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VIDEO | De vender tortitas negras en la calle a crear Havanna: la verdadera historia de Benjamín Sisterna

Sisterna nació en Santa Fe y tras trabajar en una confitería, en 1948 decidió fundar Havanna en Mar del Plata. Cómo nació un negocio millonario
Por MD
18/03/2026 - 11:45hs
Benjamín Sisterna de Havanna

La historia de las grandes corporaciones argentinas suele tener un inicio marcado por el esfuerzo individual y la necesidad. El caso de Havanna, la marca que se convirtió en un símbolo aspiracional de Mar del Plata y el país, no es la excepción. Su fundador, Benjamín Sisterna, representa el arquetipo del "self-made man" local: un joven que, sin herencias ni formación académica superior, logró edificar un modelo de negocio que hoy es líder absoluto en su segmento.

Cómo nació Havanna: los inicios de Benjamín Sisterna en el mundo de los negocios

Tras mudarse a Mar del Plata, Sisterna comenzó a trabajar en una confitería local, donde absorbió los secretos de la pastelería artesanal. En 1947, junto a dos socios, tomó la decisión de dar un salto de escala. El proyecto consistía en transformar un pequeño local en una fábrica de alfajores con un concepto innovador para la época: la elaboración a la vista, una estrategia de marketing que generaba confianza y cercanía con el consumidor veraneante.

(Video generado por Ubuntu Comunicación Estratégica)

Por un lado, Demetrio Elíades era un comerciante especializado en bombones y por el otro, Luis Sbaraglini y Benjamín Sisterna tenían una fábrica de alfajores llamada Gran Casino desde 1939. Fusionaron el conocimiento que tenían los tres y desarrollaron una nueva fórmula que marcó el camino de muchos emprendedores.

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Primer local de Havanna

El éxito no fue inmediato, sino producto del ensayo y error. Durante meses, los socios se dedicaron a probar recetas hasta hallar una fórmula que se diferenciara de lo que ya existía en el mercado. Finalmente, el 6 de enero de 1948, Havanna abrió sus puertas en Mar del Plata. Lo que comenzó como una apuesta focalizada en el turismo costero, pronto inició una expansión imparable por todo el territorio nacional, cruzando luego las fronteras hacia el mercado internacional.

En la actualidad, la firma ha trascendido su origen artesanal para convertirse en una potencia industrial. Havanna fabrica aproximadamente 150 millones de alfajores al año, una cifra que representa tres cuartas partes de sus ventas totales. La infraestructura de la compañía le permite abastecer a casi 500 locales distribuidos estratégicamente entre Argentina y el exterior, consolidando una red de franquicias y puntos de venta propios de alta rentabilidad.

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Demetrio Elíades, Luis Sbaraglini y Benjamín Sisterna

El legado de Sisterna es un testimonio de la movilidad social ascendente a través de la industria. Aquel chico que recorría las calles vendiendo panificados básicos terminó liderando una marca que hoy es embajadora del sabor argentino en el mundo. La clave de su permanencia ha sido la capacidad de transformar un producto tradicional en una experiencia de regalo y consumo premium, manteniendo la identidad que nació en aquella confitería marplatense.

Para el sector empresarial, el caso Havanna es un ejemplo de escalabilidad y visión de mercado. La transición de una pyme familiar a una empresa con presencia global demuestra que la calidad del producto, sumada a una ejecución comercial sólida, puede superar cualquier barrera de formación inicial. La historia de Benjamín Sisterna sigue siendo una referencia ineludible para quienes buscan emprender en el complejo escenario económico argentino.

Quién fue Benjamín Sisterna más allá de Havanna: "el chiflado de los caracoles"

Nacido en 1914 en Jobson Vera, un pequeño pueblo del norte santafesino, se crió en el campo y desde muy joven mostró una inteligencia destacada. Admirador de las canciones de Atahualpa Yupanqui, su personalidad se forjó entre el apego a la tierra y una curiosidad que, con el tiempo, lo llevaría mucho más lejos.

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Benjamín Sisterna de pequeño

No pudo completar la escuela primaria: tuvo que empezar a trabajar siendo apenas un niño. A los ocho años ya se ganaba la vida, una dinámica que no abandonaría nunca. En quinto grado tuvo que dejar la secundaria y salía a vender tortitas negras en la calle. En 1932 llegó a Buenos Aires en busca de oportunidades y, en poco tiempo, logró abrir dos kioscos de golosinas. Ese primer impulso lo acercó al negocio que marcaría su ascenso: la industria alfajorera.

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Benjamín Sisterna junto a un ejemplar de Cassis Madascariensis de las Bahamas.

Se desempeñó como ejecutivo de ventas en las fábricas "El Trébol" y luego en "Santa Mónica", dos firmas pioneras en la producción industrial de alfajores durante la década de 1930. Su capacidad comercial fue tal que, en poco tiempo, sus ingresos por comisiones igualaron los de uno de los socios de la empresa, quien terminó abandonando la firma. Sisterna no solo ocupó ese lugar, sino que consolidó su perfil como empresario en pleno crecimiento.

En paralelo, desarrolló una pasión singular que lo haría conocido como "el chiflado de los caracoles". Durante más de seis décadas viajó por distintos países en busca de ejemplares exóticos, con especial predilección por Filipinas, una región reconocida por su diversidad. Allí realizaba intercambios basados exclusivamente en la confianza: negociaciones sin contratos formales, sostenidas únicamente por la palabra. Mientras él regresaba en avión, las piezas adquiridas llegaban meses después por barco.

A lo largo de su vida reunió una colección extraordinaria: más de 30.000 caracoles pertenecientes a unas 3.000 especies. Conocía en detalle la historia de cada ejemplar, una dedicación que, aunque difícil de compartir, fue respetada por su entorno familiar.

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Benjamín Sisterna en una de sus exposiciones en los años 70

En agosto de 1990 sufrió un accidente cerebrovascular que lo obligó a retirarse de la actividad empresarial. Aunque logró una recuperación parcial y continuó viajando por un tiempo, un segundo episodio en 1993 agravó su estado de salud. Falleció en 1995.

Tras su muerte, su legado tomó una nueva forma. Su hijo Pablo y su última esposa, Azucena Biondi, impulsaron la creación del Museo del Mar, un espacio destinado a preservar y exhibir la colección. El edificio, ubicado en una casona histórica en la esquina de las avenidas Colón y Viamonte, fue concebido como una propuesta única: distintos niveles que recreaban ecosistemas, acuarios de agua dulce y salada, y una disposición de las piezas en círculos concéntricos conectados por un gran espacio central.

El museo, que también contaba con salas de cine, biblioteca, espacios para conferencias y una cafetería, funcionó entre 2000 y 2012. Su cierre respondió a dificultades económicas sostenidas en el tiempo. "Nunca fue algo realmente rentable. No hubo un solo año sin pérdidas, y el ritmo era muy grande", explicaría posteriormente Pablo Sisterna.

Así, la historia de Benjamín Sisterna trasciende el éxito empresarial para convertirse en el relato de una obsesión convertida en legado: una colección única que, durante más de una década, tuvo su propio museo en la Argentina.

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