Es chef, huyó de Venezuela y abrió un restaurante que es el secreto mejor guardado de Colegiales
Cuando Eliseo Martínez dejó Venezuela no sabía que algunos de los discos que había heredado de su abuelo terminarían sonando en un restaurante propio en Buenos Aires. Tampoco que aquella afición que cultivaba desde los 18 años, en paralelo con la cocina, iba a convertirse en parte central de su proyecto gastronómico. Hoy tiene 41 años, lleva casi una década en Argentina y es el fundador de Diez Treinta, un restaurante y listening bar de Colegiales que combina cocina de autor, vinos de baja intervención, arte y música en vinilo.
A Argentina llegó hace nueve años, empujado por la coyuntura política de Venezuela. "La situación sociocultural y política en Venezuela sin duda fue una de las razones fundamentales por las cuales me fui de mi país. Un país que en un principio nunca ofreció un futuro certero o, por lo menos, para nuestra generación", cuenta en diáologo con iProfesional.
Martínez se reconoce como parte de una generación que, según describe, creció sin demasiadas expectativas. "Fui parte de ese gran éxodo y de esa diáspora de más de 8 millones de venezolanos", señala. Según explica, muchos de los venezolanos que llegaron a Argentina eran profesionales que buscaban continuar ejerciendo su profesión o desarrollando su arte.
Él llegó con una profesión. Se había formado como chef en Caracas, su ciudad natal, y trabajado junto a algunos de los cocineros más reconocidos de Venezuela, entre ellos Enrique Limardo, Tatiana Mora, Carlos García y Juan Luis Martínez. Fueron años de aprendizaje en cocinas donde, dice, encontró la forma de hacer gastronomía que quería.
"Tuve la oportunidad de estar en restaurantes donde de verdad, aprendí a hacer la cocina que me gusta. Me enseñaron la parte artística, la parte del trabajo", recuerda.
La música, mientras tanto, avanzaba por un camino paralelo. A los 18 años empezó a cocinar y también a producir música y coleccionar discos. "Los discos eran de mi abuelo. Cuando él falleció, los iban a descartar y yo quise quedarme con ellos." Más de dos décadas después, la colección se multiplicó. En Venezuela dejó más de 400 discos y en Buenos Aires tiene aproximadamente 300.
Emigrar, emplearse y emprender, el camino a Diez Treinta
La llegada a Argentina no significó convertirse inmediatamente en dueño de un restaurante. Martínez trabajó casi dos años en Cantina Sunae, hasta que un accidente laboral lo obligó a dejar ese empleo. Después llegó un primer intento de emprendimiento junto a su pareja; hacían eventos a puertas cerradas en la terraza donde vivían en Palermo. La pandemia frenó ese proyecto.
Después apareció Ruda Iberá, una cafetería que abrió junto a los mismos socios con los que hoy lleva adelante Diez Treinta. Allí empezaron a trabajar con masa madre, panes, pizzas y sándwiches y a organizar pop-ups.
"Pero se nos quedó pequeño el café. Creativamente no teníamos ni siquiera fuego, todo se hacía en un anafe eléctrico. Y bueno, entre mis socios y yo buscamos la oportunidad de montar un restaurante", explica.
La búsqueda de un lugar más grande los llevó hasta Colegiales. Encontraron un antiguo garaje abandonado de una casa y decidieron transformarlo en restaurante. La elección del barrio también tuvo que ver con su vida cotidiana; Martínez vive allí, uno de sus socios también y sus hijos concurren a una escuela de la zona.
Reformaron el garaje, conservaron parte de su impronta industrial y construyeron alrededor de ese espacio el restaurante que abrió sus puertas en noviembre de 2025. La dirección terminó dando nombre al proyecto; Crámer 1030 se convirtió en Diez Treinta.
El salón tiene capacidad para unas 28 personas y un deck exterior para otras 8 a 10. Hay ladrillo, paredes de textura cruda, cañerías a la vista, columnas intervenidas y luz tenue. Una cava queda expuesta detrás de una estructura metálica y la cocina abierta permite seguir el recorrido de los platos.
"Para mí es un espacio donde puedes ir a comer comida muy rica, muy bien hecha sin que te rompan la cara con el precio y que puedas disfrutar el ambiente musical. Un espacio donde te sientas a gusto, te sientas en casa, donde bajes dos cambios", dice Martínez.
La propuesta busca justamente eso; que la gente se quede. El restaurante funciona de martes a sábado, siempre de noche, y el chef asegura que los clientes permanecen bastante tiempo. La música acompaña, pero no funciona como ambientación ni para llenar silencios. Todos los días se reproduce en vinilo, con un sistema de alta fidelidad, y la selección pasa por soul, jazz, funk, hip hop, reggae y música brasileña.
El espacio también recibe DJs, coleccionistas y amigos para sus listening sessions, encuentros en los que se reproducen álbumes completos. En paralelo, funciona como una pequeña galería; artistas y fotógrafos pueden presentar sus obras y dejarlas expuestas durante una temporada.
Cocina de autor, vinilos y un restaurante en tiempos de bolsillo ajustado
La gastronomía de Diez Treinta es más bien ecléctica. Martínez la define como una cocina del mundo, con ingredientes latinoamericanos y productos de temporada. En la carta aparecen influencias mediterráneas y asiáticas, pero sin atarse a una tradición específica.
El menú cambia cada dos o tres meses y se completa con platos fuera de carta según los productos disponibles. La cocina prepara desde cero sus pastas de curry, chiles fermentados, sriracha y caldos, mientras el picante aparece como una de las marcas de la casa.
Hay platos que sobreviven a los cambios porque el público los convirtió en clásicos; las berenjenas "unagi", el tataki de bife de chorizo, el curry de langostinos y los hongos en textura. Como "imbatibles", los define el chef.
La carta de vinos de baja intervención sigue una lógica parecida. Martínez busca pequeños y medianos productores de distintas regiones vitivinícolas argentinas y quiere que convivan etiquetas de Mendoza con vinos de Jujuy, Córdoba y Patagonia. "La idea es que cocina y bebidas tengan el mismo espíritu; productos menos obvios, productores pequeños y una búsqueda que se aparte de los recorridos gastronómicos más previsibles", señala.
El problema es que construir una identidad no garantiza que el público llegue. Diez Treinta abrió en un momento complejo para la gastronomía y, después del impulso inicial de la novedad, tuvo que enfrentarse con una caída del consumo que Martínez calcula entre 30% y 40% respecto del año anterior.
"Sentimos que bajó bastante el consumo, sentimos que ha estado mucho menos consistente.", cuenta. Hay noches en las que el restaurante se llena, pero los días de semana tienen menos público y los recambios de mesas son menores.
La estrategia fue reforzar el marketing y trabajar con influencers, aunque el resultado no fue el esperado. Para Martínez, también existe un problema de percepción; siente que parte del público interpreta a Diez Treinta como un lugar más formal de lo que realmente es. "Está pensado más como los listening bar de Portugal, Río de Janeiro o de Medellín, donde puedas hacer una previa y comerte algo rico mientras te tomas un vino y después continuar en otro lado", explica.
El ticket promedio de Diez Treinta se ubica entre $35.000 y $40.000 por persona. Martínez asegura que, dentro del mercado gastronómico de Colegiales, el precio está en línea con otras propuestas similares, aunque reconoce que el público se volvió más selectivo a la hora de decidir dónde salir.
A eso se suma una característica del local que inicialmente parecía parte de su encanto; está en una calle frente a las vías del tren, con poca circulación peatonal. El lugar es íntimo y tranquilo, pero no funciona como un restaurante de paso.
Martínez observa que, aunque el consumo gastronómico se contrajo, los bares y boliches con identidad continúan teniendo público. Por eso él y sus socios ya piensan en un nuevo proyecto; todavía sin ubicación ni fecha, pero con una idea bastante definida.
Quieren llevar la comunidad que construyeron alrededor de Diez Treinta hacia un formato más de bar, con una barra, tragos de autor, música, discos y eventos. Un espacio más descontracturado, donde el ticket pueda ser menor y la permanencia, más flexible.
"Yo veo que el consumo bajó, pero los boliches y los bares siguen estallados. La gente sigue yendo, aparte si es un boliche con onda o si es un bar con onda no puede fallar. Siento que la gente está mutando mucho más para ese lado", analiza.
Mientras tanto, Diez Treinta sostiene una estructura de siete personas y continúa buscando su lugar en Colegiales.
El chef venezolano que llegó a Argentina hace nueve años, después de dejar atrás un país donde no encontraba el futuro que esperaba para su generación, hoy intenta hacer crecer Diez Treinta sin resignar aquello que lo hizo diferente desde el comienzo; cocina de autor, vinilos y vinos de baja intervención, en un restaurante y listening bar de Colegiales construido alrededor de una historia que empezó mucho antes de Crámer 1030.