Empezaron con $600 y hoy exportan al exterior: cómo dos estudiantes levantaron una marca millonaria de cubanitos
No hubo inversores, ni plan de negocios, ni un proyecto armado desde el inicio. Solo dos estudiantes, una máquina olvidada y una idea mínima que terminó creciendo hasta convertirse en una empresa alimenticia con presencia internacional. Ivo Kraljev y Gabriel Freites no buscaban emprender cuando todo comenzó. Querían financiar un objetivo simple: viajar. Pero una cadena de decisiones improvisadas terminó convirtiendo un trabajo de curso en una marca que hoy vende en varios países.
Una máquina olvidada y $600: el origen de un negocio que hoy crece en el exterior
El punto de partida fue casi anecdótico. Después de una clase de cocina en Rosario, una conversación informal derivó en una oportunidad impensada: una vieja máquina para fabricar cubanitos que nadie usaba y estaba a punto de descartarse. Ese elemento, que parecía sin valor, se transformó en el núcleo del proyecto. Con eso, más $600 y muchas pruebas caseras, nació la primera versión de lo que luego sería Arbanit.
Sin local ni estructura formal, los inicios fueron completamente informales. Los jóvenes salían a vender su producto en plazas, parques y zonas transitadas de Rosario, apostando al contacto directo con los clientes. Cuando el clima lo permitía, especialmente en verano, trasladaban la operatoria a la costa bonaerense, donde el flujo turístico les daba mayor volumen de ventas.
En paralelo, comenzaron a usar redes sociales y mensajería cuando todavía no eran herramientas habituales de venta para pequeños emprendedores. También dejaban muestras en bares para intentar ganar visibilidad.
Producción artesanal y logística improvisada
El crecimiento inicial se apoyó en una estructura completamente casera. Parte de la producción se hacía en un pequeño espacio familiar y otra parte en la casa de los abuelos, que terminó convertida en depósito, taller y punto de armado.
Con el aumento de la demanda, el negocio empezó a escalar de forma progresiva. Las mudanzas y cambios de espacio marcaron cada etapa del crecimiento hasta llegar a una planta industrial propia. Hoy, la producción alcanza cientos de miles de unidades mensuales entre cubanitos y nuevas variantes del producto.
El salto: cuando el producto dejó de ser uno solo
El punto de quiebre llegó cuando dejaron de pensar únicamente en cubanitos tradicionales y comenzaron a desarrollar nuevas líneas. La innovación más fuerte fue la creación de un producto con identidad propia dentro del mercado de alfajores, que rápidamente ganó reconocimiento en el sector.
A partir de allí, la empresa amplió su catálogo a múltiples variedades y empezó a trabajar en nuevas líneas de productos, incluyendo opciones proteicas y desarrollos para otros segmentos.
Crecer sin inversores: una estrategia de reinversión total
Desde el inicio, la empresa tomó una decisión clave: no incorporar capital externo. Todo el crecimiento se financió con reinversión constante de las ganancias. Ese modelo permitió expandir capacidad productiva, mejorar infraestructura y sostener el ritmo de crecimiento sin depender de terceros.
Con el paso de los años, el negocio dejó de ser local. La marca comenzó a exportar a países de la región y el Caribe, y abrió conversaciones para sumar nuevos destinos en Sudamérica.
Además, la empresa empezó a participar en ferias internacionales de la industria alimentaria, lo que le permitió ampliar contactos y visibilidad global.
Una empresa que nació sin plan y terminó siendo industria
Lo que empezó como una idea improvisada para generar ingresos terminó consolidándose como una compañía en expansión, con producción industrial y presencia en mercados externos.
Hoy, con poco más de 30 años, sus fundadores siguen al frente del negocio que creció desde una máquina olvidada hasta una marca que busca seguir ganando espacio en nuevas categorías de consumo.