SÍMBOLO DE LA INDUSTRIA

¿El fin de una era?: el desesperado grito de auxilio de la marca de zapatillas más querida

Con las marcas globales inundando las góndolas con costos imbatibles, la firma recorta empleos y pierde competitividad, pero lucha para salvar su identidad
Por Andrés Sanguinetti
NEGOCIOS - 16 de Marzo, 2026

La histórica marca deportiva Topper, un símbolo de la industria nacional argentina por décadas, atraviesa hoy uno de sus momentos más críticos.

Lo que hace apenas unos años eran anuncios de inversión millonaria, ahora se transformó en un escenario de incertidumbre total que pone en riesgo la continuidad de su producción local en la planta de la localidad tucumana de Aguilares.

​El corazón de la crisis de la marca que representa "las zapatillas de los argentinos" combina una serie de factores macroeconómicos.

La apertura de importaciones de calzado y textiles ha introducido productos de menor costo que compiten directamente con la manufactura nacional.

A esto se suma una caída drástica en las ventas, producto de la pérdida del poder adquisitivo de los consumidores que pone sobre las cuerdas a la empresa nacida en el seno de la mítica Alpargatas S.A.I.C., una de las textiles más grandes del país.

Su nombre fue un homenaje al perro de la familia de uno de los directivos, llamado "Topper" y desde sus inicios, la firma tuvo como objetivo ofrecer un calzado deportivo resistente, accesible y de industria nacional.

Zapatillas Topper: la lona, como identidad

Bajo esta premisa, durante los años 80 y 90, Topper se convirtió en sinónimo de éxito deportivo en Argentina, al punto que fue la marca de Guillermo Vilas en sus años de gloria.

También vistió a las estrellas de la Liga Nacional de Basquet y a clubes de fútbol históricos como Independiente, Racing, Estudiantes de LP y Ferro, además de selecciones nacionales de rugby.

En todos los casos, la marca siempre se definió por su clásica zapatilla de lona con suela de goma blanca, que hasta se convirtió en el uniforme escolar y urbano por excelencia de la clase media argentina, resistiendo modas y crisis económicas gracias a su durabilidad legendaria.

​La actual crisis que atraviesa no es la única que le ha tocado sufrir, al punto que, en el 2007, la empresa fue comprada por el grupo brasileño São Paulo Alpargatas, propiedad del millonario brasileño Carlos Wizard Martins (Sforza Group), quien se quedó con el 100% de la operación en Argentina.

En 2021, en plena post-pandemia, la empresa anunció inversiones millonarias para ampliar su planta en Aguilares, buscando sustituir importaciones y exportar a la región.

Ese fue el último gran momento de expansión antes de chocar con la realidad económica actual que la lleva a tener que atravesar un sombrío panorama.

Según denuncias gremiales de la Unión de Trabajadores de la Industria del Calzado (UTICRA), la planta ha perdido aproximadamente 150 puestos de trabajo en los últimos dos años.

​Una crisis derivada de la falta de insumos y la competencia externa que, según los propios dueños de Topper, hacen casi insostenible el esquema de "calzado 100% nacional" que supo defender.

Capacidad en derrumbe

De hecho, existe un alto riesgo de que la fabricación local ceda a un esquema 100% de productos provenientes de Brasil, lo cual implicaría el cierre de su establecimiento fabril para convertirse en una marca de importación.

Un dato clave revela esta posibilidad latente: la capacidad instalada de la empresa se derrumbó a menos del 30%, siguiendo los pasos de la industria del calzado, que en general cayó al 53,6% en enero pasado.

La cifra muestra el peor registro en dos décadas, lo que sugiere que el problema de Topper es el síntoma de una crisis sistémica de la manufactura nacional.

En su tienda oficial, la firma continúa lanzando promociones y participando en eventos como el Hot Sale 2026 para liquidar stock y generar liquidez.

​Sin embargo, la supervivencia de la fábrica dependerá de una fórmula que mezcla factores netamente externos, con los planes de negocios que puedan trazar desde el directorio de la empresa.

El primero se vincula con las políticas públicas que pueda encarar el gobierno nacional, como posibles beneficios fiscales o medidas de protección para el sector textil tucumano.

El segundo, a la posibilidad de que el grupo inversor decida inyectar capital o buscar un nuevo socio estratégico para evitar el cese de actividades.

Amenaza a la estabilidad social

Más allá de esta fórmula, queda claro que el destino de Topper no es solo el de una empresa, sino que marca el termómetro de una industria nacional que lucha por no quedar fuera del juego en un mercado globalizado y altamente competitivo.

​El posible cierre de su planta pasa de ser un problema corporativo para convertirse en una amenaza directa a la estabilidad social y económica del sur tucumano.

Para la ciudad de Aguilares y el departamento de Río Chico, Topper no es solo una fábrica, es el principal motor de empleo privado.

La economía local está intrínsecamente ligada al calzado, por lo cual el cierre de Topper afectaría no solo a los operarios directos que aún quedan, sino a una red de proveedores locales de logística, servicios de limpieza, mantenimiento y comedores.

Con los sueldos actuales rondando los $700.000 (debido a las jornadas reducidas), la zona ya está experimentando una caída en las ventas minoristas.

Se estima que los trabajadores están perdiendo entre $150.000 y $250.000 mensuales por no trabajar los viernes y sábados.

En este sentido, el gremio UTICRA advierte que la implementación de "retiros voluntarios en cuotas" es una señal de vaciamiento y asegura que, sin otras industrias de similar escala en la zona, la reconversión laboral de miles de familias es, hoy por hoy, inexistente.

Góndolas inundadas de importación

Además, la posible salida de Topper como fabricante está reconfigurando de hecho el tablero del mercado deportivo argentino bajo la nueva premisa de la apertura de importaciones.

​Gigantes globales, como Adidas, Nike y Puma, comienzan a recuperar terreno rápidamente ante la producción nacional.

Al liberarse las trabas de importación, encararon planes para "inundar" las góndolas con modelos de última tecnología fabricados en Asia, con los que marcas como Topper no pueden competir en costos ni en innovación técnica.

Lo mismo pasa con marcas de segunda línea, que también están aprovechando el hueco que deja Topper en el segmento de calzado accesible, importando masivamente zapatillas de bajo costo que atraen al consumidor golpeado por la inflación.

Este sombrío panorama parece ponerle el epitafio a un modelo económico que hoy se enfrenta a su espejo más cruel, enmarcado en el fantasma de que los empleados que todavía ocupan tareas en Topper también se queden sin trabajo.

Industria sin escudo

En este sentido, expertos consultados por iProfesionan sostienen que, más allá de la crisis social que genera el cierre de plantas como la de Topper la pregunta a responder es si es rescatable la industria nacional.

Explican que, durante décadas, el modelo argentino se refugió tras el muro del proteccionismo y que el actual contexto de apertura comercial agresiva —donde las importaciones de calzado crecieron casi un 100% en el último año—, la industria local se ha quedado sin escudos.

Explican también que ​el problema no es la falta de voluntad, sino el "Costo Argentino".

Mientras las zapatillas importadas llegan con precios de escala global, las producidas en Tucumán cargan con ​una presión impositiva que asfixia el margen de ganancia; costos logísticos que encarecen el producto antes de que llegue a la góndola y falta de insumos importados necesarios para completar el proceso productivo local.

Para estos analistas, rescatar la industria nacional requiere, primero, ser honestos sobre si "fabricar" significa simplemente pegar una suela importada a una capellada extranjera.

"La verdadera industria nacional —aquella que agrega valor desde la materia prima— requiere una estabilidad macroeconómica que Argentina no ha logrado garantizar en la última década", advierten desde una de las empresas textiles más complicadas por el escenario actual.

Poca previsibilidad

Por eso entienden que la supervivencia de Topper y otras firmas emblemáticas no surgirá de intentar competir por precio con los gigantes asiáticos, a la que califican como "una batalla perdida".

Aseguran que la única vía de rescate posible parece ser la especialización de nicho y la eficiencia tecnológica.

Sin embargo, para que una empresa invierta en tecnología, necesita previsibilidad, algo que hoy brilla por su ausencia y que lleva a admitir que el modelo de "industria nacional" tal como se conoció en el siglo XX esté herido de muerte, no por falta de talento, sino por falta de competitividad sistémica.

En el mismo sentido, reconocen que para rescatar a Topper y a las familias de Aguilares, no alcanza con cerrar la frontera ni con abrirla de par en par.

Se requiere una reforma estructural que baje el costo de producir en suelo argentino ya que, de lo contrario, otras marcas históricas se irán convirtiendo en meras etiquetas sobre productos fabricados a miles de kilómetros.

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