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¿Quién fue la verdadera inventora de las estafas piramidales?

¿Quién fue la verdadera inventora de las estafas piramidales?
Si bien siempre se mencionó a Carlos Ponti como el creador de las estafas piramidales que tristemente llevan su nombre, hubo alguien que se anticipó
Por Ruben Ramallo
06.09.2020 18.05hs Finanzas

Cuando se habla de esquemas o estafas piramidales, automáticamente se las asocia con la figura casi mitológica de Carlo Ponzi, ese inmigrante italiano que se radicó en Nueva York allá por 1918, con un ya profuso prontuario delictivo debido a numerosas estafas en su país natal.

La realidad es que Ponzi no fue el inventor del esquema bautizado con su apellido, pues muchos años antes y en España, una mujer, Baldomera Larra, fue la primera en imaginar y desarrollar un esquema piramidal.

El estafador italiano en su apogeo
El estafador italiano en su apogeo

La verdadera inventora de las estafas piramidales

Baldomera Larra, nacida en 1833, tenía cuatro años cuando su padre, el escritor, poeta, periodista y político español Mariano José de Larra, quien es considerado, junto con Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro, uno de los mayores exponentes del Romanticismo literario español, se quitó la vida por un desengaño amoroso.

A lo largo de gran parte de su vida, más precisamente hasta los 40 años, Baldomera tuvo una vida desahogada por que su marido, el sevillano Carlos Montemar fue el médico real mientras Amadeo de Saboya ostentó el cargo de rey, pero todo cambió con la llegada de Alfonso XII, pues éste lo desplazó de su cargo, ante lo cual tomó la decisión de abandonar su país y de marcharse a América.

Abandonada por su esposo, con sus cuatro hijos a su cargo y sin dinero, para poder subsistir, inicialmente comenzó empeñando todo su ajuar, después sus joyas y ya sin fondos para afrontar el tratamiento por la enfermedad de uno de sus hijos, se vio obligada a recurrir a distintos prestamistas, a algunos de los cuales les pagaba con el dinero que recibía de otros. Fue precisamente esta traumática situación la que la llevó a idear esta particular manera de financiación.

La idea de Baldomera comenzó a tomar forma cuando le pidió a una vecina una onza de oro con la promesa de devolverle el doble en el término de un mes. Desde ya que cumplió con su compromiso y a partir de ese momento otros conocidos empezaron a entregarle dinero.

Su historia en el delito se remonta al año 1876 cuando consigue autorización para la apertura de un pequeño banco situado en lo que hasta hacía poco tiempo era el Teatro España, frente a la plaza de la Paja.

Baldomera Larra

La elección del lugar donde se estableció no fue casual y de hecho su oficina no fue otra cosa que un simple decorado en el que logró casi sin esfuerzo poner una escena, que a su pesar estuvo poco tiempo en cartel.

A partir de una fama que iba en rápido ascenso, no tardaron en llegar numerosos clientes, la mayoría de ellos gente muy modesta, atraídos por la posibilidad de hacer una ganancia rápida y fácil con su onza de oro y algunos con mucho más que eso, rogando a Doña Baldomera que aceptase aquellos dineros y que hiciese el mismo milagro que a su vecina.

Por su puesto, que ella aceptaba el dinero, cumpliendo religiosamente con sus compromisos, devolviéndole sus ganancias a cada uno de sus "impostores" y además, entregándoles el correspondiente recibo. Muchos cobraban los intereses y dejaban el capital, y otros dejaban capital e intereses y la bola de nieve crecía y crecía.

Fue tal la avalancha de gente que no tuvo más remedio que ampliar el local donde atendía a su más que satisfecha clientela.

Incluso, ya muchos le pedían préstamos y a todos ellos los atendía la dama con su simpatía habitual y con sus arcas siempre estaban llenas. Y así fue como la comenzaron a llamar "la madre de los pobres".

Ante las sospechas que se iban extendiendo, Doña Baldomera decía que esa renta surgía de los beneficios que se obtenían por la explotación de una mina de oro en Perú que era gestionada por su esposo. Pero la realidad era muy diferente, ya que ese emprendimiento nunca existió.

Muchos que tenían más confianza con ella llegaron a preguntarle cómo lo hacía, a lo que ella contestaba: "Es mi secreto"..."Algún día se sabrá y verán cómo es tan sencillo como el huevo de Colón".

Algunos le preguntaban qué garantía ofrecía la "Caja de Imposiciones" a sus clientes pensando que podría declararse en quiebra en cualquier momento. A estos les sonreía y decía: "¿Garantía? ¿En caso de quiebra quiere usted decir? Una sola: "El Viaducto", que no era otra cosa que el lugar elegido por los suicidas para terminar con su vida.

Según las cifras que constan en la causa, citadas en un trabajo de la procuradora Mercedes Albi, llegó a tener un total de 5.322 clientes que depositaron un capital de casi 19 millones de reales de vellón.

El secreto de su apabullante éxito inicial fue que esta buena señora cumplió a rajatabla con el pago de los supuestos beneficios durante varios meses. De hecho, de la propia contabilidad del banco surge que entre mayo y octubre de 1876 abonó intereses por unos 6 millones de reales que dieron una gran alegría a los confiados inversores.

Como en toda pirámide, lo que sus clientes no sabían era que los pagos de intereses de las nuevas imposiciones se pagaban con el dinero que aportaban los nuevos inversores. Todo ello gracias a un rudimentario esquema de inversión que ella misma inventó y desarrolló.

La pícara protagonista de esta historia jugó con lo que siempre hace caer en la trampa a todos los estafados: beneficios rápidos y una avaricia sin límites, pero como en toda estafa piramidal, los ilusos hacían largas colas para confiarle sus ahorros de toda una vida.

Y para ello apeló a sus dotes personales, pues también fue la pionera en advertir que además de "ser hay que parecer". En tal sentido, la definían como una mujer de espíritu inquieto, decidido, resuelto. Físicamente se decía que contaba con un cuerpo escultural, cutis fino, cuidado cabello rubio y expresivos ojos azules.

El principio del fin fue a principios de diciembre de 1876 cuando comenzaron a circular rumores sobre su falta de solvencia. Dicen que el viernes 1°, desesperado, un carbonero se presentó en su casa y si bien le pagó de inmediato y el hombre acabó deshaciéndose en mil excusas, el incidente desató en ella el pánico a una quiebra inminente si los clientes empezaban a retirar sus depósitos.

No obstante ese episodio, el día siguiente doña Baldomera se vistió con sus mejores galas y ocupó su palco en el teatro de La Zarzuela, elegante, tranquila y sonriente.

Todo transcurría con normalidad, pero antes de que terminara la representación abandonó su asiento y se dirigió a su casa en la calle del Sordo. Una vez allí comenzó a cargar el coche con un voluminoso equipaje, incluyendo los siete millones de reales que amasó en apenas siete meses e inició su huída, recalando en Ginebra

Conocida su desaparición de los lugares que solía frecuentar, el lunes 4 de diciembre de 1876 los peores presagios se convirtieron en realidad y los clientes comenzaron a agolparse indignados frente a la Caja de imposiciones, en la calle de la Paja. Ante los primeros desmanes y forcejeos, tuvieron que acudir los guardias con el delegado de orden público y el juez de instrucción.

Su vida en Suiza fue despreocupada, pues estaba amparada por las leyes de ese país, hasta que luego se trasladó a París, donde fue arrestada y deportada a su país, donde fue encarcelada y sometida a juicio, siendo condenada a 6 años y un día de prisión. 

Por increíble que parezca, los afectados siguieron el juicio con gran interés y manifestaban que volverían a confiarle sus dineros a doña Baldomera, como siguieron llamándola.

El abogado defensor, Felipe Aguilera, sostuvo que la mujer no pudo cometer el delito porque, al ser casada, carecía de la capacidad legal de contratar y obligarse. De esta forma, los contratos de préstamo eran nulos y no podía hablarse de alzamiento de bienes en perjuicio de acreedores porque, jurídicamente, no había tales.

La sentencia, dictada el 1 de febrero de 1881, Baldomera fue absuelta y partió con destino a América donde se reencontró con su marido, que al poco tiempo falleció, por lo que sintiéndose sola, regresó a España instalándose con su hermano Luis ,

La que alguna vez fue llamada la "madre de los pobres" falleció en 1916, apenas unos pocos años antes de que Carlo Ponzi pusiera en marcha un mecanismo financiero similar.

Lo que hizo cuando salió de prisión sigue siendo un misterio, pero existen algunas pistas de que pudo haber recalado en la Argentina. 

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