INVERSIONES

La crisis secreta de ChatGPT: el agujero de u$s 14.000 millones que divide a Wall Street

La empresa de Sam Altman proyecta pérdidas por USD 14.000 millones para 2026. Descubrí por qué Wall Street se divide y qué anticipan bancos de inversión.
Por Marcos Phillip
FINANZAS - 27 de Febrero, 2026

La inteligencia artificial se ha convertido en la obsesión principal de los mercados globales durante los últimos años. OpenAI, la empresa liderada por Sam Altman, se posiciona como el estandarte de esta transformación tecnológica sin precedentes. Sin embargo, detrás del brillo de ChatGPT se esconde una realidad financiera que asusta a los inversores más conservadores.

El crecimiento de la compañía ha sido meteórico en términos de usuarios y de impacto cultural. Logró hitos de ingresos que a gigantes como Google o Facebook les tomó casi una década alcanzar. No obstante, la velocidad de su expansión solo es superada por la velocidad a la que consume su capital.

Esta dinámica plantea un interrogante fundamental para quienes siguen de cerca las finanzas tecnológicas mundiales. ¿Es OpenAI una máquina de generar valor o un incinerador de billetes a gran escala? La respuesta a esta pregunta puede determinar el futuro de la industria digital en la próxima década.

El "agujero negro" de 2026: números que queman

Análisis financieros recientes revelan que OpenAI estima pérdidas operativas de u$s14.000 millones para 2026. Esta cifra representa casi el triple de lo que la empresa espera perder durante el presente ejercicio. Es un volumen de saldo negativo que no tiene comparación con otros inicios de startups tecnológicas.

A pesar de que sus ingresos anuales ya superan los u$s12.000 millones, los gastos crecen de forma exponencial. La empresa proyecta que el flujo de caja negativo acumulado podría llegar a u$s115.000 millones hacia finales de 2029. Solo entonces, según sus propios cálculos, podrían empezar a ver la luz al final del túnel.

Muchos analistas comparan esta trayectoria con empresas como Uber o Amazon en sus comienzos. Pero aquí hay una diferencia decisiva: OpenAI requiere una infraestructura física muchísimo más costosa para operar cada día. No son solo programadores: es hardware, energía y capacidad de cómputo sin techo.

El mercado observa con asombro cómo una empresa puede valer u$s150.000 millones mientras pierde fortunas. La valoración descansa en una promesa: que la Inteligencia Artificial General transformará la economía mundial. Si esa promesa se cumple, las pérdidas actuales podrían verse como "inversión" en el futuro.

Por qué los costos de entrenamiento son astronómicos

Entrenar un modelo de lenguaje de última generación no es sencillo ni barato. Cada nueva versión requiere procesar volúmenes mayores de datos en servidores extremadamente potentes. OpenAI gasta miles de millones solo en alquilar capacidad de cómputo en la nube de Microsoft.

Los chips especializados, las GPUs —fabricadas principalmente por Nvidia—, tienen precios prohibitivos. Una sola unidad puede costar lo mismo que un auto de gama alta, y OpenAI necesita decenas de miles operando en simultáneo las 24 horas.

Además del hardware, el consumo eléctrico de los centros de datos es otro factor crítico. Se estima que para 2030 estas instalaciones podrían consumir más electricidad que varios países pequeños combinados. Es un costo fijo enorme que existe haya o no más suscriptores.

A esto se suma la guerra por el talento: salarios inéditos. Un ingeniero experto puede cobrar remuneraciones anuales de siete cifras. OpenAI compite contra Google y Meta, lo que encarece y tensiona la carrera por investigadores estrella.

El veredicto de J.P. Morgan

Los bancos de inversión mantienen posiciones encontradas. J.P. Morgan se muestra optimista y respalda el gasto. Para su visión, el capex se justifica por los saltos de productividad que habilita la IA.

Según sus analistas, no es una burbuja como la del 2000: a diferencia de las puntocom, las compañías de IA ya generan ingresos reales. La monetización ocurre mientras se construye la infraestructura.

Kristin Lemkau advierte que hay riesgos de entusiasmo excesivo, pero sostiene que la transformación es real. El banco ve oportunidades en toda la cadena: desde fabricantes de chips hasta plataformas de software. Para ellos, OpenAI marca el ritmo de una nueva era económica.

Esta postura sugiere que el mercado seguirá financiando a la empresa pese a sus balances rojos. El respaldo de los grandes capitales es el combustible de la maquinaria de Sam Altman.

Morgan Stanley y el temor a una estructura frágil

En la otra vereda, Morgan Stanley plantea dudas sobre la sostenibilidad. Señalan que la dependencia del mercado de deuda podría esconder riesgos sistémicos. Muchas inversiones podrían convertirse en "capital varado" si la rentabilidad no llega.

El banco advierte que el costo de mejorar modelos crece más rápido que los ingresos. Afirman que cuesta cinco veces más energía y dinero hacer un modelo apenas el doble de inteligente. Esta lógica de rendimientos decrecientes sería una amenaza central.

Otro problema potencial: límites de infraestructura eléctrica. Si no hay energía suficiente, la expansión se frena. Ese cuello de botella físico no se arregla con ingeniería financiera.

Para este enfoque, existe el riesgo de que OpenAI termine como un incinerador de efectivo permanente. Si la adopción corporativa no acelera, el flujo de caja negativo sería insostenible.

Cómo invertir en este activo desde la Argentina

Muchos ahorristas argentinos se preguntan cómo participar. OpenAI es privada, así que no se pueden comprar acciones directas. Pero existe una vía indirecta a través de CEDEARs.

La ruta más directa es el CEDEAR de Microsoft (MSFT), socio principal y con participación relevante en beneficios económicos futuros. Invertir en Microsoft es, en la práctica, exponerse al motor detrás de ChatGPT.

Otra opción es Nvidia (NVDA), proveedora del hardware clave. Sin sus chips, los modelos no se entrenan ni escalan. Es la estrategia clásica de "vender palas" en una fiebre del oro.

También existen ETFs que agrupan empresas del sector y permiten diversificar riesgo. Se compran en pesos desde un broker local, brindando exposición a IA sin depender de una sola firma.

El dilema del futuro: ¿Riesgo u oportunidad histórica?

A pesar de las pérdidas proyectadas, el potencial transformador sigue siendo enorme. OpenAI apuesta a que su tecnología sea indispensable para empresas y hogares. Si lo logra, la rentabilidad llegaría por economía de escala.

El riesgo de burbuja existe cuando las valuaciones suben tan rápido. Goldman Sachs cree que los precios se respaldan en un crecimiento sólido. Pero la historia muestra que el mercado corrige excesos.

Para el inversor argentino, el desafío es equilibrar ambición y preservación. Nunca es recomendable concentrar todo en un solo sector. La diversificación sigue siendo la regla de oro.

OpenAI seguirá en portada por sus avances y por sus números rojos. El camino a la rentabilidad será largo y caro, con obstáculos técnicos y regulatorios. Solo el tiempo dirá si Sam Altman es el nuevo genio de las finanzas o un soñador costoso.

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