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Frescura, textura y sutileza, el registro de los nuevos vinos de alta gama

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Frescura, textura y sutileza, el registro de los nuevos vinos de alta gama
Bodega Terrazas de los Andes presenta, en este contexto de pandemia, tres nuevos vinos de la línea Grand. Precio y características
Por Juan Diego Wasilevsky
06.05.2020 13.48hs Vinos & Bodegas

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La pandemia definitivamente cambió nuestros hábitos y nuestras rutinas. Y también, la forma en que nos comunicamos. Así es como Zoom hoy es la plataforma que reemplaza a las reuniones con amigos o con familiares. Y también, es la plataforma que sustituye a los restaurantes, donde las bodegas tradicionalmente solían presentar sus lanzamientos a la prensa.

Este fue, justamente, el canal de comunicación que eligió la bodega Terrazas de los Andes para presentar en sociedad su nueva línea de vinos "Grand".

Desde Mendoza, el gerente de Enología, Marcos Fernández, y el enólogo Gonzalo Carrasco, dirigieron una cata online que pudieron seguir los periodistas desde sus hogares, en Buenos Aires (que previamente habían recibido los vinos en casa).

"Tenemos un equipo enológico muy lindo, grande. Y todos los temas los estamos abordando de esa manera, como equipo", señaló Fernández, la flamante incorporación de la bodega, si bien tiempo atrás había pasado por las filas del grupo Moët Hennessy.

Respecto de los nuevos vinos, sostuvo que la línea Grand "es el resultado de un gran aprendizaje que se viene haciendo desde hace años y es también el resultado de la evolución de los viñedos que fueron logrando su mejor expresión en los diferentes terroirs donde tenemos fincas".

Cabe destacar que esta familia de vinos fue concebida para fortalecer el posicionamiento de la marca en el segmento de alta gama (las tres etiquetas llegan al mercado con un precio sugerido de $1.200 en vinotecas) y también viene a saldar una cuenta pendiente que tenía Terrazas, dado que hasta ahora no contaban con un blanco de estas cualidades y en este segmento.

Además, lo interesante de esta nueva familia, conformada por un Chardonnay, un Malbec y un Cabernet Sauvignon, es que revaloriza el concepto "blend de terroir", que hace más de una década quedó eclipsado por la fuerza que ganaron los single vineyards o, incluso, los vinos de parcela, es decir, aquellos elaborados únicamente con uvas de una fracción mínima de un viñedo.

La vitivinicultura, en definitiva, a través de las décadas pasó de lo general a lo "micro". Por eso, revalorizar el potencial de los blends no solo de viñedos, sino ya de regiones, a partir de una visión enológica ultra sensible, es un concepto para aplaudir y profundizar.

Un detalle para nada menor es que hacia fines de los años ’90, Terrazas de los Andes tenía una línea Grand (conformada en ese momento por un Malbec y un Cabernet Sauvignon). Luego, esa línea fue rebautizada como "Afincado"; posteriormente se reconvirtieron en los Single Vineyard (con foco en Las Compuertas) y ahora, estos nuevos Grand llegaron para reemplazarlos. Una suerte de vuelta a los orígenes pero reversionada, con 20 años de aprendizaje. 

 

¿Qué ofrecen?

Si hubiese que trazar un hilo conductor, un factor en común que atraviese a estos vinos, todo podría sintetizarse en tres conceptos: textura, sutileza y frescura.

No son vinos grandilocuentes. No son vinos de alto impacto. Por el contrario, son vinos que hablan un lenguaje sutil, más minimalista y que reconfirma que la alta gama ya no es más, como sucede desde hace años, concentración, madera e impacto aromático. Aquí los enólogos buscaron potenciar ese lema que dice "menos es más". Pero, y aquí un punto importante, evitaron que esto se transforme en un arma de doble filo. Muchas veces, ese minimalismo es riesgoso porque puede convertir a un vino en una experiencia anodina, incluso peligrosamente intrascendente.

Aquí, por el contrario, el minimalismo es sinónimo de sutileza, hasta de sofisticación, diríamos.

Arranquemos por Terrazas de los Andes Grand Chardonnay 2018. Proviene 100% de Gualtallary, pero de dos fincas muy diferentes: el 80% es de Finca Caicayén, a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar, y el 20% restante es de El Espinillo, a unos 1.630 metros de altura.

 

Ambos enólogos resaltaron el contenido de carbonato de calcio; la orientación de los viñedos (los de Finca Caicayén datan de fines de los ’90, lo que habla de la visión que tenían los agrónomos en aquel entonces), que evita que el sol pegue de lleno sobre las plantas, y el clima fresco, especialmente en la finca El Espinillo.

Carrasco explicó que a este vino "lo venimos trabajando hace varios años. Tuvimos que pensar y ponernos a ensayar un concepto diferente. Y el punto de partida fue la elección del terroir: son uvas con una fineza excepcional. El alma del vino es la acidez, de inicio a fin, está envuelta y equilibrada con el graso, con la redondez que le aportó el paso por madera".

Fernández, a su turno, también resaltó el graso del vino, además de esa textura que ofrece entre la lengua y el paladar, "que habla del origen de los suelos, del contenido calcáreo; reforzado por el trabajo con las levaduras".

Vinos & Bodegas degustó este ejemplar y se encontró con un vino solemne, que habla de alta gama definitivamente, con aromas ensamblados que no permiten hablar tan ligeramente de frutas blancas o tropicales. Es una paleta profunda pero sin artificios, que habla del buen juego entre la frescura, la sana madurez y el uso sensible de la madera. ¿Sofisticado tal vez? Seguramente. En boca, como destacó el equipo enológico, se destaca por esa energía ácida que lo atraviesa y lo extiende. Pero no descoloca nunca. Siempre mantiene la delicadeza, con una oleosidad tenue. Su virtud, como decíamos es que en alta gama menos puede ser más. A veces esa fórmula queda a medio camino, pero aquí funciona muy bien. Destacable su final fresco, hasta herbal. Incluso, algunos dirían "mineral" (lo dejamos para el debate).

Fernández destacó que, más allá de lo elegante que pueda ser, tiene el hándicap suficiente como para acompañar unas mollejas al limón.

Respecto de la variedad insignia argentina, la bodega presentó Terrazas de los Andes Grand Malbec 2017, con el que buscaron reforzar conceptos como frescura, complejidad y elegancia. Para ello, detallaron que se utilizaron uvas de tres fincas muy diferentes: un 25% de uvas de Las Compuertas, en Luján de Cuyo, que aporta la fruta roja, lo herbal y la elegancia, al tiempo que cosecharon antes para evitar cualquier rastro de sobremadurez; un 30% de Paraje Altamira, que suma textura y aromas florales; y un 45% de Los Chacayes, que imprime una fruta más negra, un tanino largo y toques especiados.

 

"La suma de los factores aquí es mucho más que los factores en forma individual. Logramos algo complejo pero equilibrado", apuntó Carrasco, quien dijo que el objetivo de este y los otros vinos "es que de aquí a 15 años sigan siendo frescos y disfrutables".

Además, anotó un punto interesante: este Malbec tiene una complejidad no sobreactuada, y esto se traduce, según lo explicó, en un vino "sin costuras, con una trama muy fina", que presenta todo el vino en una sola pieza.

Vinos & Bodegas se encontró con un ejemplar en el que Chacayes se expresa definitivamente en la copa, con una fruta bien negra y un combo herbal y especiado en alta definición. Hay capas sutiles luego, que aportan algo de fruta roja y toques propios de la madera (tabaco y no mucho más). Hay sutileza, hay elegancia y esto anticipa lo que viene en boca: soberbia textura; un vino táctil, con sustancia, para disfrutar su recorrido en el paladar. Lo interesante es que tiene peso y oleosidad, pero a años luz de ser un vino old school, gordo, sobremaduro y maderizado. Nuevamente: menos es más. El punto clave de este vino: su textura, que permanece, permanece y permanece.

Respecto de Terrazas Grand Cabernet Sauvignon 2017, Fernández detalló que también fue el resultado del aprendizaje tras trabajar diferentes viñedos durante años. Aquí incorporaron un viñedo de Perdriel, en Luján de Cuyo (gran región para esta variedad), con suelo bien pedregoso y un 40% de Paraje Altamira.

 

"Cada uno de estos pilares tiene una función definida: en Perdriel el Cabernet Sauvignon es maduro, denso pero no es tan aromático. En Altamira, en cambio, este vino se pone más ágil, más fresco. Aparece la fruta roja, con el costado especiado, mientras que en boca la concentración disminuye bastante", sostuvo Carrasco.

Entonces, "este vino fue pensado con esos dos componentes, para aportar fluidez", agregó. 

Al degustarlo, Vinos & Bodegas se encontró con un ejemplar en el que tenés que olvidarte de las pirazinas clásicas que suelen aparecer en los Cab algo verdes. Este ejemplar está en el mismo registro que el resto de la línea: hay expresividad pero sutileza, las especias están pero son muy delicada, mientras que la madera está ensamblada con precisión. En boca muestra claramente esa delicadeza y agilidad de Altamira, con ese toque oleoso y más maduro que aporta Perdriel. Funciona muy bien ese juego y el resultado es una impronta intensa y perdurable en el paladar. Pero, como se marcó al comienzo, no esperes fuegos artificiales, ni grandilocuencia. En esta línea, menos es más.

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