Cuando se piensa en
regiones vitivinícolas tradicionales de la Argentina, seguramente muy pocos hacen referencia a
Tucumán.No por la calidad de sus vinos, sino porque esa industria estuvo, hasta hace pocos años, en un
largo e injusto ostracismo.La historia de la vitivinicultura en Tucumán es muy rica, por cierto. De hecho, un censo del año
1880 marcaba que había unas
300 hectáreas de viñedos.Sin embargo, ya en siglo XX, debido a los fuertes cambios que experimentó el negocio, en el que prevalecían los
grandes volúmenes por sobre la
calidad, esta rama de actividad estuvo a punto de
desaparecer en esa provincia del
Norte Argentino.Hacia 2002, de hecho, llegaron a quedar apenas
18 hectáreas, menos que lo que hoy puede tener una
bodega boutique de Mendoza.Lo positivo es que, en la última década, hubo un
lento y paulatino despertar de la
vitivinicultura tucumana.Según datos del Observatorio Vitivinícola, dependiente de la COVIAR, hoy hay registradas casi
100 hectáreas, repartidas en
62 viñedos.Dicho esto, la reflexión ineludible es que Tucumán está llamado a ser un terruño para elaborar
muy poco pero muy bueno. Con una superficie tan
acotada, las bodegas que emprendieron la
titánica tarea de poner a
Tucumán en el mapa nacional del vino tienen la obligación de que
cada metro cuadrado de viñedo
rinda en calidad.Y hoy uno de los
embajadores de esta nueva búsqueda que están llevando adelante los
bodegueros tucumanos, es
Luis Rolando Díaz, impulsor de un pequeño emprendimiento llamado
Altos la Ciénaga.“Rolo”, como lo conocen en Colalao del Valle, tiene la virtud de hacer
enormes vinos con muy poca
estructura y tecnología y a partir de los
caprichos de un terruño como el de
Paraje La Ciénaga, un pedazo de tierra que se ubica a más de
2.300 metros sobre el nivel del mar y donde tiene
apenas 4 hectáreas de viñedos.El lugar es de muy
difícil acceso. “Se llega a través de
una huella”, señala Díaz, en diálogo con
Vinos & Bodegas.“Como el camino es atravesado por dos ríos, a veces se pone
peligroso y tenemos problemas para llegar a la finca o para volver a Colalao”, agrega.Este pequeño campo fue adquirido en la
década del ´60 por su papá. Y si bien la familia de Rolo siempre hizo vino (
patero, en un comienzo), esa finca se la destinó
durante décadas al cultivo de
duraznos y
pimientos.Tiempo después,
Rolo vio el potencial de esta tierra, donde
no llega la electricidad pero sí uno de los
insumos más
vitales: el
agua, que proviene de un manantial.La otra variable clave de esa zona, prácticamente deshabitada, es la
gran amplitud térmica (en época de vendimia, durante el día, la temperatura puede llegar a los 34 grados, mientras que por las noches desciende incluso por debajo de los
8 grados).Esto garantiza
maduraciones lentas y
equilibradas y dan lugar a
importante concentración de
aromas y
color.Además, en una industria donde se celebra cada vez más la
acidez en los vinos, Rolo tiene el privilegio de casi
no tener que corregirla.En esas cuatro hectáreas, Rolo cultiva cuatro variedades tintas:
Syrah,
Malbec,
Cabernet Sauvignon y
Tannat.Hoy, bajo su proyecto
Altos la Ciénaga, este perito agrónomo que en 2011 terminó de cursar la tecnicatura en enología, está alumbrando partidas
ultra limitadas, que totalizan apenas
14.000 litros por añada.Este volumen, de acuerdo con la categorización que hace el
INV, lo ubica por encima del segmento de productores de
vino “
casero” y lo posiciona como
elaborador “artesanal”.La familia de vinos de Altos la Ciénaga actualmente está conformada por
dos líneas:• Altos la Ciénaga, que se ubica en la parte superior del porftolio y que se elaboran exclusivamente a partir de los
viñedos de esa finca de
cuatro hectáras. En total, son
cinco etiquetas (un Tannat, un Syrah y tres cortes), que van de los
$140 a los $250.•
Don Javier, que incluye sus dos etiquetas de entrada de gama: un
Torrontés ($80) y un
Malbec ($90), que se producen a partir de uvas de
Colalao.Desde Vinos & Bodegas recomenadamos tres etiquetas para entender el espíritu de esta pequeña bodega y por qué consideramos que hoy es uno de los
secretos mejor guardados del
Norte Argentino: Altos de la Ciénaga 2014Se trata de un blend conformado por
Malbec,
Syrah y
Cabernet Sauvignon. El porcentaje no puede calcularse con exactitud porque, según explicó Rolo, "el blend se hace desde el propio viñedo".Sucede que en la finca, las
plantas están
mezcladas y esto genera que la dinámica propia del viñedo y de los trabajos agronómicos influyan en la
proporción de cada
cepa en el corte final. Para la bodega, es la gran punta de lanza: tuvo varias medallas de oro cuando competía en la categoría de vinos caseros y hasta se llevó una de plata en el certamen internacional Vinandino 2015.Este vino muestra de
manera contundente el gran
potencial de los
vinos tucumanos. A partir de una enología sensible y respetuoso del terruño, se pudo alumbrar un ejemplar de
nariz intensa y con aromas de
gran profundidad. Hay fruta roja y negra en un primerísimo plano, con recuerdos a mermelada de sauco. Un colchón de aromas que recuerdan a la pimienta y a las olivas negras se funde con un dejo a regaliz. En
boca, esta etiqueta sirve para
ratificar -por si hacía falta- que los vinos del
Norte Argentino están a
años luz de ser
pesados y
sobrecargados. Tiene cuerpo medio, con un avance ligero. Los taninos muestran presencia y textura levemente rugosa. Es un ejemplar con carácter e intensidad, con una aromática exuberante, pero que a la vez es completamente bebible, que no ofrece resistencia.
Altos la Ciénaga Crianza - Tannat 2014A diferencia del blend, este
100% Tannat se obtiene de un
cuadro específico. A olvidarse de los debates sobre frescura, mineralidad, uso mesurado de madera o cosechas tempranas. Esta etiqueta está pensada para aquellos paladares que buscan fruta bien madura pero acompañada por notas de
caramelo y
café torrado al frente. Este tinto no tiene pudor en confesar que hubo una larga crianza, con intensos tostados. Para quien prefiera este concepto, el vino no solo no defrauda, sino que cumple con creces. Cierra en nariz con una paleta que suma capas de aromas especiados y mentolados. En boca es un vino full bodied, voluminoso y con pulso dulzón, gracias a una barrica que suma vainilla. Sin embargo, de la mano de taninos bien trabajados y poco astringentes, se moverá con bastante soltura en el paladar. Lo importante es marcar que es un
vino que fue creado para un
público definido, que busca un
buen dueto entre
fruta y
madera.Al tratarse de un ejemplar que tiene una
acidez refrescante y muy
buena estructura, está en condiciones de seguir puliéndose en botella durante
cuatro o cinco años más. Pero quien descorche hoy esta añada, no se sentirá defraudado.
Don Javier Torrontés 2015A partir de viñedos ubicados en
Colalao, Rolo Díaz alumbra un
Torrontés expresivo y
exuberante, de muy buena tipicidad. Su paleta se luce de la mano de notas florales y un dejo a cáscaras de naranja. De ataque seco, este blanco resultará fresco en el paladar, pero estará lejos de ser una bomba mordiente y filosa. Su cuerpo un poco lábil, dentro del estándar de la cepa, lo hará fácil de beber, resultando ideal como aperitivo. Al final se percibirá un levísimo amargor que no incomodará e, incluso, habrá quienes encuentren en este sutil detalle un resto del ADN de los viejos Torrontés del Norte.En momentos en que a nivel mundial la
sommellerie pide a gritos
autenticidad, este proyecto tiene todo para convertirse en una
bodega de culto. Bajos volúmenes de
producción; un
terruño con buenas condiciones climáticas y de suelo, que permite trabajar con prácticas casi orgánicas (de hecho, sólo combaten la presencia de hormigas) y
viñedos remotos, accesibles sólo a través de un camino difuso que atraviesa dos ríos muy complicados en épocas de crecidas, son algunos de los ingredientes de estos vinos con
espíritu tucumano.
© Por Juan Diego WasilevskyEditor Vinos & Bodegas iProfesional Mail: vinosybodegas@iprofesional.comTwitter: @juandiegow / @vinosargentinosFacebook: iprofesional.vinosybodegas