Empresa química BASF lanza en Argentina una soja que tolera 4 venenos distintos y vuelve la polémica por el glifosato
Argentina acaba de dar luz verde a una nueva generación de soja transgénica diseñada para resistir cuatro grupos diferentes de herbicidas. La decisión del Gobierno fue presentada como una autorización comercial sustentada en evaluaciones de bioseguridad, inocuidad alimentaria y conveniencia productiva.
Pero detrás de la compleja denominación técnica del evento aprobado se esconde una discusión mucho más amplia. Una discusión que excede a una semilla, a una empresa y hasta al propio cultivo de soja, informa el periodista Andrés Sanguinetti en el portal EconomiaSustentable.com.
El interrogante central es si la respuesta a las malezas que ya no mueren con glifosato consiste en sumar nuevas tolerancias genéticas y ampliar el menú de agroquímicos, o si el propio modelo está entrando en una carrera tecnológica que exige cada vez más productos para sostener su eficacia.
La Resolución 113/2026 fue publicada el pasado 16 de julio en el Boletín Oficial. La firmó la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca.
La norma autorizó a BASF Agricultural Solutions Argentina a comercializar para todo uso el evento acumulado de soja BCS-GM151-6 x DAS-81419-2 x DAS-444Ø6-6. Un nombre que resume años de investigación biotecnológica.
La habilitación comprende la semilla, sus productos y subproductos. También la progenie derivada de sus cruzamientos con soja no modificada genéticamente. Y su utilización con fines agrícolas, industriales, alimentarios y comerciales.
La Resolución 113/2026 se apoya exclusivamente en los criterios establecidos por la normativa argentina para autorizar organismos genéticamente modificados. Analiza la bioseguridad del evento, su inocuidad alimentaria y su impacto sobre la producción y el comercio.
Pero no evalúa cómo evolucionará el patrón de utilización de herbicidas una vez que la tecnología llegue masivamente a los campos. Tampoco modifica las normas provinciales o municipales que regulan las aplicaciones terrestres o aéreas.
La autorización habilita una nueva herramienta tecnológica, advierte EconomiaSustentable.com. Pero el modo en que esa herramienta será utilizada dependerá de decisiones productivas, controles estatales y prácticas agronómicas que exceden el alcance de esta resolución.
Ese punto probablemente sea el más importante. Porque el verdadero impacto ambiental de una tecnología no depende únicamente de la genética de una semilla. También está determinado por la forma en que millones de hectáreas terminan utilizándola campaña tras campaña.
Qué herbicidas tolera esta nueva soja y por qué preocupa
La soja aprobada fue desarrollada para tolerar herbicidas inhibidores de la enzima HPPD, glifosato, glufosinato de amonio y 2,4-D. A la vez, incorpora protección contra el nematodo del quiste de la soja y frente a determinadas especies de insectos lepidópteros.
En términos productivos, la acumulación permite reunir en una sola semilla distintas herramientas para enfrentar algunos de los principales problemas del cultivo. En términos ambientales, coloca otra vez bajo la lupa la expansión de tecnologías diseñadas para convivir con aplicaciones múltiples de productos químicos.
La Resolución 113/2026 deja en claro cuál es el camino que el Gobierno pretende seguir en materia de bioeconomía. La autorización comercial otorgada a BASF confirma que la política oficial apuesta por acelerar la incorporación de nuevas tecnologías agrícolas.
Siempre que superen las evaluaciones de bioseguridad, inocuidad alimentaria e impacto comercial previstas por la normativa.
Ese enfoque busca preservar la competitividad de uno de los complejos exportadores más importantes del país. Un complejo que opera en un contexto de creciente competencia internacional.
Brasil, Estados Unidos y otros grandes productores avanzan cada año con nuevos eventos biotecnológicos. Con variedades adaptadas al cambio climático. Y con desarrollos destinados a mejorar rendimientos y reducir pérdidas.
Argentina no quiere quedar rezagada. Aunque esa estrategia también enfrenta un desafío cada vez más complejo, asegura EconomiaSustentable.com.
La sustentabilidad ya no se mide únicamente por la productividad o el ingreso de divisas. Los mercados internacionales, los consumidores y buena parte de los inversores comienzan a exigir información sobre huella de carbono, conservación de biodiversidad, trazabilidad, uso responsable de agroquímicos y protección de los recursos naturales.
Producir más ya no alcanza. También será necesario demostrar cómo se produce.
De la primera soja transgénica a las variedades que toleran cuatro venenos
El primer artículo de la resolución define el alcance de la autorización. Y constituye, al mismo tiempo, el núcleo de la controversia.
El Gobierno habilitó la comercialización de una soja que "expresa tolerancia a herbicidas inhibidores de la enzima HPPD, glifosato, glufosinato de amonio y 2,4-D". Y que, además, "brinda protección frente al ataque del nematodo del quiste de la soja y a ciertos insectos lepidópteros".
La frase técnica resume el cambio que atravesó el negocio de la biotecnología agrícola durante las últimas décadas. Las primeras generaciones de soja modificada genéticamente se apoyaron fundamentalmente en la tolerancia al glifosato.
Esa tecnología simplificó el control de malezas. Favoreció la expansión de la siembra directa. Y redujo la necesidad de realizar tareas mecánicas sobre el suelo.
Pero el uso repetido del mismo principio activo generó una fuerte presión de selección. Algunas malezas sobrevivieron, se reprodujeron y comenzaron a expandirse sobre zonas productivas cada vez más amplias.
Según EconomiaSustentable.com, los expertos explican que el problema no implica que una planta se vuelva resistente después de recibir una aplicación. Ese poder se desarrolla a escala poblacional. Ejemplares con características que les permiten sobrevivir transmiten esa capacidad y terminan desplazando a los más sensibles.
Con el paso del tiempo, el glifosato perdió eficacia sobre distintas especies. Y los productores comenzaron a combinarlo con otros productos.
La proliferación de malezas resistentes en los campos argentinos impulsó a la industria a combinar distintas tolerancias en una misma variedad. La industria respondió desarrollando eventos acumulados o "apilados".
Estos eventos incorporan distintas características genéticas en una misma semilla. El objetivo: permitir que el cultivo sobreviva a varias alternativas químicas y ampliar así las opciones de control.
La soja de BASF ya no marca sólo una planta tolerante al herbicida que simbolizó la transformación agrícola de los años noventa. Representa una plataforma genética preparada para atravesar tratamientos con cuatro mecanismos o principios activos diferentes.
Para las compañías, esa versatilidad constituye una herramienta frente al avance de malezas difíciles. Para sus críticos, es la evidencia de un sistema que intenta resolver con nuevas moléculas y nuevas modificaciones genéticas los problemas generados por la utilización intensiva y repetida de las tecnologías anteriores.
Qué dijeron los organismos oficiales sobre la seguridad de esta soja
En el medio de ambas posturas, el Gobierno avaló la bioseguridad. Pero introdujo una advertencia que merece atención.
La autorización no surgió de una única evaluación. Según la resolución, el expediente atravesó el análisis de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (Conabia), del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), de las áreas de mercados de Agricultura y de la Dirección Nacional de Bioeconomía.
Conabia concluyó que la acumulación de eventos no presenta riesgos nuevos o incrementados en comparación con otras sojas disponibles comercialmente.
El documento incorporado a la norma sostiene que "esta soja GM no presenta nuevos riesgos o riesgos incrementados respecto del cultivo de otras sojas". Y afirma que su liberación al agroecosistema es "tan segura como la de cualquier soja comercial".
Sin embargo, el propio dictamen agregó una aclaración que resulta central para analizar la decisión desde una perspectiva ambiental.
La conclusión favorable sobre bioseguridad fue formulada "sin perjuicio del cumplimiento de normativas y del buen manejo de la tecnología para la prevención de resistencia en las malezas blanco de los herbicidas vinculados a la tolerancia conferida".
Ese párrafo reconoce que la seguridad del evento genético y la sustentabilidad de su utilización no son exactamente el mismo asunto. Una semilla puede superar la evaluación de bioseguridad y no presentar riesgos adicionales por su modificación genética.
Pero el modo en que se empleen los herbicidas asociados condicionará sus efectos reales sobre el ambiente. La frecuencia de las aplicaciones, las dosis, las combinaciones y las prácticas agronómicas serán determinantes.
La norma oficial no niega el problema de las resistencias. Por el contrario, lo incorpora como una condición que deberá ser gestionada.
La diferencia está en quién asume esa tarea. Cómo será controlada. Y qué ocurrirá si el uso de la tecnología reproduce el mismo proceso que obligó a abandonar la dependencia casi exclusiva del glifosato.
La soja aprobada es apta para consumo humano y animal
El segundo eje evaluado por las autoridades nacionales fue la inocuidad alimentaria. Punto en el cual el Senasa concluyó que la soja portadora de los eventos acumulados, sus combinaciones intermedias y los cruzamientos con variedades convencionales es "tan segura y no menos nutritiva que su contraparte convencional y otras variedades comerciales".
En consecuencia, el organismo la consideró apta para consumo humano y animal. Esa conclusión partió de una evaluación realizada bajo criterios científicos y lineamientos internacionalmente aceptados. Entre ellos, las directrices del Codex Alimentarius para alimentos obtenidos de plantas con ADN recombinante.
Este punto permite separar dos discusiones que con frecuencia aparecen mezcladas. La seguridad alimentaria del cultivo genéticamente modificado y el impacto ambiental y sanitario de los herbicidas que se aplican durante su producción.
La resolución sostiene que la composición y las características de la soja aprobada no presentan diferencias que la vuelvan menos segura o nutritiva que una variedad convencional.
Pero la conclusión no resuelve por sí sola el debate sobre la exposición a agroquímicos. Esa exposición deriva de aplicaciones, contaminación de cursos de agua, afectación de organismos no objetivo o posibles impactos sobre poblaciones ubicadas cerca de áreas agrícolas.
Cuánto pesa la soja en la economía argentina
La decisión del gobierno nacional que favorece a BASF llega en un momento de fuerte peso económico de la soja para Argentina.
Durante la campaña 2025/2026, la producción nacional superó los 49 millones de toneladas. Dentro de una cosecha total de granos que alcanzó niveles récord por encima de los 163 millones de toneladas, según cifras oficiales.
Los datos muestran cómo la soja y sus derivados conforman uno de los pilares del comercio exterior. Un país que exporta poroto, harina, aceite, pellets, biodiésel y otros subproductos a decenas de destinos.
En los últimos años, China, Vietnam e India se ubicaron entre los principales compradores por volumen. Mientras tanto, el complejo industrial del Gran Rosario consolidó a Argentina como uno de los actores más importantes del procesamiento mundial de oleaginosas.
En 2025, las exportaciones agroindustriales argentinas alcanzaron un récord de 115,41 millones de toneladas y generaron ingresos por u$s52.337 M. El volumen creció 12% y el valor 9% frente al año anterior, de acuerdo con datos difundidos por la propia Secretaría de Agricultura.
En ese contexto, la autorización otorgada a BASF tiene una doble dimensión. Por un lado, permite ampliar la oferta tecnológica para una producción que genera divisas, actividad industrial, empleo y recaudación.
Por otro, abre una nueva oportunidad comercial para BASF dentro de un mercado en el que la venta de semillas, eventos biotecnológicos, licencias, tratamientos y productos fitosanitarios forma parte de un mismo ecosistema de negocios.
Alrededor del nuevo producto, BASF tiene la posibilidad de generar un paquete de negocios completo. Herbicidas, insecticidas, fungicidas, inoculantes, tratamientos profesionales, asesoramiento técnico, sistemas digitales y mecanismos de captura de valor por propiedad intelectual.
La autorización que logró la empresa no es únicamente una decisión científica o regulatoria. También es una decisión económica que fortalece la posición de una multinacional en uno de los mercados de soja más relevantes del planeta.
Qué tiene que hacer BASF antes de lanzar las semillas al mercado
La habilitación comercial no significa que las nuevas variedades puedan ingresar de inmediato y sin condiciones al mercado.
Antes de inscribirlas en el Registro Nacional de Cultivares del Instituto Nacional de Semillas, BASF deberá presentar un Plan de Manejo de Resistencia de Insectos. Ese documento tendrá que ser evaluado favorablemente por la Coordinación de Innovación y Biotecnología y por Conabia.
La exigencia busca evitar que el uso extensivo de la tecnología termine reduciendo su eficacia. Cuando un cultivo incorpora una protección específica contra insectos, la presión de selección puede favorecer la supervivencia de individuos resistentes.
Si no se aplican medidas de manejo, como refugios y rotaciones adecuadas, el problema puede expandirse y volver ineficiente la herramienta.
Por eso, la resolución también obliga a BASF a informar de manera inmediata cualquier nueva evidencia científico-técnica que pudiera modificar las conclusiones utilizadas para aprobar el evento.
El glifosato vuelve al centro del debate público
La presencia del glifosato entre las cuatro tolerancias autorizadas reactiva un debate que atraviesa a la agricultura mundial desde hace años.
El producto comenzó a utilizarse comercialmente en la década de 1970. Se convirtió en uno de los herbicidas más empleados del planeta. La expansión de los cultivos transgénicos tolerantes multiplicó su utilización en países como Argentina, Brasil y Estados Unidos.
Para el sector productivo, fue una herramienta decisiva. Permitió controlar un amplio espectro de malezas con un producto de aplicación relativamente simple. Y facilitó el avance de la siembra directa, una práctica que reduce la remoción del suelo, limita la erosión y ayuda a conservar humedad.
Para las organizaciones ambientales y comunidades rurales, en cambio, la masificación del glifosato quedó asociada a un aumento de las fumigaciones. A conflictos por aplicaciones cerca de viviendas y escuelas. A contaminación. Y a posibles impactos sobre la salud.
La discusión científica tampoco está cerrada. En 2015, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud, clasificó al glifosato como "probablemente carcinogénico para los seres humanos", dentro del Grupo 2A.
La categoría identifica un peligro potencial. Y no determina por sí sola el riesgo concreto derivado de cada forma de exposición.
Otros organismos regulatorios aplicaron metodologías distintas y llegaron a conclusiones menos restrictivas. La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos mantiene al glifosato registrado y lo somete a revisiones periódicas.
Distintos reguladores internacionales sostienen que, utilizado bajo las condiciones autorizadas, no presenta un riesgo carcinogénico inaceptable.
En Argentina, donde la soja ocupa millones de hectáreas y las zonas agrícolas conviven con pueblos, escuelas rurales y cursos de agua, el debate no puede reducirse a una clasificación toxicológica.
También involucra la forma de aplicación, la fiscalización, las distancias de resguardo, las condiciones climáticas, la calidad de los equipos, la capacitación de los aplicadores y la capacidad del Estado para controlar el cumplimiento de las reglas.
Por qué esta soja refuerza la estrategia global de BASF
La nueva soja de BASF agrega un elemento adicional a esa discusión. El glifosato ya no aparece solo. Forma parte de una combinación que incluye 2,4-D, glufosinato e inhibidores de HPPD.
Es una señal de que el sistema productivo necesita multiplicar las herramientas químicas para enfrentar las consecuencias de la resistencia. Con la promesa de mayor flexibilidad.
La pregunta que se hacen los expertos es cuánto tiempo podrá sostenerse este modelo antes de que la naturaleza vuelva a responder, en el marco de un negocio que mueve miles de millones de dólares.
La autorización comercial de la nueva soja no sólo representa una decisión regulatoria. También fortalece la estrategia de BASF en uno de los mercados agrícolas más competitivos del mundo.
Aunque el público suele asociarla con la industria química, la multinacional alemana lleva años transformando su negocio agropecuario para competir de igual a igual con gigantes como Bayer, Corteva y Syngenta.
Con presencia en más de 90 países y ventas globales que superaron los €68.000 M en 2025, BASF mantiene una de las mayores divisiones de soluciones para la agricultura del mundo.
Esa unidad desarrolla herbicidas, fungicidas, insecticidas, tratamientos de semillas, herramientas digitales y eventos biotecnológicos orientados a mejorar los rindes y enfrentar el impacto del cambio climático y las nuevas plagas.
El salto más importante llegó en 2018, cuando adquirió una parte significativa del negocio agrícola de Bayer. Operación derivada de la compra de Monsanto.
La transacción le permitió incorporar programas de mejoramiento genético, bancos de germoplasma, plataformas de investigación y marcas comerciales que hasta entonces no formaban parte de su portafolio.
La aprobación del evento acumulado publicada por el Gobierno encaja precisamente en esa estrategia. Ofrecer un paquete tecnológico completo que incluye genética, herbicidas, tratamientos profesionales, plataformas digitales para manejo agronómico y asesoramiento técnico durante toda la campaña.
Detrás de una autorización como la otorgada a BASF también se refleja otro fenómeno que preocupa incluso dentro del propio sector agrícola. Cada nueva generación de semillas incorpora más características genéticas que la anterior.
Y el interrogante sobre la sustentabilidad del modelo sigue completamente abierto.