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ALERTA

Controlarán el "DNI" de las semillas que usa el campo argentino: el controvertido plan del Gobierno

Milei presentó un nuevo esquema que busca ordenar el mercado de semillas sin pasar por el Congreso. Productores y un tratado internacional en medio
02/06/2026 - 18:24hs
Campo

Hay un debate que divide al campo argentino desde hace décadas y que ahora volvió a la superficie con fuerza inusitada. Está relacionado con quién tiene derecho a cobrar y cuánto por las semillas que los agricultores siembran cada año en el campo. El Gobierno de Javier Milei decidió meterse de lleno en el asunto, pero con una estrategia que busca evitar el pantano legislativo, ya que, en lugar de reformar la ley, pretende cambiar cómo se controla.

Todo parte de una norma que cumplió más de 50 años: la Ley de Semillas sancionada en 1973. En aquel momento no existía la soja transgénica, ni el trigo con tolerancia a herbicidas, ni las variedades de alto rendimiento desarrolladas por laboratorios privados con inversiones millonarias. El mundo agropecuario de hoy es radicalmente distinto, pero la ley que regula quién puede usar qué semilla —y en qué condiciones— sigue siendo, en lo esencial, la misma.

El corazón del conflicto es simple: los semilleros y empresas de biotecnología invierten años y millones en desarrollar una nueva variedad. Cuando esa semilla llega al productor, éste tiene el derecho histórico de guardar parte de su cosecha para volver a sembrarla al año siguiente. Es el llamado "uso propio", una práctica tan antigua como la agricultura misma. Las empresas sostienen que eso les recorta los ingresos y desincentiva la inversión en nuevas tecnologías. Los productores, en cambio, lo defienden como un derecho adquirido que no están dispuestos a resignar.

Legislación sobre semillas: la idea del Gobierno

A fines de abril, el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger; el secretario de Agricultura Sergio Iraeta y el director del INASE (Instituto Nacional de Semillas) Martín Famulari convocaron a las entidades rurales —SRA, CRA, FAA, Coninagro— y a los semilleros para presentarles una propuesta concreta.

La idea es incorporar la identificación varietal en el primer eslabón de la cadena comercial: los acopios, las plantas de procesamiento y los puertos. En esos puntos ya se toman muestras rutinarias para medir humedad, calidad e impurezas. La novedad sería sumarle a ese análisis la identificación genética de la variedad entregada. Esa información llegaría al INASE y al titular de la variedad. Si no hay ningún problema, la muestra queda archivada y luego se descarta. Si surge un conflicto, el organismo actúa como árbitro.

Lo que resulta clave políticamente es que el esquema no sería retroactivo, sino que solo aplicaría a las variedades que se registren después de que la norma entre en vigencia. Quien hoy produce bajo las reglas actuales no vería alterada su situación. Además, el costo operativo de los análisis correría por cuenta de los obtentores —es decir, las empresas dueñas de la genética—, no de los agricultores.

La implementación no requiere pasar por el Congreso: se haría mediante una resolución conjunta publicada en el Boletín Oficial, con sanciones encuadradas en la propia Ley 20.247 vigente.

Javier Milei prepara cambio clave para el campo: los pasos siguientes

La hoja de ruta oficial establece primero la resolución de fiscalización y luego el proyecto de reforma legislativa. El tema ya figura en la agenda que el propio Milei mencionó en la apertura de sesiones ordinarias, lo que le da rango político al proceso. Las conversaciones abiertas con entidades del campo y del sector semillero, más una mesa de trabajo en marcha entre el Gobierno, la producción y los representantes del sector, dan sustento a esta iniciativa.

La próxima reunión de esa mesa está prevista para el 9 de junio. En el Ejecutivo la presentan como una instancia para seguir acercando posiciones antes de abrir la discusión en el Congreso. El cronograma sugiere que el Gobierno quiere llegar a esa instancia legislativa con el mayor consenso posible, evitando repetir el fracaso de intentos anteriores que naufragaron antes de llegar a votación.

El Gobierno apuesta a que esta solución por etapas —fiscalización primero, reforma de fondo después— pueda descomprimir años de tensión acumulada. Si lo logra, habrá dado un paso que sus predecesores no pudieron.

La recepción del campo: cautelosa, pero no hostil

Históricamente, cada vez que se intentó tocar el tema de semillas, la reacción del sector agropecuario fue de rechazo frontal. Esta vez la recepción fue diferente, aunque con matices.

Carlos Castagnani, presidente de CRA, calificó la propuesta como "un adelanto" y destacó especialmente el carácter no retroactivo del esquema. "No hay manera de que el productor esté peor o menos protegido que ahora", señaló. Y agregó que cree que la iniciativa "puede lograr un consenso que sería bueno".

Sin embargo, todas las entidades aclararon que esperarán recibir el texto escrito completo antes de tomar una posición definitiva. La historia de este debate enseñó que los detalles importan tanto como los titulares.

UPOV 91 y la presión de Donald Trump

Detrás de esta discusión técnica hay una dimensión geopolítica que no puede ignorarse. Argentina firmó el Convenio UPOV en su versión de 1978, que admite el uso propio con ciertas restricciones. Hay una versión más nueva y restrictiva —la UPOV 91— que amplía los derechos de los obtentores y reduce el margen de los productores para guardar semilla sin pagar regalías.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habría condicionado la firma de un acuerdo comercial con Argentina a que el país adhiera a UPOV 91. Esa presión puso el tema en el centro de la agenda y también generó alarma en el sector agropecuario local. La Mesa de Enlace acepta modernizar la ley, pero rechaza adherir a UPOV 91. Organizaciones del norte del país fueron aún más terminantes, calificando esa adhesión como "el camino a la inmolación".

El Gobierno, por ahora, decidió no forzar ese frente. La estrategia de avanzar con una resolución administrativa —sin abrir el debate legislativo sobre UPOV 91— puede leerse como una forma de ganar tiempo, construir confianza con el sector productivo y mostrar voluntad de acción sin encender la mecha del conflicto mayor.

Un dato que habla del peso de Argentina en el sector

En mayo, en Lisboa, se celebró el Congreso Mundial de Semillas de la Federación Internacional de Semillas (ISF), que reunió a más de 1.300 representantes de más de 80 países. El evento tuvo un protagonismo inesperado para Argentina: Lorena Basso, referente de Basso Semillas —empresa familiar argentina de tercera generación— asumió como primera presidenta mujer en los cien años de historia de la organización.

Basso, que había presidido la Asociación de Semilleros Argentinos entre 2019 y 2023, llega a la conducción de la ISF en un momento en que su propio país debate el futuro del sistema semillero. Su presidencia podría darle mayor peso a la industria local en los foros globales donde se definen estándares y regulaciones internacionales.

Por qué importa más allá del campo

Argentina es una de las principales potencias agrícolas del mundo. La soja y el trigo —dos cultivos autógamos en los que el debate del uso propio es más intenso— representan una parte central de las exportaciones del país y, por ende, de la entrada de divisas.

Un sistema de semillas que funcione mal tiene consecuencias como menos inversión en nuevas variedades, menor adopción de tecnología y, a la larga, rindes más bajos. Pero una regulación que ahogue el uso propio también tiene costos, ya que sube los gastos de producción de miles de agricultores, muchos de ellos pequeños y medianos.

El Gobierno apuesta a que esta solución intermedia —controlar mejor sin cambiar la ley— pueda descomprimir años de tensión acumulada. Si lo logra, habrá dado un paso que sus predecesores no pudieron. Si no, el debate de fondo seguirá pendiente. Con o sin resolución administrativa, la ley de 1973 tarde o temprano tendrá que ponerse al día con el siglo XXI.

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