¿Hacia dónde marcha el destino de nuestros datos?

Uno de los debates principales es sobre la protección de los datos personales, sintetizado en incógnitas como dónde se almacenan los datos
Por Bruna Barlaro Rovati (*)
07/12/2021 - 10,36hs
¿Hacia dónde marcha el destino de nuestros datos?

En la década de los ’60 el filósofo Marshall McLuhan visualizó cuáles serían los efectos de la llegada de la era electrónica, anticipando la conformación de una aldea global como resultado de la interacción por medios electrónicos.

Cuando todavía este paradigma parecía inconcebible a los ojos de la mayoría, en su obra La Galaxia Gutenberg escribía: "Una vez que hayamos supeditado nuestros sentidos y sistemas nerviosos a la manipulación privada de quienes intentarán beneficiarse a través de nuestros ojos, oídos e impulsos, no nos quedará ningún derecho". Hoy, en plena revolución digital, sus palabras resuenan más que nunca.

De la mano del desarrollo tecnológico y la expansión del ciberespacio como nuevo entorno de interacción cotidiana, uno de los debates principales es aquel sobre la protección de los datos personales, sintetizado en tres grandes incógnitas: ¿dónde se almacenan los datos? ¿Cómo se utilizan? Y ¿quiénes pueden acceder a ellos?

En la era del big data, donde la información se constituye como uno de los bienes más preciados, el devenir de los datos de los usuarios queda aún con varios cabos sueltos. Al día de hoy, no hay común acuerdo entre sectores públicos y privados sobre un marco de regulación efectiva y universal que pueda permitir un estándar mínimo de reglas.

Existen marcos legislativos nacionales como así también protocolos y directivas en el ámbito de empresas privadas. Sin embargo, la garantía de protección de este tipo de información sigue siendo asunto pendiente. Los hechos recientes vinculados a las empresas Facebook y NSO Group muestran ejemplos claros de esta problemática.

Mark Zuckerberg cambió el nombre de Facebook por Meta.
Mark Zuckerberg cambió el nombre de Facebook por Meta.

Cambio de nombre por reputación

Mark Zuckerberg rebautizó a su empresa con el nombre de Meta, buscando remontar la reputación perdida por los diversos episodios controversiales en torno al manejo de los datos personales, especialmente con el escándalo de Cambridge Analytica en 2019 y la reciente divulgación de los Facebook Papers, donde se mostró la incapacidad de la empresa para proteger a sus usuarios.

Su última jugada consistió en anunciar la eliminación del sistema de reconocimiento facial de Facebook, dadas las discusiones que surgieron sobre la regulación y el uso ético de este tipo de tecnología. Aun así, estos gestos no parecieron ser suficientes para aseverar que Facebook es una plataforma segura y que, contrario al pensamiento de McLuhan, no pretende beneficiarse a costas de la manipulación de los datos de sus usuarios.

En el caso de la empresa israelí NSO Group sucedió algo similar. Su software Pegasus fue creado como una herramienta para agencias de inteligencia gubernamentales orientada como un programa de vigilancia para la lucha contra el crimen y el terrorismo.

No obstante, una investigación de varias organizaciones de medios junto a reconocidas ONG mostró la filtración de una lista de números telefónicos recolectados por el programa que rastreaba a activistas de Derechos Humanos, periodistas de medios como The New York Times, políticos y líderes de países como México, Francia o Irak, e inclusive a CEO de empresas.

NSO Group aseguró que los fines del programa son legítimos y trató de exculparse, pero la repercusión de la investigación puso en jaque la credibilidad de la empresa, a punto tal que la administración de Biden ordenó que se incluya a NSO Group dentro de la "lista negra" del Departamento de Comercio, limitando su acceso a componentes y tecnología estadounidense.

Bruna Barlaro Rovati
Bruna Barlaro Rovati

Aun cuando ha habido diversos casos de sanciones a empresas relacionadas con hechos de este tipo, incluso a nivel transfronterizo, parecería que las cuantiosas multas impuestas resultan insuficientes como mecanismo disuasivo en pos de una mejor protección de la información de los ciudadanos.

Más aun, la estrepitosa velocidad de los cambios tecnológicos se suele imponer por sobre los procesos de regulación de estas actividades, principalmente en Estados democráticos, que exigen consensos por lo general difíciles de alcanzar.  La batalla todavía no está perdida, pero el desafío no es fácil. ¿Estaremos a tiempo de revertir el presagio de McLuhan?

(*) Docente de la licenciatura en gobierno y relaciones internacionales de la UADE.

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