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Temor al desabastecimiento, empleo precario, suba de precios: los factores argentinos que aceleran la crisis del coronavirus

Temor al desabastecimiento, empleo precario, suba de precios: los factores argentinos que aceleran la crisis del coronavirus
La realidad social argentina, con su dosis de informalidad económica, hace que sea más difícil que en otros países la aplicación de medidas drásticas
Por Fernando Gutiérrez
16.03.2020 06.56hs Política

Alberto Fernández está experimentando en carne propia la vieja definición de la política como "el arte de lo posible". Y ya tomó nota de que en Argentina, el margen de lo posible puede ser mucho más acotado que en otros lugares del mundo.

Al admitir que se analiza la posibilidad de una paralización total de actividades por 10 días, el presidente advirtió sobre los motivos que lo llevan a dudar. La primera, según dijo explícitamente, es porque esa medida "tiene consecuencias económicas".

Y luego dejó entrever cuáles son las limitantes de tipo social: dijo que hay que "estamos buscando el momento" y reconoció que sólo pueden faltar a su trabajo y permanecer en su casa "si en el trabajo toleran su ausencia".

Y ahí el presidente dejó esbozada la debilidad social y cultural de los países con economía frágil. Con un desempleo de dos dígitos y una informalidad laboral que alcanza a un 30% de la población, el objetivo de que todo el mundo paralice sus actividades es sencillamente impracticable.

De hecho, sólo los empleados en relación de dependencia, que trabajan en el área de administración y servicios y que se desempeñan en empresas donde se aplican prácticas de estándar internacional pueden pensar en un pasaje masivo al teletrabajo. Y, aun así, muchos tienen dificultades desde el punto de vista tecnológico, como ya advirtieron los expertos en redes y home office.

Pero, ¿cómo plantear la semana de paralización preventiva por el antivirus a un monotributista, o a un empleado de comercio o a quien tiene un oficio y se queda sin ingreso la semana que no trabaja?

Ciertas actitudes que parecen claras y fáciles de tomar cuando se está en un debate de Twitter no resultan tan fáciles cuando alguien siente que pone en juego su estabilidad laboral o que puede peligrar su nivel de ingresos.

Es uno de los grandes desafíos del Gobierno, que oscila entre apelar a la buena voluntad de la población o imponer medidas compulsivas con amenazas de sanción. Como ya ocurrió con la cuarentena para quienes regresaban de un viaje al exterior.

Lo visto hasta el momento es que el Gobierno no ha podido evitar la sensación de correr de atrás a los hechos. La suspensión de las clases ocurrió cuando ya buena parte del sistema educativo había adoptado esa medida de hecho y cuando había presión por parte de padres preocupados.

Y en cuanto a la circulación de personas, los indicios marcan que será complicado avanzar más allá de la exoneración de empleados estatales para concurrir a sus oficinas, que es una de las medidas que se considera inevitable.

El regreso de viejos fantasmas

Pero los problemas no terminan allí, sino que más bien empiezan. Porque luego está el manejo del temor colectivo al desabastecimiento de productos esenciales, algo que ya quedó en evidencia este fin de semana.

Por lo pronto, los barbijos y alcoholes en gel se transformaron en los objetos de deseo más difíciles de conseguir, con una virtual falta en las farmacias de los grandes centros urbanos.

Y la histeria se trasladó también a los supermercados, donde este fin de semana se vieron escenas de largas filas ante los mostradores de cortes de carne, así como aprovisionamientos a gran escala de papel higiénico, productos de higiene y comidas enlatadas.

El desafío para los próximos días en el área de comercio interior será evitar que la cadena logística se fuerce al punto de que se rompa y haya faltantes de productos clave justo en el momento en que la población está más nerviosa y en la que se supone no debería exponerse a permanecer mucho tiempo en lugares públicos.

Además, como lo ha demostrado la historia en infinidad de ocasiones, son estos los momentos proclives a picos inflacionarios y a distorsiones de precios relativos, ante los aumentos bruscos de demanda y los cuellos de botella en la producción.

El presidente anunció topes de precios para productos como alcohol en gel, y posiblemente se tenga en el cajón la aplicación de medidas similares si la escasez se trasladara al rubro alimentos. Pero también en esos casos la historia ha demostrado que se dan las condiciones ideales para el florecimiento de los mercados negros, algo que las posibilidades tecnológicas de hoy exacerban de una manera nunca vista.

Como prueba de ello, en los últimos días ya se ha visto en los sitios más populares de e-commerce la oferta de barbijos a precios astronómicos.

Pero acaso lo peor de todo sea la incertidumbre respecto de cuánto durará la epidemia y su distorsión de la vida social y económica. De momento, las autoridades actúan como si el problema fuera a tener su punto de tensión máxima en los próximos días y se pudiera solucionar con una paralización de actividades de una o dos semanas.

Pero lo cierto es que nadie sabe si eso ocurrirá así. En Europa, con un sistema de salud colapsado, nadie se anima a pronosticar que la crisis está en su curva descendente, y allí juega a favor la perspectiva de que la llegada de la primavera irá aliviando la situación.

Aquí, en cambio, todavía no se vio lo peor.

Mirando la "maquinita"

Mientras tanto, Alberto Fernández observa lo que hacen sus colegas  de otros lugares del mundo y trata de aplicar las medidas drásticas a la sensible realidad argentina. El domingo, al tiempo que en Olivos se debatía sobre la suspensión de las clases, desde Estados Unidos se comunicó que la Reserva Federal implementaría una nueva inyección de dólares –quantitative easing, en la jerga financiera- para prevenir una recaída en la salud económica.

Lo cual exacerba a nivel argentino el debate sobre si hay que seguir ese ejemplo o mantener la cautela. Como hace tiempo advirtió Cristina Kirchner, la maquinita de emitir dólares sólo está en Estados Unidos, lo cual hace que ese tipo de expansión no sea tan fácil de emular sin las previsibles consecuencias inflacionarias.

Pero lo cierto es que en las crisis cambian las prioridades. Y cuando todos los factores juegan en contra, no parece que una disciplina monetaria a contramano del mundo vaya a estar entre las preocupaciones centrales del Presidente.

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