Crisis en el negocio de los hoteles alojamiento: cómo hacen para sobrevivir a las nuevas tendencias
Durante décadas formaron parte del paisaje nocturno porteño con la naturalidad de un bar de esquina o una estación de servicio. Discretos pero constantes, los hoteles por hora supieron ser un engranaje estable dentro de la economía urbana. Hoy el sector atraviesa una etapa de reconversión silenciosa, marcada por cierres puntuales, cambios culturales y un adversario inesperado: el boom inmobiliario. Lejos de hablar de desaparición, empresarios del rubro describen un escenario más complejo y competitivo, en el que la supervivencia depende tanto del contexto macroeconómico como del precio del metro cuadrado.
En la Ciudad de Buenos Aires operan actualmente alrededor de 100 establecimientos, menos que años atrás, cuando superaban los 200. Según explican desde la Federación Argentina de Alojamientos por Hora, la reducción no responde a una caída abrupta del interés del público sino al avance de desarrollos inmobiliarios en zonas estratégicas. "El negocio está en buena salud; cuando se pretende instalar una crisis por el cierre de algunos locales, en realidad es fundamentalmente por el avance inmobiliario en determinadas zonas", afirma su titular, José Capelo.
Ese fenómeno no distingue rubros. "Si cierran estaciones de servicio respaldadas por multinacionales, imaginá lo que le puede quedar a otros negocios más tranquilos", grafica el dirigente para ilustrar cómo el real estate puede desplazar incluso actividades con mayor escala.
El factor ladrillo y la geografía del negocio
El impacto del mercado inmobiliario no es uniforme. En barrios donde el valor del suelo se disparó, los albergues transitorios suelen ocupar terrenos grandes y codiciados, lo que los vuelve blancos naturales para proyectos residenciales. Cuando aparece una oferta atractiva, la ecuación cambia. "Ante una buena propuesta no hay negocio estándar que se pueda resistir", resume Capelo.
Ese desplazamiento explica por qué el rubro pierde presencia en zonas premium de la Capital mientras se mantiene activo en el conurbano y el interior, donde el acceso a la tierra resulta más accesible.
Un ejemplo reciente que ilustra el fenómeno es el cierre del histórico Mansión Dorée, en Flores, un ícono de los años 80 y 90 que funcionaba en Ramón Falcón al 3100. El predio será reconvertido en edificios de departamentos. En ese barrio llegaron a existir cerca de 50 establecimientos del rubro; hoy quedan menos de diez. La noticia generó inquietud vecinal: algunos residentes temen que, sin el hotel como punto de referencia nocturno, ciertas actividades callejeras se desplacen hacia zonas residenciales cercanas.
Consumo, costos y márgenes finos
Además del factor inmobiliario, el negocio está atado al pulso del consumo. "Si baja la venta de productos esenciales, los rubros de esparcimiento caen igual o más porque el dinero primero se destina a lo básico", explica Capelo.
La ecuación se tensiona aún más por el lado de los costos. Impuestos, tasas, servicios y salarios, los principales componentes de la estructura operativa, aumentaron en los últimos años por encima del IPC. "Han sufrido incrementos muy superiores a la inflación y tratamos de hacer malabares para no trasladarlo todo a precios", señala.
En la provincia de Buenos Aires el impacto es mayor por la carga tributaria combinada de impuestos municipales y provinciales, que según el sector crecieron "de manera completamente desmedida" en los últimos años.
Nuevos hábitos, mismos impulsos
El negocio también se adapta a cambios sociales. Las apps de citas, el acceso a mayor privacidad en viviendas y las transformaciones culturales modificaron el perfil de clientes. Sin embargo, lejos de desaparecer, la demanda se reconfigura. "Quizás los más jóvenes llegan más tarde al rubro, pero la vida sexual se prolongó y las cosas se compensan", explica Capelo.
El empresario describe además un fenómeno que creció en los últimos años: mayor presencia de parejas estables. Muchas recurren a estos espacios no solo por recreación sino por necesidad de intimidad fuera del hogar. "En una casa con hijos o familia, encontrar privacidad no siempre es fácil y estos lugares están pensados justamente para eso", sostiene.
El calendario comercial también incide. Fechas como San Valentín generan picos de actividad y funcionan como motor transversal para otros rubros vinculados al consumo emocional. "Es un día muy especial y motivador para toda la actividad", señala el dirigente.
Un negocio 100% nacional
A diferencia de otros sectores golpeados por la competencia externa, este rubro tiene una particularidad: no enfrenta importaciones. "Somos totalmente locales, 100% mano de obra argentina", remarca Capelo, con tono entre humorístico y reivindicativo.
La frase resume la lógica de una actividad que depende casi exclusivamente de variables domésticas: ingresos reales, presión impositiva, costos energéticos y valor del suelo. En ese tablero, la competencia no llega desde el exterior sino desde la esquina de al lado, donde una grúa anuncia un nuevo edificio.
El resultado es un negocio que no se apaga, pero que cambia de forma. Menos carteles luminosos en ciertos barrios, más reinvención en otros. Y una certeza compartida por empresarios y analistas urbanos: mientras exista demanda de privacidad, siempre habrá alguien dispuesto a ofrecerla, aunque el mercado, como la ciudad, nunca deje de transformarse.