"El secreto de Luigi Bosca fue defender la identidad y nunca obsesionarnos con las modas"

Alberto Arizu, director comercial de la compañía, trazó un balance de los 110 años de vida de una de las más tradicionales bodegas argentinas
Por Juan Diego Wasilevsky
ACTUALIDAD - 05 de Septiembre, 2011

Es una de las bodegas más tradicionales de la Argentina y la más reconocida en el negocio de los vinos de alta gama.

Su historia comenzó hace 110 años, producto de inmigrantes europeos que encontraron en Mendoza el terroir ideal para llevar adelante un pequeño proyecto vitivinícola.

Hoy, luego de cuatro generaciones, la marca es un referente ineludible de la sofisticación y una garantía casi asegurada de buenos vinos. Y, lo más importante, sobrevivió a las sucesivas crisis que atravesó el negocio en la Argentina y que supo devorarse a cientas de bodegas en el camino.

Intentar transformar un proyecto familiar en una empresa vitivinícola con altos estándares a nivel internacional no fue un camino fácil. En este contexto, Alberto Arizu, director comercial de Luigi Bosca, trazó un balance de la historia de la bodega, haciendo foco, principalmente, en los últimos 20 años, cuando comenzó a imprimirle su sello personal a la compañía.

-Luigi Bosca transitó un camino largo y sinuoso hasta posicionarse como referente de los vinos argentinos. ¿Cuál fue el desafío más importante que tuviste que llevar adelante y del cual realmente hoy te sentís satisfecho? -Tuve y tuvimos cientos de desafíos. Enfocándome en mis 20 años en la empresa, un punto clave fue haber pasado de ser una empresa vitivinícola familiar -como muchas de las tradicionales que había en el país-, ocupándonos sólo del mercado doméstico, a ser una compañía con una dinámica propia que ayudó a gestar el cambio cultural en cuanto al consumo de vino en la Argentina. Esto significó convertir a la bodega en un importante jugador, no ya a nivel nacional, sino global, ya que hoy estamos presentes en más de 50 mercados alrededor del mundo. Hubo que hacer muchos ajustes en el camino, hubo que cambiar culturalmente nuestra propia cabeza. Y ese fue un fantástico desafío.

-Tu llegada no habrá sido fácil. Cambiar lo que hasta ese entonces funcionaba bien e imprimirle un sello más globalizado seguro generó roces... -Yo empecé en el año 1992. Venía de estudiar en Estados Unidos, de ver de cerca la experiencia de ese país en el negocio vitivinícola. Llegué con la cabeza abierta. Y más que problemático, diría que fue un lindo desafío intercambiar ideas con mi familia, empezar a hablar de dejar de ser exportadores pasivos, o sea, que sólo vendíamos al exterior cuando nos venían a buscar, a ser un exportador activo, desarrollar una estrategia específica para imponer una marca a nivel internacional.-De algún modo peleaste contra molinos de viento....-Hay que situarse en esos años, principios de los años ´90. No había estímulos para exportar, no había nada que nos incentivara a salir al mundo. Y sin embargo, tenía y teníamos el convencimiento de que la llave para crecer estaba puertas afuera. El clic nuestro y el de toda la industria fue entender eso: que el mundo era el viejo objetivo que había que conquistar.

-En ese momento estaba todo por hacer. La imagen de marca país directamente no existía en el negocio del vino. ¿Qué tan duro fue esto? -Me tocó convivir con los importadores que preguntaban ´pero cómo, ¿la Argentina hace vinos?´. O escuchar que no sabían lo que era el Malbec. Nadie tenía idea de cuál era la diferencia entre la Argentina y Chile. Fuimos batallando y derribando muchas paredes y hoy estamos en el mejor de los mundos. Y un símbolo de este logro es que hoy el Malbec es mundialmente reconocido. Esto nos estimula y nos enorgullece.

-¿Cuál fue el secreto que les garantizó seguir creciendo y sobrepasar el síndrome de las empresas familiares? -Hemos tenido muy claro desde siempre que esta es una empresa y que hay que manejarla con el mayor grado de profesionalismo y eficiencia posible. Las exigencias fueron iguales para todos, sean miembros de la familia o no. Además, siempre tratamos de tener equipos muy preparados para la toma de decisiones. Por otra parte, lo más importante fue que entendimos cuál era nuestro objetivo.

-Nunca se tentaron con una rentabilidad a cualquier precio...-Exacto. Nunca nos vimos tentados de hacer cosas que no estuvieran en línea con nuestra cultura empresaria. Siempre vimos cuál era nuestra fortaleza: elaborar vinos de calidad; contar con suficiente extensión agrícola que aportara casi el 100% de las uvas; entender que aún habiendo momentos donde generar una marca masiva o elaborar vinos más baratos podía ser una ventaja, esto nos iba a apartar de nuestro rumbo...

-¿El mayor valor entonces para ustedes es la identidad? -Absolutamente. Le pusimos foco a nuestras marcas y si bien nos fuimos aggiornando, nuestro secreto fue defender siempre la identidad y nunca obsesionarnos con las tendencias ni con las modas. Somos gente que sabemos de la industria, tenemos una experiencia de 110 años y esto se refleja en cada vino. Cada una de nuestras botellas es sinónimo de absoluta identidad, es el fiel reflejo de nuestra cultura. Nuestro lema siempre fue elaborar y vender el mismo vino y con la misma etiqueta ya sea en Buenos Aires, Hong Kong o Nueva York. Si hay algo que quedó claro es que si un vino es bueno, se vende acá o en cualquier parte del mundo. Nosotros entonces teníamos un vino que era fantástico y sabíamos que podíamos salir a conquistar mercados.

vinosybodegas@iprofesional.com

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