Adiós a la vieja banca: cómo la tecnología transforma las reglas
La masificación de los pagos digitales, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) y la velocidad de la innovación están redefiniendo el sistema financiero a una escala sin precedentes. En este escenario, Guardline, una compañía enfocada en tecnología aplicada a la gestión de riesgos, prevención de lavado de activos y compliance para el sector financiero y actores regulados de América latina, acompaña la evolución de bancos y fintechs mediante herramientas modulares de desembarco, monitoreo y prevención de fraude.
En la siguiente entrevista de iProfesional, Agustín Pesce, exdirector del Banco Central y actual director ejecutivo de la compañía para América latina, analiza los desafíos de este nuevo ecosistema, la relación entre bancos y fintechs, y el rol clave de la regulación frente al fraude digital.
Pesce es abogado especializado en regulación financiera y prevención de lavado de activos, con una extensa trayectoria en el sistema financiero argentino y regional, tanto en el sector público como privado.
-Usted pasó por el Banco Central, el Banco Nación, la UIF y empresas como Red Link y Prisma. Desde esa experiencia acumulada, ¿en qué se diferencia lo que está ocurriendo ahora en el sistema financiero argentino respecto de otros ciclos de modernización tecnológica que le tocó vivir?
-La irrupción de la tecnología está generando una redefinición del sistema financiero a escala global, regional y local como nunca antes. Estamos atravesando un proceso de innovación cuya velocidad y alcance no tienen precedentes.
Uno de los principales factores detrás de esta transformación es la reducción de los costos de las infraestructuras tecnológicas. A lo largo de la historia, cada vez que esto ocurrió se produjeron grandes cambios estructurales. Sucedió con la Revolución Industrial, cuando las máquinas permitieron desarrollar procesos de producción más eficientes, y posteriormente con internet, que redujo drásticamente los costos de las comunicaciones.
Hoy estamos viendo un fenómeno similar en el sistema financiero. Nunca antes fue tan eficiente, accesible, económico e interoperable. Esta reducción de costos permitió la incorporación de nuevos participantes, infraestructuras, productos y usuarios, pero también dio lugar a nuevos riesgos.
Durante años hablamos de inclusión financiera. En mi opinión, ese proceso ya se produjo en gran medida en la Argentina. Lo que podemos discutir ahora es su profundidad. Según informes del Banco Central, millones de argentinos cuentan tanto con cuentas bancarias como con cuentas de pago, y la digitalización de las transferencias y los medios de pago transformó profundamente la manera en que las personas utilizan los servicios financieros.
La diferencia fundamental respecto de otros ciclos es que antes la modernización se producía en determinados participantes del mercado. Hoy estamos frente a una transformación de todo el ecosistema, donde entidades, infraestructuras y usuarios interactúan de manera cada vez más integrada.
-La convivencia entre bancos tradicionales y fintech fue durante años un tema de tensión. ¿Considera que hoy la relación evolucionó hacia un modelo más integrado o todavía persisten fricciones que frenan al sector?
-Hoy no hablaría tanto de convivencia entre bancos y fintech, sino de participación dentro de un mismo ecosistema financiero. Todos están atravesando un proceso de interoperabilidad, fundamentalmente en materia de pagos, donde las fronteras entre los distintos modelos de negocio comienzan a desdibujarse.
Actualmente, los bancos incorporan funcionalidades propias de las fintech y las fintech comienzan a desarrollar servicios tradicionalmente asociados a los bancos. Esto refleja una integración cada vez mayor entre los distintos participantes del sistema.
El próximo gran paso será la interoperabilidad de los datos. Creo que vamos hacia un modelo de open data, en el que la información podrá interactuar no solamente dentro del ecosistema financiero, sino también con otros sectores.
Una eventual regulación de open finance por parte del Banco Central podría contribuir a consolidar este proceso, permitiendo una mayor integración de las operaciones y una visión más completa del sistema.
La inteligencia artificial se instaló como protagonista en todas las actividades. En el caso específico de la prevención del lavado de activos y la gestión de riesgos, ¿qué puede hacer hoy la IA que antes era inviable y qué limitaciones concretas sigue teniendo?
-La inteligencia artificial representa un avance fundamental en términos de eficiencia para los sistemas de prevención del lavado de activos y la gestión de riesgos. Uno de los principales desafíos de estos sistemas es la enorme cantidad de alertas que generan. En un estudio que realicé para ADEBA, observamos que aproximadamente el 95% de las alertas analizadas no termina en un reporte de operación sospechosa. Esto implica una importante utilización de recursos humanos y tecnológicos en procesos que, en su gran mayoría, no derivan en un reporte.
La inteligencia artificial permite trabajar sobre este problema mediante modelos de aprendizaje capaces de identificar patrones históricos, reconocer alertas que reiteradamente resultan irrelevantes y mejorar los criterios de detección y priorización.
Al mismo tiempo, la IA se posiciona como una herramienta de asistencia para los analistas. A través de agentes inteligentes, es posible optimizar la gestión de alertas y facilitar el trabajo de quienes deben investigar y evaluar las operaciones.
El desafío sigue estando en lograr que estos sistemas sean cada vez más eficientes sin perder la capacidad de identificar riesgos relevantes. La tecnología debe contribuir a mejorar los procesos de análisis y la calidad de las decisiones.
-En la Argentina, la adopción de nuevos medios de pago creció muy rápido en los últimos años. ¿Ese ritmo de expansión fue acompañado por controles de riesgo y compliance proporcionales, o se generó una brecha peligrosa?
-El crecimiento de los medios de pago digitales y la interoperabilidad del sistema financiero avanzaron a una velocidad extraordinaria. Hoy podemos ver operaciones que, en cuestión de segundos, atraviesan distintos tipos de entidades y proveedores de servicios financieros, incluso con transferencias internacionales.
Sin embargo, la regulación no siempre logra avanzar a la misma velocidad que la innovación. Este es un desafío que enfrentan los reguladores a nivel global, no solamente en la Argentina. La incorporación de nuevos participantes, con distintas obligaciones y marcos regulatorios, genera riesgos operacionales, tecnológicos y vinculados con la prevención del lavado de activos.
Uno de los principales desafíos es el arbitraje regulatorio. Cuando existen diferencias entre las exigencias aplicables a los distintos participantes, pueden aparecer zonas grises que permiten canalizar operaciones a través de los eslabones menos controlados del sistema.
A esto se suma la fragmentación de la información. Ni las entidades ni los reguladores cuentan necesariamente con una visión consolidada de la actividad de los usuarios. Por eso, el gran desafío es avanzar hacia una integración que permita acompañar la innovación con controles más coordinados y una comprensión integral de los riesgos.
-¿Cuáles son las principales diferencias que encuentra entre el mercado argentino y el de otros países de la región en materia de regulación y madurez tecnológica?
-Considero que Argentina, junto con Brasil, se encuentra entre los países más destacados de la región en materia de innovación tecnológica aplicada al sistema financiero. En particular, Argentina ha desarrollado procesos de innovación muy interesantes en el ecosistema de pagos, donde la digitalización y la interoperabilidad permitieron transformar la manera en que los usuarios realizan sus operaciones.
De todas formas, la madurez tecnológica también plantea nuevos desafíos regulatorios. A medida que se incorporan participantes, productos e infraestructuras, resulta cada vez más importante contar con marcos capaces de comprender el funcionamiento integral del ecosistema y los riesgos asociados.
En ese sentido, creo que uno de los próximos grandes avances estará vinculado con la interoperabilidad de datos y el desarrollo de esquemas de open finance, que permitan una mayor integración entre los participantes y los reguladores.
-¿Qué desafíos técnicos y regulatorios presenta hoy verificar la identidad de una persona en la Argentina?
Hoy considero que la verificación de identidad se ha convertido prácticamente en un commodity dentro del sistema financiero. El KYC es una herramienta incorporada por los distintos participantes en función de sus obligaciones regulatorias y, desde el punto de vista tecnológico, su implementación ya no representa el mismo desafío que años atrás.
El problema está en la fragmentación de la información. Actualmente, una misma persona puede tener perfiles diferentes en un banco, una fintech o un proveedor de servicios de activos virtuales, sin que exista necesariamente una visión consolidada de su actividad en todo el ecosistema.
Creo que vamos hacia un proceso de mayor concentración de estas funciones en infraestructuras compartidas. Imagino grandes orquestadores tecnológicos ofreciendo servicios de validación de identidad, KYC y KYB, a los que los distintos participantes podrán integrarse directamente. Esto permitiría avanzar hacia una mayor integración de la información y de los procesos de validación, acompañada por una coordinación regulatoria más amplia.
-El fraude financiero digital se ha sofisticado mucho en los últimos años. ¿Qué patrones nuevos están detectando y qué herramientas tecnológicas resultan más efectivas para anticiparlos?
Uno de los principales problemas que estamos observando está relacionado con la fragmentación del ecosistema financiero y la falta de una visión consolidada de los usuarios. Actualmente, una persona puede operar a través de diferentes entidades, proveedores de servicios de pago y plataformas de activos virtuales, cada uno con su propio perfil de cliente y sus correspondientes exigencias regulatorias. Esa fragmentación genera espacios de vulnerabilidad, particularmente en los procesos de identificación y en el seguimiento de las operaciones.
La interoperabilidad permite que las transacciones circulen cada vez más rápido entre distintos participantes, pero al mismo tiempo exige herramientas capaces de comprender esas operaciones de manera integral.
En mi opinión, el camino está en avanzar hacia infraestructuras tecnológicas compartidas, una mayor integración de la información y procesos de validación de identidad más coordinados. La inteligencia artificial también puede contribuir mediante modelos de aprendizaje y análisis de patrones que permitan optimizar los sistemas de detección y gestión de riesgos.
-¿Cómo evalúa el rol actual del Banco Central y de la UIF frente a un sistema financiero que se digitaliza a una velocidad cada vez mayor? ¿Hay algo que debería cambiar?
El principal desafío que enfrentan hoy los reguladores es la velocidad de la innovación. Estamos atravesando un proceso de transformación tecnológica que no tiene precedentes, y los marcos regulatorios no siempre logran evolucionar al mismo ritmo que el mercado.
Esto no ocurre solamente en la Argentina. A nivel global, los organismos reguladores enfrentan dificultades para comprender y supervisar un ecosistema donde aparecen constantemente nuevos participantes, productos e infraestructuras.
Uno de los principales problemas es la fragmentación regulatoria. Actualmente intervienen distintos organismos, cada uno con sus propias competencias y exigencias, mientras que las operaciones financieras pueden atravesar varias entidades y sectores en cuestión de segundos.
Creo que necesitamos avanzar hacia una mayor integración entre los reguladores y hacia esquemas que permitan una visión más consolidada del sistema. Una eventual regulación de open finance podría contribuir a ese objetivo, facilitando la interoperabilidad de datos, la trazabilidad de las operaciones y una mejor comprensión de los riesgos.
-Si tuviera que anticipar cómo será la operación financiera en la Argentina dentro de cinco años, ¿qué papel jugará la tecnología en la relación entre las entidades, los reguladores y los usuarios finales?
Creo que vamos hacia un sistema financiero cada vez más integrado, interoperable y apoyado en infraestructuras tecnológicas compartidas. Imagino grandes orquestadores ofreciendo servicios de validación de identidad, KYC y KYB a múltiples participantes, que podrán integrarse a estas plataformas sin necesidad de desarrollar individualmente todas sus infraestructuras.
También veremos una transformación profunda en los pagos internacionales. Tecnologías como blockchain están generando alternativas más rápidas y económicas para transferir valor entre distintos países. En mi opinión, esto obligará a las infraestructuras tradicionales y a los modelos de corresponsalía bancaria a redefinir su funcionamiento.
La inteligencia artificial tendrá un papel cada vez más importante. No solamente en prevención del lavado de activos y gestión de riesgos, sino también en áreas como la evaluación crediticia, donde avanzaremos desde modelos de scoring estáticos hacia sistemas más dinámicos, basados en el comportamiento y en modelos predictivos.
Finalmente, creo que la interoperabilidad de datos será uno de los grandes cambios de los próximos años. Para que ese proceso funcione, necesitaremos también una mayor integración regulatoria que permita comprender el ecosistema en su conjunto. El resultado será un sistema financiero más eficiente, integrado y accesible, pero que también requerirá nuevas formas de gestionar y supervisar sus riesgos.