La obsesión de los ricos de vivir más de 120 años, ¿ciencia o delirio?: la visión de un médico argentino
El mes pasado, Elon Musk declaró en el Foro Económico Mundial de Davos que "el envejecimiento humano es un problema muy fácil de resolver". La frase no sorprendió demasiado a quienes siguen de cerca a la élite tecnológica global. Desde hace años, los nombres más conocidos de Silicon Valley —Jeff Bezos, Peter Thiel, Sam Altman, Bryan Johnson— están apostando fortunas a la idea de que la muerte, o al menos la vejez, puede negociarse.
Sam Altman, el CEO de OpenAI, habría destinado u$s180 millones a Retro Biosciences, una startup dedicada a extender la esperanza de vida saludable hasta en una década. Bezos es inversor en Altos Labs, una empresa de biotecnología enfocada en el rejuvenecimiento celular. Peter Thiel llegó más lejos y se inscribió en la Alcor Life Extension Foundation, una organización dedicada a la criónica, es decir, la congelación de cuerpos humanos al morir para preservarlos indefinidamente. El movimiento de la longevidad ya no es ciencia ficción. Pero tampoco es, según los expertos, tan simple como Musk sugiere.
Fernando Felice, cirujano plástico (NM 108.614) y docente de la Universidad de Buenos Aires, sigue este fenómeno con atención profesional y mirada crítica. Para él, hay algo genuinamente valioso en esta tendencia —y también algo que merece ser cuestionado. "Han logrado instalar un concepto clave en la medicina moderna, que es el 'healthspan': vivir más años, pero con calidad", señala Felice. Gracias a estas inversiones millonarias, hoy se habla con más seriedad de prevención, biomarcadores tempranos, medicina personalizada y de la relación entre metabolismo, inflamación y envejecimiento. También se impulsó investigación real en áreas como la senescencia celular, la autofagia y la función mitocondrial, disciplinas que hasta hace poco eran territorio casi exclusivo de laboratorios académicos con presupuestos acotados. Eso tiene un impacto concreto en la ciencia disponible para todos.
Pero Felice también identifica una distorsión en el centro de este movimiento. "El problema no es la búsqueda de longevidad en sí, sino la distorsión del objetivo", advierte. "En muchos casos, algunos millonarios están transformando la longevidad en una obsesión tecnocrática, reduciendo la vida a métricas, biomarcadores y control absoluto". Según el especialista, esto acarrea dos riesgos. Por un lado, una deshumanización del proceso de vivir —más años, pero desconectados del propósito, del disfrute y del vínculo humano—; por el otro, la ilusión de un control total sobre la biología, que es científicamente inexacto. "La biología no es una ecuación perfecta", remarca. A eso se suma una dimensión ética que no puede ignorarse: si la longevidad extrema depende de tecnología costosa, ¿quién tendrá acceso? La brecha entre quienes pueden pagar por vivir más y quienes no podría ensancharse de manera sin precedentes.
Envejecer sin millones: lo que la ciencia ya sabe
Mientras los multimillonarios financian investigaciones de vanguardia, el otro gran interrogante que plantea este fenómeno es ¿qué puede hacer el resto? La respuesta del Felice es optimista "bastante más de lo que se cree, y sin necesidad de una fortuna".
"No necesitamos vivir como millonarios para envejecer bien; necesitamos vivir con coherencia biológica", sintetiza el especialista. Y detalla los pilares que, según la evidencia científica actual, tienen mayor impacto en la longevidad saludable. El primero es el músculo: "Es un órgano endocrino clave", explica Felice, quien recomienda entrenamiento de fuerza de dos a cuatro veces por semana. El segundo es la capacidad aeróbica, medida a través del VOâ máximo, que figura como uno de los predictores más sólidos de longevidad en la literatura médica. El sueño profundo y regular ocupa un lugar central: regula hormonas, controla la inflamación y permite la reparación celular. A eso se suma una nutrición antiinflamatoria, con control de la insulina y adecuada ingesta de proteínas.
Pero Felice también apunta a factores que suelen quedar fuera de los rankings de biohacking: la gestión del estrés —"el cortisol crónicamente elevado acelera el envejecimiento"— y, sobre todo, los vínculos sociales. "Es uno de los factores más subestimados en longevidad", afirma. La evidencia en ese sentido es robusta y consistente desde hace décadas.
El médico también advierte sobre el reverso oscuro de la cultura de la eterna juventud que impulsa, en parte, este movimiento. "El envejecimiento no es una enfermedad, es un proceso natural. Intentar negarlo genera ansiedad crónica, frustración y distorsión de la autoimagen", señala. Es la misma lógica que antes llevaba a rostros sobretratados estéticamente y que ahora lleva a protocolos de bienestar extremos. "El verdadero riesgo no es querer verse bien, sino no aceptar ninguna transición del tiempo", concluye Felice. La logenvidad, en definitiva, no es lo mismo que vivir mejor. Y esa distinción, por ahora, no tiene precio de mercado ni startup que la resuelva.