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El día que el fundador de cerveza Bieckert se enojó con la Aduana y llenó Buenos Aires de gorriones

El día que el fundador de cerveza Bieckert se enojó con la Aduana y llenó Buenos Aires de gorriones
La historia de esta marca de cerveza data del siglo XIX. Su fundador fue un pionero y hasta creó un patio cervecero, que derivó en una increíble anécdota
Por Daniel Balmaceda
02.10.2021 08.09hs Actualidad

Durante la segunda mitad del siglo XIX, las cervecerías comenzaron a expandirse por nuestro país como la espuma cuando excede al porrón. Crecían al ritmo de las oleadas migratorias. La falta de hielo, con su consecuente dificultad para el traslado, fomentaba la pequeña producción regional.

Es en ese contexto que desembarcó en Buenos Aires Emilio Bieckert, gringo de ojos azules como tantos, con ambición de perpetuarse como pocos. Descendiente de una familia cervecera de Barr, en el alto Rhin, localidad cercana a Estrasburgo (Alsacia), abandonó la casa paterna a los dieciséis años sin ningún tipo de ayuda económica y con sus ganas de trabajar como único capital.

Su deseo de progreso se puso de manifiesto al levar anclas. Se desempeñó como mozo de a bordo el tiempo que duró su viaje en barco. Apenas puso un pie en la Buenos Aires convulsionada de 1855, enfrentada a la Confederación Argentina, se identificó ante las autoridades aduaneras como cervecero, oficio que de inmediato le abrió las puertas del establecimiento "Santa Rosa", dirigido por Juan Buehler.

El primer proyecto propio

Emilio aprendía rápido y le llevó poco tiempo dar forma a lo que serían los años por venir. El 15 de febrero de 1860 comenzó a poner a prueba los conocimientos heredados para encarar el primer proyecto propio. La fábrica era modesta, pero eficiente. Dos hombres se dividían la faena: un peón y Emilio, ambos instalados en un patio al fondo de una casa de la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre) y Azcuénaga, en el barrio de Balvanera.

Bieckert estaba al tanto de todas las innovaciones de la industria cervecera

Para elaborar la primera malta empleó una tetera de cobre. Sólo contaba con dos pipas, imprescindibles para que pudiera fermentar el líquido que se iba desprendiendo de la maceración de la cebada. Su producto final era liviano, color oro, burbujeante, en contraste con las bebidas que venía consumiendo el porteño: desde la llamada cerveza espesa y agria, hasta las sangrías (agua y vino, más azúcar que enmascaraba) y vinagradas (agua, vinagre y azúcar).

Un año más tarde se mudó a un local acorde a la demanda, en Salta y Rivadavia. En paralelo, se aventuraba en nuevos desafíos que irían a repercutir en la calidad de vida de todos: fue quien instaló la primera fábrica de hielo del país (hasta entonces venía en barcos especiales y se almacenaba en el subsuelo del Teatro Colón, que estaba en Plaza de Mayo).

En 1866 compró un terreno de grandes dimensiones en Retiro a la familia Riglos. Pagó una fortuna: veinte mil libras esterlinas. Vendió una fracción a José Manuel de Estrada y conservó un terreno irregular cuya superficie supera al de una manzana y media. Se trataba de un triángulo formado por las calles Esmeralda, Juncal y Paseo de Julio (Libertador) enfrente de la actual estación Retiro. En el momento de la compra, ya se había establecido el trazado del ferrocarril al norte.

Allí montó una fábrica modelo, que se alzó como estandarte del progreso industrial de la época y donde funcionaban dos motores que mecanizaban la tarea. El conjunto comenzó a producir en 1869. En el mismo terreno estaba la gran casona familiar —rodeada de araucarias— y las casitas de los obreros.

El marcado declive de la barranca sobre la cual se encontraba, le permitió, además, contar con dos enormes sótanos que contenían espacio para 160 barriles cada uno. Allí estacionaba cerveza por días, semanas o meses.

Bieckert estaba al tanto de todas las innovaciones de la industria cervecera y cada cuatro años viajaba a Europa para recorrer las instalaciones de sus pares. La suya también era polo de atracción para los visitantes, que la descubrían mucho antes de desembarcar porque la gran chimenea la convertía en referente de los navegantes. Era habitual que Emilio llevara a sus conocidos —por ejemplo al ministro del Interior Dalmacio Vélez Sarsfield— de paseo al sector de embotellamiento y luego, escaleras abajo, a los sótanos donde solo la luz de lámpara que portaba ofrecía un corte a la oscuridad. Las barricas eran de roble alsaciano, mientras que las botellas de vidrio se fabricaban en Buenos Aires y las de gres eran importadas de Port Dundas, en las afueras de Glasgow, Escocia. Los corchos llegaban desde Barcelona.

El jardín cervecero y la historia de los gorriones

Un afiche antiguo con la imagen de la cervecería en Retiro

Entre la fábrica —con entrada sobre Juncal— y las casas, se ocupó la mitad de la superficie. El resto lo convirtió en un jardín cervecero que se inauguró el domingo 30 de agosto de 1874. Contaba con espacio para mil comensales que podían degustar todas las variedades de cervezas que ofrecía la firma. El propio empresario se encargó de que el jardín se poblara de pinos, palmeras y otros árboles. También construyó un recinto más fresco para los días de verano, más una glorieta para conciertos que ejecutaba una banda musical los domingos y feriados. Tampoco faltaba un espacio para los más pequeños, una suerte de pelotero de hace ciento cincuenta años.

Desde el elevado jardín, la vista permitía recorrer el puerto (en la zona de Retiro se agrupaban las embarcaciones) y la costa con arboleda de Palermo.

Fue en el transcurso de su proyecto que trajo trece jaulas con gorriones y los soltó en la Aduana porque le reclamaban pagar una tasa de importación. Por ese motivo, los gorriones se adueñaron de la ciudad, más que de la parcela de Retiro.

Cuando inauguró el jardín era un empresario de prestigio, con 38 vigorosos años. Todos los días se levantaba a las cuatro de la mañana y a las seis comenzaba la jornada fabril por espacio de doce horas. Fueron dos décadas de incesante trabajo en las que la empresa se nutrió de seiscientos empleados que producían un promedio de 42.000 litros por jornada.

Bieckert había logrado premios y el reconocimiento de su producto incluso en su patria, ya que en Alemania la compararían con la Pilsen. Además, fue quien introdujo los caballos percherones para tirar de los carros de cerveza. Y quien construyó el exquisito Teatro Odeón de Buenos Aires.

Luego de treinta años de crecimiento cervecero, regresó a Francia y se radicó junto con su mujer en Niza. La empresa quedó en manos de un directorio, entre quienes figuraba el futuro presidente Carlos Pellegrini.

Emilio Bieckert murió en el año 1913, a los 76 años, tras una reconfortante secuencia de éxitos comerciales y sueños cumplidos.

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