se incremente.

Sobre todo, después del anuncio de Biden, la semana pasada, sobre un paquete de estímulo de u$s1,9 billón. Se espera "lubricar" la economía por la vía de poner en manos de estadounidenses desempleados o de bajos ingresos cheques por u$s1.400, a lo cual le seguirá un plan de reactivación de la economía, en el que con el rol protagónico del Estado se pretende crear en tiempo récord puestos de trabajo para 18 millones de desocupados.

Las frases de Biden, de fuerte tono nacionalista, apelando a la recuperación de una industria nacional –"imagínense un futuro: hecho complemente en Estados Unidos"- se acerca peligrosamente a las prédicas proteccionistas de Trump con su América First.

Y, de hecho, muchos de quienes fustigaron a Biden desde la oposición no lo hicieron por irresponsabilidad fiscal, sino que le endilgaron haberse quedado corto.

Ahora al mando de la economía de Biden, Janet Yellen justificó la política de expansión fiscal para reactivar la economía

El discurso populista se impuso en el norte

En definitiva, en parte como reacción a los traumas de su historia -como la gran depresión de los años 1930-, en parte como reacción ante la pérdida de protagonismo ante el arrollador avance industrial chino, y también por el apremio de la pandemia y sus consecuencias recesivas, parece haberse instalado cierto consenso: es la hora de gastar y de emitir dólares.

Un tipo de argumentación que el ala kirchnerista del gobierno argentino aplaudiría de pie, como quedó demostrado en el hecho de que durante todo el 2020 le recriminaron al Banco Central y al ministerio de Economía no haber sido más decididos en la expansión necesaria para fomentar el consumo.

De hecho, una de las más recordadas frases de la campaña electoral del 2019 fue cuando Cristina Kirchner elogió un tuit en el que Donald Trump le reclamaba a la FED una baja en la tasa de interés, y le recomendaba al entonces presidente Mauricio Macri inspirarse más en las políticas que se llevaban a cabo en el norte.

La argumentación en pos de abrir la canilla es simple y contundente: lo peor que puede ocurrir en esta situación es una deflación, como ya lo demuestra la historia. Ergo, hay que emitir dólares, de esa forma se fomentará el consumo para reactivar la economía y se generará algo de inflación. Como las tasas de interés se mantendrán bajas, la inflación irá licuando la deuda con el paso del tiempo, dado que el ingreso fiscal crecerá más rápido que las tasas que deba pagar el Tesoro por sus bonos.

Y quienes sostienen estas tesis vienen avalados por lauros como premios Nobel. Por caso, Paul Krugman, ya advertía en la campaña que no era momento de andar con timideces.

"Es hora de gastar mucho dinero en el futuro y no preocuparse de dónde viene el dinero. Por ahora, y por lo menos en los próximos años, el gasto deficitario a gran escala no sólo está bien, sino que es la única medida responsable que se puede implementar", afirmó el referente del ala izquierda de la política estadounidense.

Que en los últimos días confirmó su tesitura, en un potente artículo destinado a apoyar el plan de estímulo de Biden. Sus cuatro recomendaciones podrían perfectamente haber salido de un manual escrito por el Instituto Patria:

1.No poner en duda la capacidad del gobierno para reactivar la economía y ayudar a la gente. Y pone como ejemplo efectos positivos del Obamacare, pese a las críticas de los republicanos. En otras palabras, el Estado presente puede cambiar la realidad para bien.

2.No obsesionarse por la deuda. En este caso, claro, no se trata de la deuda externa tal como se la entiende en Argentina, sino de la emisión de bonos, que implica tomar crédito para financiar las políticas públicas. Y menosprecia como nunca concretadas las amenazas de los fiscalistas sobre un desastre provocado por las cuentas en rojo.

3.No preocuparse por la inflación. Krugman enfatiza que en el actual estado de recesión y alto desempleo, la expansión monetaria no traerá aparejada una inmediata suba de precios. Una argumentación llamativamente coincidente con la que el kirchnerismo mantuvo durante todo 2020 -ya no en 2021, claro- en el sentido de que la emisión no genera automáticamente inflación cuando hay un aumento en la demanda de dinero.

4.No confiar en la buena voluntad de la oposición republicana para ayudar a gobernar. Krugman advierte sobre la necesidad de no caer en el error de Barack Obama, obsesionado por consensuar una agenda entre los dos grandes partidos, y recomienda utilizar su mayoría para centrarse en las reformas de fondo que se necesitan.

Claro, los asesores de Biden no son ingenuos y saben que en algún momento habrá que volver a poner el foco en la cuestión fiscal. Es por eso que otros economistas laureados, como Joseph Stiglitz -el mentor de Martín Guzmán- ya dio su consejo al respecto- Hay que avanzar en una reforma tributaria en la cual se dé marcha atrás con recortes impositivos a las grandes empresas que había instrumentado Trump.

En fin, la tentación para las analogías con Argentina pueden prolongarse indefinidamente.

¿Argentina tiene que festejar?

La gran pregunta, en esta encrucijada mundial, es si Argentina tiene que festejar por los beneficios de corto plazo que pueda traerle la fiesta de "dólares baratos" o si hay amenazas escondidas detrás de los títulares de la prensa estadounidense.

En realidad, nunca faltan los aguafiestas que advierten que todo puede salir mal. Por caso, Kenneth Rogoff, ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional y uno de los economistas más escuchados por el establishment internacional, durante un reciente debate puso en duda los pilares de la nueva política. El argumento de Rogoff es que todo se sostiene sobre la creencia de que, gracias a tasas de interés muy bajas, las deudas de los países se irán licuando. Pero claro, para eso es condición necesaria que las economías crezcan más que las tasas de interés, y no está tan claro que eso vaya a ocurrir.

Si las tasas de interés superan los niveles de crecimiento económico, dice Rogoff, el mundo entraría en una nueva crisis de deuda. Y su advertencia no se limita a los gobiernos, sino que incluye también a la deuda corporativa, que está expandiéndose a un nivel récord.

También están quienes creen que el debilitamiento deliberado del dólar puede irse de las manos. En un reporte de BBC, la analista de Monex Europe, Olivia Álvarez, anticipa que tras haber tenido un crecimiento de la oferta monetaria de 24% en un año -lo cual llevó a un volumen de dólares de u$s19 billones en poder del público- se puede iniciar una fase histórica de debilidad del billete verde.

La experta no duda en comparar el momento actual con la recesión vivida en los años 70, la de inicios de los ’90 y la gran crisis financiera de 2008.

Desde estas latitudes, también hay críticas contundentes, como la expresada por el economista Dardo Gasparré. Para el analista, el actual consenso para sostener las tasas en niveles cercanos a cero no es, en realidad, una política de Trump, sino una idea anterior, producto del convencimiento de recurrir a la inflación para licuar deudas,

"Al mejor estilo bananero, la solución es una inflación gradual que licue los efectos de los déficits sistémicos, las emisiones con cualquier formato, las burbujas, el populismo y el proteccionismo". Y denuncia que no sólo esa política se mantendrá, sino también la barrera proteccionista frente a la competencia china.

Y, para completar el pronóstico pesimista, pronostica que la debilidad del dólar no sólo será inevitable sino que llevará a un nuevo ciclo de "inflación mundial veloz, que es lo que se estaba buscando".

Consecuencia directa del dólar debilitado, la soja inició una espiral ascendente
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Bien por la soja, mal por el crédito

Pero el mundo de hoy puede ser mucho más confuso de lo esperado. Cuando todos los analistas anticipaban el desplome del dólar… los últimos días mostraron un movimiento inverso. Al punto que el indicador MSCI de las monedas de mercados emergentes, que había terminado 2020 en un máximo de una década, empezó una reversión. Una situación que puso nerviosos a los gobiernos de la región, que no contaban con una súbita depreciación de sus divisas.

No queda todavía claro si se trata de un ajuste temporario o si, efectivamente, es un cambio de tendencia guiado por el legendario "flight to quality", ese extraño fenómeno que hace que cuando los inversores estadounidenses se asustan, vayan corriendo a refugiarse en títulos emitidos por el propio gobierno.

Ahí reside una de las grandes diferencias que todavía se mantienen entre la cultura invesora estadounidense y la argnetina: aquí, ante una crisis, la reacción del ahorrista es huir de todo lo que tenga olor a riesgo sistémico y refugiarse en bienes tales como inmuebles.

Pero lo cierto es que, de momento, el consenso sigue siendo el de una etapa de dólar débil. Muchos ya festejan en grande, como lo demuestra la avalancha de emisiones de deuda soberana y corporativa, que quieren beneficiarse de las tasas bajas.

Desde la República Dominicana, un país cuya economía depende fuertemente del turismo y que fue duramente golpeada por la pandemia, que colocó títulos a 10 años por 3,9%. Hasta firmas argentinas como Mercado Libre, que emitió u$s1.100 millones a un interés de 3,1% a diez años.

Argentina, con sus títulos rindiendo tasas en rango de default, está radiado de la fiesta. Y, de momento, sólo le queda como festejo el boom de los commodities agrícolas, que no es poco.

Hasta hace pocos meses nadie creía que el precio de la soja pudiera llegar a u$s400, y hoy el producto estrella de la exportación nacional supera los u$s520, y hace pensar en un aumento de hasta 40% en ingreso de divisas por exportaciones del campo. Algo bueno desde el punto de vista de la caja del Banco Central, pero con potenciales efectos secundarios en la economía real.

Por otra parte, se esperanzan algunos en el Gobierno, un dólar más débil aliviará en el largo plazo las obligaciones con el FMI.

Es cierto, Argentina no está entre los que más festejan, pero el giro "argentinizador" de Biden deja todavía espacio para pensar en subirse a la ola del dólar barato y posponer los costos de las reformas estructurales.

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