Inevitablemente, el nombre Marta Harff evoca a la marca de productos de belleza y al nombre de la empresaria. Pero desde hace tres años ambos conceptos se han separado: la compañía cosmética y la marca Marta Harff fueron vendidas, y la Marta Harff de carne y hueso dirige hoy otro emprendimiento, de comestibles gourmet, bajo la marca El Barreal.
–¿Se sienten las diferencias de usar una marca con nombre propio y una de fantasía?–Sí. En cosmética tiene mucho valor el nombre propio, e incluso en algunos casos los inventan. Cuando vendí la empresa hicieron un estudio sobre el valor de la marca y los atributos que tenía, y eran muy personales. Según los especialistas, eso se convierte en una marca de autor, un paraguas bajo el cual después se puede sacar cualquier producto. Tomo conciencia de que mi nombre es también algo que no me pertenece. A veces llamo por teléfono y tengo que aclarar: "Soy Marta Harff, pero no de la empresa Marta Harff". Pero mi nombre no es todo lo que tengo. –Su imagen siempre se asocia al éxito ¿Nunca tuvo un fracaso como empresaria?–Sí, el segundo local de El Barreal, en la calle Olleros, que no funcionó, y tuve que cerrar.–¿Que falló en ese local?–Me siento bastante mal porque yo insistí. Pero no era el público que yo esperaba. Abrimos en diciembre y en marzo me dí cuenta de que la gente no lo veía o no le entraba.–¿Cómo elige a la gente para acompañarla en su proyecto? –í‰se es un tema difícil. A la gente hay que probarla. A eso hay que sumarle la empatía con el otro y tener un objetivo común. Los aspectos éticos son muy importantes, y se han dejado de lado en muchos casos. Cuando tomé personal para El Barreal pensé que lo mejor sería gente relacionada con la cocina, y en un mes ya había tomado ¡cuatro pasantes! de estas escuelas, que podían saber mucho de cocina, pero no tenían ni idea de lo que era el manejo con el cliente. Decidí buscar gente a la que le guste el trato con el cliente y la venta. Después lo que no sepan, se lo enseñamos. –¿Qué se necesita para empezar un negocio?–Lo más importante es saber lo que uno quiere hacer y si hay un cliente para eso. Después hay que tener claro al proveedor, y aprender sobre el tema. Hay muchos profesionales que no se pueden insertar, mujeres profesionales que tienen 40 años y que por ocuparse de su casa estuvieron sin trabajar y quieren reinsertarse. Yo misma si hoy quisiera entrar a una empresa sin ser Marta Harff, y siendo contadora pública, licenciada en administración de empresas, y siendo vital, pero con mis 56 años me sería muy difícil. Por eso para mí la salida es el microemprendimiento propio y para alguien que nunca tuvo experiencia laboral previa, o una franquicia que ya da todo armado. –¿El capital no importa?–Yo comencé mis proyectos anteriores sin capital y nunca tuve préstamo bancario, ni ayuda familiar. Precisaba un ingreso para mi supervivencia. Lo peor que le puede pasar a una persona es que le den 100 mil dólares para arrancar con algo, porque lo más probable es que los pierda. Hay que arremangarse y hacer las cosas básicas. La urgencia y la necesidad son las que nos guían a hacer las cosas que generen rentabilidad.
ANABELLA GAGLIARDI agagliardi@infobae.com