Subimos al Obelisco: cómo es la experiencia y cuánto cuesta ver la ciudad desde el gran emblema porteño
El próximo 23 de mayo el Obelisco cumplirá 90 años y Buenos Aires lo celebra permitiendo redescubrirlo desde adentro. El monumento más emblemático de la ciudad, escenario habitual de festejos, protestas y postales turísticas, ahora ofrece visitas a su mirador ubicado a más de 60 metros de altura. Está ahí, inmóvil, en el epicentro porteño. Pero durante casi nueve décadas fue, sobre todo, un símbolo para mirar desde abajo. Hasta ahora.
La visita empieza en plena Plaza de la República, rodeada por el caos perfectamente coreografiado de la avenida 9 de Julio. El tránsito nunca se detiene del todo. Colectivos, bocinazos, turistas sacándose fotos, oficinistas apurados y vendedores ambulantes conviven bajo la sombra del monumento diseñado por el arquitecto tucumano Alberto Prebisch, inaugurado en 1936.
Antes de subir, un guía pone en contexto la historia del edificio. El Obelisco fue construido para celebrar los 400 años de la primera fundación de Buenos Aires y también como homenaje a la República Argentina. Se levantó en tiempo récord y desde el primer día sus cuatro caras quedaron marcadas con inscripciones que recuerdan cuatro momentos fundacionales: la primera fundación de 1536, la segunda y definitiva de 1580, la declaración de Buenos Aires como capital de la República, y el izamiento de la Bandera Nacional por primera vez en la ciudad, en 1812, en la torre de la iglesia San Nicolás de Bari que existía en ese preciso lugar antes de que el obelisco la reemplazara.
Mide 67,5 metros de altura y las pequeñas ventanas que se observan desde abajo —esas diminutas aberturas que parecen imposibles de alcanzar— están ubicadas a unos 64 metros.
Durante décadas, el interior del monumento permaneció prácticamente vacío. Oscuro, sin iluminación y sin ningún atractivo turístico. Apenas servía para sostener cámaras que monitoreaban el tránsito porteño. Los pocos que accedían a la cima debían subir 206 escalones angostos y empinados, equivalentes a un edificio de 22 pisos.
Incluso tenía un uso mucho menos glamoroso del que cualquiera imaginaría para uno de los símbolos más famosos de la Argentina. Los barrenderos de la ciudad lo utilizaban como una especie de vestuario informal. Terminaban el turno, dejaban allí sus herramientas y las retiraban al día siguiente. Ese era, literalmente, el principal uso que tenía el Obelisco por dentro.
Más de 12.200 piezas y debajo de los pies, el subte que vibra
Todo eso cambió con la obra que comenzó en noviembre de 2024 y culminó en mayo del año pasado. Un ascensor moderno instalado pieza por pieza dentro de la estructura permite alcanzar los 55 metros en menos de un minuto. La obra fue un verdadero rompecabezas gigante, las más de 12.200 piezas ingresaron por la pequeña puerta y se ensamblaron dentro del monumento desde abajo hacia arriba sin alterar la estructura original.
El espacio es tan reducido que los materiales de construcción sólo podían ingresar martes y viernes, porque no había lugar para almacenarlos.
El guía explica que el Obelisco "respira" y señala una rejilla de metal. Por debajo pasan dos líneas de subte. La línea D circula apenas a unos metros y cada formación genera una vibración perceptible en la estructura. Arriba, efectivamente, el monumento se mueve. Apenas. Lo suficiente para sorprender.
Esa vibración incluso alteró la historia del edificio. Aunque hoy luce completamente blanco, originalmente el Obelisco estaba revestido con placas de piedra calcárea traída de Córdoba. Pero el movimiento constante provocado por el subte comenzó a desprender las losas, que caían sobre la vereda y representaban un peligro para los peatones. En 1939 decidieron retirarlas y reemplazarlas por el revestimiento actual, cemento pintado con látex color "piedra París", con líneas grabadas para imitar la textura original.
La línea B también pasa por debajo, pero está casi 20 metros más profunda, así que no se percibe. Lo que sí se puede ver, dependiendo de cómo uno se ubique sobre la rejilla, es la estación Carlos Pellegrini. La gente esperando el subte, en miniatura, mirando hacia arriba sin saber que alguien los observa desde adentro del Obelisco.
El ascensor es silencioso y rápido. En menos de un minuto, la puerta se abre y uno está a 55 metros de altura. El último tramo es por escalera caracol, los últimos 30 escalones son angostos pero completamente manejables.
Buenos Aires desde las alturas
"Relajensé un momento y van a sentir cómo vibra", dice la coordinadora que espera en la cima a los turistas.
Y se siente.
Ahí arriba, Buenos Aires cambia completamente de escala.
Desde las cuatro ventanas orientadas a cada punto cardinal, la ciudad parece otra. La avenida Corrientes se extiende como un río de luces y edificios. La 9 de Julio pierde dramatismo y se vuelve una maqueta perfectamente simétrica. Hacia el norte asoman las cúpulas del centro porteño; hacia el sur, el histórico edificio del ex Ministerio de Desarrollo Social —el de la imagen de Eva Perón— corta la avenida como un barco de hormigón. Fue el primer rascacielos encargado por el Estado Nacional y se inauguró apenas cuatro meses después que el Obelisco.
El viento golpea constantemente las ventanas cerradas. Incluso desde adentro se escucha el silbido del aire atravesando la estructura.
Antes de bajar, la coordinadora señala algo que está justo arriba de las ventanas: firmas. Nombres escritos a mano en el hormigón que datan de 1936 y 1939. Son las firmas de los obreros que construyeron el Obelisco. Están ahí, intactas, a 64 metros de altura, en el lugar más inaccesible que uno pueda imaginar. Nadie las vio durante casi nueve décadas. Son el único graffiti del Obelisco que no genera controversia.
Hay algo hipnótico en observar la ciudad desde ese punto. No es sólo la altura. Es la sensación de estar suspendido exactamente en el centro de Buenos Aires, viendo cómo todo sucede al mismo tiempo debajo.
Los turistas intentan sacar fotos evitando el reflejo del vidrio. Otros simplemente miran en silencio. Algunos descubren recién ahí que el Obelisco no es completamente rígido. Otros buscan identificar edificios conocidos o las diagonales porteñas que se abren como cicatrices geométricas sobre el damero urbano.
La visita dura apenas 20 minutos, pero alcanza para resignificar completamente el monumento.
El Obelisco siempre fue una postal colectiva. El lugar donde se festejan campeonatos del mundo, donde terminan las marchas, donde la ciudad celebra y protesta. Pero estar adentro permite entender otra dimensión del edificio. Una más íntima. Se escuchan las vibraciones del subte, se percibe el viento golpeando el hormigón y se descubre Buenos Aires desde otra perspectiva.
La experiencia puede adquirirse directamente en web Mirador Obelisco. Las visitas funcionan todos los días de 9 a 21. Las entradas para residentes cuestan $18.000, mientras que jubilados y chicos de entre 4 y 11 años pagan $14.500. Para no residentes, la tarifa general es de $36.000 y los menores abonan $29.000. La edad mínima para ingresar es de 4 años.
También la plataforma turística Civitatis incorporó el paseo a su catálogo internacional, con tickets desde 21 dólares.
A días del 90° aniversario
El 23 de mayo, dentro de apenas 5 días, el Obelisco cumple 90 años. Habrá festejos, proyecciones de imágenes históricas sobre el monumento y una gran celebración en Plaza de la República. La ciudad tiene planeado un mapping sobre la estructura, el mismo tipo de intervención luminosa que en los últimos años se usó para celebrar el lanzamiento del cohete Artemis o para homenajear al Papa Francisco.
El espectáculo estará acompañado por música en vivo, intervenciones artísticas y performances itinerantes que buscarán transformar el centro porteño en una gran experiencia cultural al aire libre.
Además, habrá una edición especial de Corrientes 24HS, que se extenderá desde Avenida Callao hasta Cerrito, con artistas callejeros, propuestas musicales y una fuerte participación del circuito gastronómico y teatral. La celebración terminará, como ocurre desde hace casi un siglo con cada festejo importante de la ciudad, alrededor del Obelisco.