Se aceleró el IPC, la inflación en dólares ya supera el 14% y se deteriora la "fábrica" de divisas
Pese a su fuerte impacto político y mediático, el 3,4% de marzo no fue el dato más grave que dejó el IPC: la inflación en dólares se está disparando a niveles insólitos. En los primeros tres meses del año, los precios promedio de la economía argentina se encarecieron un 14,3% en moneda estadounidense, abonando así las críticas sobre la pérdida de competitividad.
La cifra es el resultado de un mix letal: una aceleración de la inflación en el plano doméstico, al mismo tiempo que el tipo de cambio retrocede. Desde inicio de año hasta ahora, la cotización del dólar oficial tuvo una caída del 4,2%, mientras los precios en pesos subieron un 9,48%.
Esto significa que los precios, en dólares, subieron más que en pesos. Alguien que tuviera un billete de u$s100 el primer día del año podía comprar 14,3% más que al 31 de marzo. Expresado de otra forma, ese mismo billete, pasados tres meses, tuvo una pérdida de poder adquisitivo de 12,5%.
Si el cálculo se hace en términos anuales, los números también indican una pérdida de competitividad: mientras el dólar subió un 15% en 12 meses, el IPC acumuló un 32,6%, lo que implica que los precios de la economía argentina, en dólares, subieron un 15%. Si se descuenta a ese dato la inflación de Estados Unidos -3,3% en los últimos 12 meses-, entonces la inflación dolarizada "real" de Argentina queda en un 11%.
¿Para festejar o para llorar?
¿Es esto necesariamente un síntoma de problemas en la economía? Desde el punto de vista del gobierno, no. Porque como ha enfatizado el ministro Toto Caputo en los últimos días, esa caída del dólar es el resultado de una mayor demanda de pesos por parte del público y, además, es la expresión de un flujo de divisas que entran a la economía, producto de la mayor confianza del mercado internacional.
Hablando en plata, el ingreso fue de unos u$s13.000 millones en el plano financiero, por la ola de emisiones de obligaciones negociables de empresas privadas y de los bonos de deuda de gobiernos provinciales.
A eso se agrega el superávit de la balanza comercial de unos u$s4.000 millones en los últimos tres meses. El gobierno está corrigiendo al alza sus proyecciones de ingreso de divisas por comercio exterior, dado el aumento del precio del petróleo, justo en pleno boom productivo de Vaca Muerta, lo que se suma a una excelente campaña agrícola, con precios también sostenidos en el mercado global. Caputo insinuó que el campo podría hacer un aporte superior a los u$s42.000 millones, lo que implicaría un récord histórico.
El optimismo sobre la entrada de dólares llega a tal nivel que, en los reportes de los bancos de inversión, ya dejó de ser un motivo de preocupación la ocurrencia de un eventual déficit de cuenta corriente, dado que un eventual superávit comercial de u$s20.000 millones compensaría la salida de dólares del turismo emisivo.
La industria pierde competitividad
Como, además, esa caída en el tipo de cambio se produce al mismo tiempo que el Banco Central está comprando divisas cotidianamente -ya pasó la marca de u$s5.500 millones en lo que va del año- y también las tasas de interés están en proceso de caída, el gobierno encontró los argumentos para responder a las clásicas acusaciones de estar generando un atraso cambiario que no se sostendrá en el tiempo.
Pero, vistos del lado de los productores, los números son de una contundencia abrumadora. En lo que va del año, otras economías de la región también han visto recuperase su moneda nacional. El caso de Brasil es incluso más fuerte que el argentino, porque el dólar, medido en reales, cayó un 5,8% en los primeros tres meses del año.
Pero claro, en el país vecino hay una inflación anual de 4%. Esto implica que, para la economía brasileña, la inflación en dólares fue de 5,9% en el trimestre. La de Argentina, un 14,3%, lo que implica que los industriales locales perdieron competitividad, al encarecer sus costos un 8% frente a los vecinos norteños.
Si la comparación se hace contra Chile, el empeoramiento argentino es más notorio aun: la cotización del dólar, medida en pesos chilenos, cayó 1,5% en el primer trimestre, mientras que la inflación acumulada fue de 1,4%. Esto implica una inflación en dólares de apenas 3%.
Es una situación que alimenta el malestar de la industria argentina, que está registrando un momento recesivo, y donde el uso de la capacidad instalada llega apenas al 53%, con mínimos de 25% en los sectores más golpeados, como la fabricación de prendas de vestir.
Inquietud en el campo por la suba de inflación
Y no sólo los industriales están preocupados por la pérdida de competitividad, sino que también los presuntos "ganadores del modelo" ven la situación con preocupación. Es el caso típico de los productores sojeros, que pese a haber registrado una mejora en el precio internacional, temen por un achique en el margen de rentabilidad.
Ocurre que los costos acompañan a la inflación en dólares. Es algo que se evidenció, sobre todo, desde que inició el conflicto en Medio Oriente, con la disparada en el precio de los fertilizantes como la urea y el fosfato diamónico -derivados del petróleo- y que constituyen un insumo fundamental para el campo.
Hablando en números, antes del conflicto se necesitaba se necesita vender 1,12 toneladas de soja para poder comprar una tonelada de urea, mientras que ahora esa relación ya es de 1,65. Pero, cuando se aplica el descuento por las retenciones a la exportación, el costo se hace aun mayor, y la tonelada de urea sube a 2,17 de toneladas de soja "reales".
Es este panorama el que lleva a algunos analistas a poner en duda qué tan fuerte será la esperada "lluvia de dólares del campo" en el segundo trimestre. Ocurre que, como siempre ocurre en estas situaciones, los que venden primero son aquellos productores más urgidos por saldar obligaciones financieras, pero el resto especula con la posibilidad de que haya algún alivio que les mejore su ecuación de negocio.
Esa mejora puede venir por dos vías: o se devalúa el peso o se hace un recorte temporario de las retenciones. La primera de las posibilidades parece hoy lejana, dado que el gobierno está necesitado de comprar divisas para acumular dólares con los que hace frente a su calendario de pagos, y por eso fomenta la persistencia de un tipo de cambio bajo.
En cuanto al alivio tributario para los productores agrícolas, hay limitantes tanto políticas como económicas. Para empezar, el gobierno estadounidense le pidió a Caputo, cuando le dio asistencia financiera antes de las elecciones de octubre pasado, que no repitiera eventos como el "tax holiday" de septiembre. Y, además, el ingreso por retenciones a la exportación es algo que el ministro no puede darse el lujo de prescindir, en un contexto de floja recaudación tributaria, que ya lleva ocho meses consecutivos de caída interanual.
Lo que viene
Mirando hacia adelante, hay leves perspectivas de que la inflación en dólares baje. Al menos, si se toma como cierta la proyección de la encuesta REM del Banco Central. Los economistas que participan en ese sondeo pronostican que en lo que resta del año habrá una inflación adicional de un 19%, mientras que el tipo de cambio rondará los $1.700, lo que implica que la cotización subiría un 22%.
Si se cumpliera ese escenario, entonces los precios de la economía argentina, en dólares, caerían un 2,5%. Una cifra modesta que, por cierto, no alcanzaría a compensar el encarecimiento producido en el verano, pero una mejora al fin.
Claro que también está la posibilidad de que el tipo de cambio evolucione a un ritmo menor, si es que se cumple el incremento del flujo inversor pronosticado por el gobierno y, al decir de Javier Milei, al Banco Central le saldrán "dólares por las orejas".
En cualquier caso, lo innegable es que el debate por el retraso cambiario y la utilidad del dólar barato como ancla de los precios está, por enésima vez, ocupando el centro del debate económico nacional.