Probamos los nuevos vinos de una mítica bodega delValle de Uco: ¿vale la pena comprarlos?

Monteviejo está en un momento clave de su historia. Con nuevo enólogo, presenta etiquetas que hablan de su pasado pero, sobre todo, de lo que viene
Una botella de vino tinto en un viñedo

Antes de hablar de los vinos, pongámonos en contexto. Si pensamos en el Valle de Uco como polo vitivinícola, tenemos que hablar de una historia bastante reciente. No estamos hablando de las zonas más bajas; de hecho, hay registros que indican que los primeros viñedos de esa región fueron plantados bien al sur, hace casi 150 años, en lo que hoy conforma el departamento de San Carlos.

Hablamos del Valle de Uco "moderno", aquel que se empezó a construir de la mano del mítico enólogo Michel Rolland, quien dio vida a un ambicioso proyecto denominado Clos de los Siete, el cual fue impulsado por siete socios pero que hoy nuclea -si contamos quiénes aportan uva para dar vida a este vino que llegó a vender más de 1 millón de botellas- a cuatro bodegas: Monteviejo, Cuvelier Los Andes, DiamAndes y Bodega Rolland.

Y uno de los pilares, sin dudas, es Monteviejo, bodega que estuvo durante más de dos décadas comandada por Marcelo Pelleriti, un enólogo que se convertiría con los años en uno de los grandes referentes de la vitivinicultura argentina.

Este proyecto significó la avanzada de grandes inversiones de capitales europeos en la Argentina. Y la compra de más de 800 hectáreas por parte de Rolland y sus socios a fines de los años '90 fue la señal de que ahí sucedían cosas. Derrumbe de la convertibilidad mediante, se gatilló un boom exportador, el Malbec se convirtió en el vino sensación en Estados Unidos, proliferaron los proyectos en Valle de Uco -de todos los tamaños- y el resto es historia.

Hoy ya no se habla del Valle de Uco como genérico para vender vinos. Hoy hablamos de micro regiones, polígonos e hileras de viñedos emblemáticos. Se pasó de lo general a lo ultra específico. Y hay que reconocer a Rolland como pilar clave de esa construcción.

Hoy hay nuevas caras en la bodega. Tras la partida de Pelleriti, José Mounier tomó las riendas de la enología de Monteviejo, que llega con nuevas etiquetas.

Podemos tomar a esta bodega como un reflejo claro de lo que fue ocurriendo con las tendencias en el mundo del vino: de ejemplares musculosos, corpulentos, con una madera en primerísimo plano -cuánta nostalgia recordar los eternos debates de hace casi 20 años sobre los vinos maduros de Rolland y los vinos "verdes" de los Michelini-, la bodega fue mutando lógicamente y de manera progresiva hacia tintos más delicados y frescos pero siempre, siempre, respetando su esencia: nunca dejaron de ser vinos con buena presencia en boca, con sustancia. Y no fue una transmutación -en la que cambia la esencia-, fue un fluir natural, porque cambian también las personas. El propio Rolland reconocía en sus últimas entrevistas que la influencia de la madera en los vinos fue bajando con los años y que "barrica sí", "barrica no", era un debate que había perdido sentido.

Por eso, cuando me enteré de que Monteviejo lanzaba nuevas etiquetas, me surgió la intriga, porque hacía un tiempo no les seguía el rastro: ¿cuál era la dirección que había tomado la bodega en cuanto al estilo? ¿Cuánto de la herencia Rolland todavía podría palparse en sus vinos?

Y finalmente estaba ante tres vinos de la flamante línea Les Fleurs -que está conformada además por un blanc de noir-: un Malbec, un Cabernet Franc y un blend.

Desde Monteviejo explican que estos vinos nacen de distintas zonas del Valle de Uco, como Campo de Los Andes, La Consulta y Altamira y que "priorizan la expresión, la frescura y el carácter gastronómico". Y, en otro tramo de la comunicación, viene lo más interesante: hacen especial énfasis en el punto de inflexión en el que está la bodega, marcando que están en una "nueva etapa" y en un momento clave en el que intentan mostrar "de dónde viene Monteviejo y hacia dónde quiere ir". Por eso la expectativa era mucha.

Dimos el contexto, ahora vayamos a los vinos:

Les Fleurs Malbec 2022

Fruta, fruta y más fruta, entre roja y negra, sumando un buen colchón floral, con una paleta bien limpia y en alta definición. En boca entra jugoso, con paso preciso y compacto y una evidente energía ácida. De buena estructura. No es un Malbec remolón y dulzón. Hay sustancia pero sin resignar fluidez.

Les Fleurs Cabernet Franc 2022

El más singular de los tres. Hay mucha tipicidad en nariz, con notas de fruta negra y ese abanico herbal esperado, rozando lo balsámico. Sin ser un vino que habla de madera, termina encorsetando la paleta y sumándole complejidad. En boca muestra un paso jugoso, con unos taninos que ofrecen mucha textura. No llega a ser un vino de sed, pero deja flotando una sensación de tiza -tan discutida entre sommeliers, es cierto-, que pide otra copa.

Les Fleurs Blend 2022

Tenemos el Malbec y tenemos el Cabernet Franc. ¿Qué pasa si hacemos un blend? El equipo enológico fue en esa dirección y termina entregando un ejemplar que toma lo bueno de ambos -aunque a nivel táctil parece predominar el Malbec-: mucha fruta, en un abanico que va de los colores rojos a los negros, flores, hierbas y una madera con un protagonismo mayor pero que no llega a tapar la materia prima. En boca se siente jugoso, con algo de músculo y taninos maduros que aportan sostén.

¿Vale la pena comprar estos vinos?

Vayamos a lo concreto: cada una de estas tres etiquetas cuesta en la tienda oficial $57.000. Hablar de notas de cata tiene una cuota de subjetividad y debatir sobre los precios no escapa a esta lógica. Será mucho para algunos, pagable para otros. El poder adquisitivo y las prioridades en la vida marcarán hasta cuánto se está dispuesto a pagar por una botella.

La realidad es que haciendo una búsqueda rápida es posible ver precios más cercanos a los $40.000, una cifra que me resulta mucho más cómoda -incluso lo venden en 6 cuotas sin interés de $7.125-. ¿Los compraría? Sí, son tres lindos vinos, de una bodega clave en el Valle de Uco y que sirven para entender el camino que están encarando. Es innegable que hay un predominio mayor de la frescura -especialmente en el Cabernet Franc-, pero hay un ADN de Monteviejo. Un alivio, porque en los últimos años hubo algunas bodegas que, en la búsqueda de lograr vinos ultra bebibles y etéreos, hicieron una gambeta de más.