Protocolo familiar, herramienta legal para que la empresa perdure

Para Miguel Silveyra, es importante que en las firmas familiares se acuerden reglas claras para distribuir utilidades y para administrar la compañí­a
Protocolo familiar, herramienta legal para que la empresa perdure

Si Henry Ford, fundador de Ford Motor Co., en 1903, decidiera retornar al mundo para inspeccionar su creación estarí­a orgulloso: Ford Motor es hoy una compañí­a multinacional, que emplea a 350 mil personas, genera importantes ganancias y que, a pesar de tener más de un siglo de vida, aún es controlada por la familia Ford y presidida por uno de sus descendientes.

Algo similar ocurrirí­a con Levi Strauss, fundador de Levi Strauss, en 1853; o con William Cargill y sus hermanos, fundadores de Cargill Inc., en 1865.

Desgraciadamente, estos ejemplos son tan sólo una excepción. La gran mayorí­a de los fundadores de otras exitosas empresas se llevarí­an hoy un amargo disgusto porque, de acuerdo a lo que muestra la cruda realidad de las estadí­sticas, surge que tan solo el 15% de las empresas familiares llegan a la tercera generación.

La continuidad de la empresa familiar es, por lo dicho, uno de los problemas que más desvela a su fundador y a quienes le sucederán. Ellos enfrentan el desafí­o de organizar la empresa y las relaciones entre familia, propiedad y empresa de un modo que minimice los conflictos y evite que éstos la tornen inviable.

Hay múltiples instrumentos financieros y contractuales que el empresario puede –y deberí­a- utilizar para dar este paso de innovación organizacional y hacer que su empresa sea autónoma y perenne. En este caso destacaré la relevancia de uno de ellos: el protocolo familiar.

El protocolo familiar es la "Constitución" de la empresa familiar. Allí­ se establece un marco que regula y clarifica las relaciones entre familia, empresa y propiedad.

Su contenido dependerá de las particularidades de la familia y de las circunstancias propias de cada empresa. Normalmente, cuenta de una parte programática, donde se establecen los valores fundamentales de la familia y de la empresa y, eventualmente, el plan estratégico; y de una parte especial, donde se fijan reglas más concretas de actuación.

Estas últimas suelen regular:

  • La separación entre familia y empresa.
  • La sucesión en la gestión y en la propiedad y el mantenimiento de la propiedad en la familia.
  • La estructura de la empresa.
  • El gobierno de la familia empresaria (básicamente, la organización del Consejo de Familia).
  • El gobierno de la empresa (composición y funcionamiento de los órganos societarios).

Algunas veces, el protocolo incluye previsiones que sólo tienen fuerza moral, sea porque así­ lo quieren las partes o porque se refieren a una materia no disponible (por ejemplo, en cuestiones relativas a sucesiones). Muchas de las reglas del protocolo, sin embargo, sí­ tienen valor jurí­dico y son exigibles.

En ciertos casos lo convenido requiere un desarrollo posterior en otros instrumentos, para cobrar fuerza frente a terceros. Ello ocurre, por ejemplo, con las restricciones a la libre transmisión de acciones y participaciones, o con las reglas sobre quorums y mayorí­as para adoptar las decisiones sociales, que deben introducirse en los estatutos sociales.

Esta última no es tarea de un dí­a; involucra un proceso de comunicación que puede durar varios meses y que tampoco concluye con la firma del protocolo, porque éste es un cuerpo vivo que debe ir adaptándose a la realidad cambiante de la empresa y de la familia.

Por ello, el proceso de comunicación debe seguir y, periódicamente, habrá que revisar los términos del protocolo e introducir, en su caso, las modificaciones necesarias.

Concluiré animando a las familias empresarias argentinas para que acometan la tarea de redactar el protocolo familiar, tal como lo están haciendo desde hace ya varios años sus pares de Europa y Estados Unidos, que pretenden convertir su obra en una empresa multigeneracional.

Sucede que Ford, Levi Strauss o Cargill no están allí­ por azar, sino porque sus fundadores y sucesores supieron introducir a tiempo en la empresa el germen de su continuidad.


Miguel M. Silveyra, socio junior del Estudio Beccar Varela