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Fiscalía emitió dictamen por violencia de género contra el vecino de una joven y busca sentar precedente

Fiscalía emitió dictamen por violencia de género contra el vecino de una joven y busca sentar precedente
Una medida de un fiscal subrogante privilegia la vida cotidiana de la víctima. La tobillera electrónica que pose el denunciado dispara alarmas. No alcanza
Por Andrea Catalano
07.11.2019 06.05hs Tecnología

Un dictamen a favor de una mujer que denunció violencia de género de parte de un vecino logró una perimetral de 1.000 metros, la orden de que no viva más en el departamento pegado al suyo y el uso de dispositivos electrónicos que disparen alarmas en caso de que esta disposición no se cumpla. Se trata de una medida preventiva en donde, a diferencia de otros casos, la mujer podrá seguir haciendo su vida y no se tendrá que ir de sus ámbitos cotidianos para mantenerse segura.

La determinación de preservar mediante esta disposición la vida cotidiana de la víctima, Verónica S., es un primer paso para avanzar hacia el juicio que impulsa junto al fiscal subrogante que entendió en el caso.

El denunciado usa desde el último lunes una tobillera electrónica que no debería poder sacarse. La denunciante posee un geolocalizador que dispara una alarma si él se acerca o rompe la medida perimetral. Alarma que también pone en aviso a las fuerzas de seguridad.

Hasta ahora, Verónica venía usando un botón antipánico, que le provocaba más dolores de cabeza que ayuda. Se trataba de un dispositivo viejo, con escasas horas de duración de la batería, que la obligaban a estar permanentemente atenta a esa situación porque, si se descargaba, enviaba una alerta a la policía. Y si ella no lo cargaba bien, también. Es decir, su mal funcionamiento no cumplía con la función que tenía.

Con el aparato que le entregaron el último sábado se supone que ella debería estar más tranquila, no sólo porque desde la fiscalía le aseguraron que ante cualquier intento del denunciado por quitársela será posible saberlo y actuar en consecuencia sino también porque, el dispositivo tiene alcance nacional.

La tranquilidad es relativa. Desde el primer día que el denunciado tuvo la tobillera, puesto que vive en el mismo edificio que ella, en el departamento de al lado, las alarmas suenas de manera constante. El denunciado viola la perimetral de manera constante. Las alarmas también suenan a cada rato.

"El dispositivo que me dieron ahora también funciona como botón antipánico. Tiene que estar siempre cargado, aunque a diferencia del anterior tiene unas 10 horas de autonomía, lo que es más tranquilizador. Y tiene la ventaja de que yo me puedo conectar con la fiscalía y la policía y ellos conmigo", contó Verónica a iProfesional, luego de este dictamen.

A diferencia de otros dictámenes sobre violencia de género, la particularidad de este, a cargo del fiscal subrogante Carlos Rolero Santurain, de la fiscalía 27 de la Ciudad de Buenos Aires, es que el denunciado es un vecino. No es pareja ni ex pareja, como en la mayoría de las denuncias sobre violencia de género donde se toman disposiciones similares, como la restricción perimetral.

Y vale reiterar. Es el denunciado quien deba abandonar el lugar en el que vive –el departamento al lado de Verónica- y no ella, y también estar alejado de esa zona, 1.200 metros. Será él quien deba mantenerse alejado de los lugares por los que se mueva ella, aún en aquellos casos en que ella, por cualquier hecho fortuito, esté acercándose a la zona donde se encuentre él. Por ejemplo, al cruzar por una plaza.

El tema es que, desde que posee la tobillera, el denunciado no respeto los 1.000 metros de restricción perimetral. El dispositivo comienza a sonar cuando la distancia entre ambos es de 1.200 metros. Entonces la policía está a cada instante no sólo llamando al muchacho para que se aleje sino también a Verónica para saber si está bien. Sin dejar de lado que, a veces, hasta la policía debe acercarse hasta el lugar.

Como el denunciado fijó domicilio a unas 12 cuadras de donde vive la víctima, el mínimo movimiento dispara alarmas. Evidentemente, el sistema aún necesita ser perfeccionado.

Si bien uno de los puntos interesantes del dictamen (bajo la denuncia MPF 342579) es que el agresor es quien tiene que alejarse y no la víctima –como suele suceder en gran parte de los casos de violencia de género- el sistema aún necesita ajustes para que la medida pueda ser cumplida, en este caso, por el denunciado. Y la denunciante esté realmente tranquila.

Ajuste que también debe tener garantías a nivel nacional. Otro de los aspectos interesantes del botón que le entregaron es que cada vez que la víctima sale de Buenos Aires, tendrá que avisar a las fuerzas de seguridad que, a su vez, deberán estarán atentas a cualquier movimiento sospechoso que detecten a través de la tobillera del denunciado.

Cuando la violencia viene de al lado

¿Cómo se llegó a esta determinación? Aquí viene la historia.

Verónica vive en Boedo en un monoambiente desde hace dos años. En uno de esos edificios de muchos departamentos donde se escucha todo. Es periodista, y trabaja de manera independiente en comunicación con empresas.

En el departamento de al lado, el de la izquierda, viven una abuela, con su hija y su nieto, de unos 20 años, al que llamaremos Ernesto aunque no es su nombre real. Siempre hubo una buena relación de vecinos, más allá de que, cada tanto, Verónica escuchaba algunos gritos y malos tratos de parte del chico hacia las mujeres.

Un día de 2018 comenzaron los problemas más serios. Los vecinos del piso en el que vive Verónica y los de abajo comenzaron a quejarse ante la administración porque este chico usaba el pasillo para "guardar" la bicicleta, lo que impedía que las personas pudieran moverse cómodamente por ellos.

Luego, comenzaron a aparecer amigos de este chico que no vivían en el edficio deambulando por los pasillos, o dormidos en las escaleras, rodeados de botellas vacías y colillas de cigarrillos.

Las quejas fueron creciendo. Los grupos de Whatsapp de los vecinos donde se compartían las fotos de las diversas situaciones y los reclamos al administrador se hacían intensos. También las discusiones en el departamento de al lado de Verónica, los golpes y los portazos. Corría febrero de 2019.

Aunque eran varios los testigos de esta situación la duda era si debían llamar a la policía o no. "Muchas somos mujeres que vivimos solas y nos daba miedo la situación", contó la misma Verónica.

Ella era la principal testigo de la situación de violencia que cruzaba las paredes del departamento de al lado. Y lo advertía en el chat de Whatsapp. Temía que pudiera ocurrir una tragedia.

"Un día un vecino llamó a la policía. Ese día se escuchó claramente que el chico le pegó a la madre y a la abuela, había gritos. La violencia era clara.

No fui yo quien llamé porque, de hacerlo, ellos me escucharían", amplió Verónica. No lo hizo no porque no tuviera conciencia sino porque tenía, básicamente, temor.

Después de esa situación hubo una denuncia por violencia de género. El muchacho se fue de la vivienda. Si bien volvió varias veces durante un tiempo ni su mamá ni su abuela lo dejaron entrar. Aunque al edificio sí lo hacía.

La policía, entonces, pidió a los vecinos que cambiaran la cerradura, de modo de impedir el ingreso al edificio. A eso se sumó una custodia policial porque Ernesto sería merodeando el edificio. Pretendía entrar.

Esa custodia duró un mes. Mes en el que Ernesto pudo ingresar varias veces al edificio porque, cuando los policías se distraían, o su mamá o su abuela lo dejaban entrar. La excusa era que iba a buscar ropa, o que necesitaba otra cosa.

No pasaron dos meses que el joven volvió al departamento. "Pero volvió con más ínfulas que antes. Se profundizó el mal comportamiento que había mostrado previamente. El y sus amigos estaban en las escaleras, en los pasillos, tirados, rodeados de cerveza, orinados. A tal punto era la situación que una noche una vecina contó que se fue a dormir a otro lugar porque el grupo estaba en la puerta de su departamento y le dio miedo ingresar", describió Verónica.

Como las quejas de los vecinos continuaron el administrador le puso una multa, de unos $300, que llegó en agosto pasado, junto con las expensas.
"Cuando lo recibí se armó un bardo tremendo. Ya se venía escuchando la violencia que crecía. Alguien volvió a llamar a la policía y cuando vino, gritó: "Esta es la mogólica de al lado, le voy a arrancar la cabeza", relató Verónica.

No pasaron tres minutos, y Ernesto no sólo seguía con los gritos sino que salió de su departamento para dirigirse directamente a la puerta de su vecina para patearla y golpearla con los puños.

"Mogólica salí que te voy a arrancar la cabeza", me decía, siguió Verónica. "Y todo esto sin que yo hiciera nada. Nunca le hablé, no lo denuncié, no hice nada. De fondo, la abuela le decía que volviera porque no era yo, mientras el seguía insultando", agregó.

Temblando, Verónica trató de destrabar su teléfono móvil para grabar lo que estaba ocurriendo y, así, los vecinos pudieran saber. Cuando la abuela logra retirarlo de la puerta, Verónica la abrió –estaba cerrada con llave, de lo contrario se la hubiera tirado abajo, aseguró- y le preguntó, mientras continuaba grabando con su celular, qué le pasaba.

El siguió amenazándola con arrancarle la cabeza. La abuela lo justificaba diciendo que se había puesto nervioso por la multa. Verónica les advirtió, recién en ese momento, que haría la denuncia si la amenaza continuaba. Y llamó a la policía, que vino rápidamente, pero ella no podía bajar.

Ernesto estaba gritando, como loco, en el pasillo. Si ella salía de su casa se toparía con él. El pasillo que llevaba al ascensor se había convertido en una especie de callejón sin salida.

Entonces la policía tocó el timbre del departamento de Ernesto. Ahí bajaron todos. Verónica también.

Fue el momento en que la periodista efectuó la denuncia en la fiscalía 27 de la Ciudad de Buenos Aires, comisaría 5B. La policía le ofreció la contención necesaria para sobrellevar ese momento. En la fiscalía, después de una hora y media de declaración, le dijeron que ya podía volver a la casa y que, cualquier problema, llamara al 911. Esta primera recomendación no resultó tranquilizadora

Tras ratificar y ampliar la denuncia, Verónica se vio obligada a hacer una "reforma" en el timbre de su casa. Como Ernesto no podía entrar al edificio, se iba hasta la puerta y apretaba el timbre del departamento de, ahora sí, su denunciante. Ella tuvo que incluir un interruptor para evitar recibir los timbrazos de noche y poder conciliar el sueño.

"Una claramente no piensa que esto le pueda pasar. Porque tendemos a pensar que la violencia de género se suele dar en el marco de la pareja. Pero no, es más amplia", reflexionó Verónica.

Cuando ratificó y amplió su denuncia en la Fiscalía de Paseo Colón incluyó en esa presentación a la mamá de Ernesto, porque también la amenazó. A partir de esa situación, se instaló una custodia permanente en la puerta del edificio, además de haber sido provista con el botón antipánico. Ese que difícilmente funcionara bien.

La historia dio un vuelvo cuando Verónica logró ponerse en contacto con el fiscal subrogante. Ahora se espera que la denuncia avance y llegue a la instancia del juicio. En el medio están la tobillera, las provocaciones y las alarmas. Un avance, claro que sí. Pero todavía con mucho más para trabajar.

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