Acuerdo Mercosur-UE y la guerra del agro: por qué celebra el campo argentino pero hay alerta total en Europa
El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea no es solo un tratado comercial largamente demorado. Es, ante todo, una pieza política en un tablero global que cambió de forma acelerada en los últimos años. Su sola existencia refleja tensiones internas, ganadores y perdedores potenciales, y una nueva lógica de alianzas en un escenario marcado por guerras comerciales, conflictos geopolíticos y debilitamiento del multilateralismo.
Para Argentina y los países del Mercosur y en particular para sus sectores agroindustriales el acuerdo aparece como una oportunidad estratégica largamente esperada. Para buena parte de Europa, en cambio, representa una concesión incómoda, especialmente en aquellos países donde la producción agrícola tiene fuerte peso político y simbólico.
Las negociaciones entre ambos bloques comenzaron hace más de 25 años, en un contexto internacional muy diferente al actual. Desde entonces, el comercio global se volvió más inestable, crecieron las tensiones entre Estados Unidos y China, se fragmentaron las cadenas de valor y reaparecieron políticas proteccionistas incluso en economías desarrolladas.
En ese escenario, el acuerdo Mercosur–UE funciona como una señal política, donde dos bloques relevantes deciden apostar, aun con dificultades, por reglas compartidas y mayor integración. No es casual que el tratado haya avanzado en paralelo a una creciente incertidumbre global. Para Europa, representa una forma de recuperar protagonismo comercial en un mundo donde su peso relativo viene en declive.
Por qué al agro sudamericano le conviene
Desde la perspectiva del Mercosur, el acuerdo encaja de manera casi natural con su estructura productiva. La región es altamente competitiva en la producción de alimentos y materias primas agroindustriales, precisamente los sectores donde la Unión Europea enfrenta mayores costos y restricciones.
El tratado mejora el acceso a uno de los mercados más grandes y ricos del mundo, con reglas claras y previsibles. Para los productores sudamericanos, eso implica no solo vender más, sino reducir la incertidumbre que históricamente caracterizó el vínculo con Europa, marcado por barreras sanitarias, ambientales o administrativas cambiantes.
Además, el acuerdo consolida condiciones que resultan clave para países con alta volatilidad interna. La fijación de cronogramas, topes y procedimientos limita el margen de maniobra para decisiones discrecionales y aporta previsibilidad, algo especialmente valorado por las cadenas agroindustriales, como por el ejemplo los derechos de exportación (retenciones).
Luego de conocerse el proceso de votación que dejó al acuerdo a un paso de su concreción, diferentes voces del sector agropecuario manifestaron sus posturas. Coninagro, que representa a las cooperativas de todo el país, celebró en redes sociales: "Este es un primer paso importante, le dará al campo argentino mayor potencial y un desarrollo a futuro con previsibilidad. El acuerdo no es solo un tratado comercial, es un puente de oportunidades para que la producción agropecuaria y agroindustrial argentina, demuestren su capacidad de competir en las ligas mayores de la calidad alimentaria".
A su vez, los cooperativistas puntualizaron: "Para las economías regionales, esto representa una ventana histórica. Poder colocar nuestras carnes, cítricos y vinos en góndolas europeas con mejores condiciones arancelarias; es sinónimo de más trabajo y arraigo en el interior de Argentina".
En esa misma línea, Maximiliano Díaz, socio de Endógena Consultora, señaló que "el acuerdo UE-Mercosur no se limita a los granos; también abre un abanico de oportunidades para una amplia gama de productos de la canasta exportadora argentina y de economías regionales, tales como arroz, miel y ajo, entre otros productos".
Un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario detalló cuánto terreno hay para crecer en la UE. En los primeros diez meses del 2025, la Argentina destinó el 9,8% de sus exportaciones a los 27 países que hoy conforman la Unión Europea (UE). "Esta participación representa el menor peso de la UE en exportaciones argentinas en al menos 35 años. Asimismo, de enero a octubre de ese año, el 13,7% de las importaciones traídas al país se originaron en países del bloque europeo. Esto representó la segunda participación más baja en tres décadas y media, solo con el 2022 marcando una peor participación que lo que va del 2025", señalaron.
El documento agrega que el 85% de las exportaciones argentinas a la UE son productos de las cadenas agroindustriales, tomando el promedio de los últimos 10 años. Dentro de ellas destacamos a la harina de soja, principal producto de exportación del comercio exterior argentino y a la Unión Europea.
"Además de la baja de precios internacionales de los últimos años, los máximos de importaciones de dicho producto de la UE se ubican en las campañas 2010/11 y 2014/15, cuando el bloque europeo superó los 10 millones de toneladas de importaciones de harina y pellets de soja, volumen que en las últimas cosechas promedia las 8 Mt. De esta manera, el peso de la Unión Europea en las exportaciones de harina de soja pasó de representar más del 50% a principios de siglo, hacia el 40% a mediados de la década del 2010 y en las últimas campañas por debajo del 30% del total exportado", alertaron los expertos de la entidad.
Por qué genera resistencia en Europa
El principal foco de conflicto en Europa no está en la industria ni en los servicios, sino en el agro. Los productores europeos, en especial de países como Francia, Irlanda o Polonia, perciben el acuerdo como una amenaza directa, que los pone a competir con alimentos producidos a menor costo y en mayor escala en Sudamérica.
Los agricultores europeos temen que la entrada de productos más baratos baje aún más los precios internos, especialmente para carne, azúcar y otros bienes sensibles; y que, además, fuerce a productores europeos a reducir producción o cerrar operaciones, dada la diferencia en costos de producción y regulaciones.
En este contexto, la agricultura en la UE está altamente subsidiada (con más de €50.000 millones anuales en pagos directos), reflejando que es un sector costoso de mantener sin apoyo estatal. Así, muchos agricultores sienten que los subsidios no compensan ni igualan las ventajas competitivas de los exportadores de Mercosur, especialmente en proteínas animales y productos básicos.
Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay exportaron a la UE en 2023 unos 18.400 millones en productos agrícolas, lo que representó el 12,6% del total de importaciones agrícolas de la UE. Si esos flujos aumentan con el acuerdo, los agricultores europeos enfrentarían más competencia con productos sudamericanos más baratos o con menores costos de producción.
Esa resistencia se expresa en protestas, presión política y exigencias adicionales, particularmente en materia ambiental. La discusión sobre deforestación, trazabilidad y estándares productivos se convirtió en una herramienta para equilibrar una apertura que muchos consideran inevitable, pero políticamente costosa.
En ese marco, las exigencias ambientales funcionan tanto como una convicción genuina de política pública como un instrumento defensivo. El acuerdo refleja ese delicado equilibrio: abre mercados, pero incorpora compromisos y condicionamientos que buscan contener el impacto interno en Europa.
En el Viejo Continente, los agricultores expresaron su preocupación tras conocerse que la Unión Europea aprobó el acuerdo con Mercosur, ya que conlleva a su juicio "un alto costo para la agricultura" y "carece de garantías".
"La UE nos ha vuelto a vender en tierra plana. Este acuerdo comercial, como tantos otros, utiliza la agricultura como moneda de cambio. Sin exigir reciprocidad a las importaciones sudamericanas, fomenta más competencia desleal que expulsará a los agricultores y ganaderos, ya que será la gota que colma el vaso", dijo un dirigente ruralista de Valencia, España.
Tensiones internas y negociaciones cruzadas
El acuerdo también expone tensiones dentro de cada bloque. En el Mercosur, obliga a coordinar posiciones entre países con estructuras productivas distintas y, en algunos casos, competitivas entre sí. La distribución de cuotas y beneficios será un proceso político en sí mismo, con negociaciones finas y disputas de intereses.
En la Unión Europea, el tratado reabre debates sobre soberanía comercial, política agrícola común y relación entre comercio y ambiente. No todos los países europeos miran el acuerdo de la misma manera, y su ratificación depende tanto de factores económicos como de equilibrios políticos internos.
Más allá de los sectores puntuales, el acuerdo redefine posiciones en el mapa global. Para el Mercosur, representa una carta de presentación ante otros socios potenciales y una señal de que el bloque puede cerrar acuerdos complejos después de años de parálisis.
Para Europa, es una forma de diversificar vínculos en un mundo donde Estados Unidos y China concentran buena parte de la disputa comercial y tecnológica. América del Sur aparece como un socio estratégico proveedor confiable de alimentos, energía y recursos naturales, en un contexto de creciente inseguridad global.