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El dólar "solidario" ya vale más que el blue, ¿seguirá subiendo?: el fuerte debate en el Gobierno

El dólar "solidario" ya vale más que el blue, ¿seguirá subiendo?: el fuerte debate en el Gobierno
Se empieza a notar una presión para que el BCRA cambie su devaluación a la par con la inflación. El mercado pide una suba de tasas, pero el Gobierno duda
Por Fernando Gutiérrez
02.02.2021 06.49hs Economía

"Vos deslizá" era el consejo que economistas de alto perfil, como Carlos Melconian, le daban a Miguel Pesce a mediados del año pasado, cada vez que en un zoom con empresarios les preguntaban cuál sería la mejor estrategia con el dólar.

Según ese tipo de razonamiento, como había un muy bajo nivel de consumo, producto de la cuarentena, el hecho de que el dólar oficial fuera subiendo de a poco no implicaría un reflejo inflacionario, básicamente porque como la gente no compraba, no había margen para las subas de precios. En la jerga técnica de los economistas, eso se llama "aumento en la demanda de dinero" o, lo que es lo mismo "caída en la velocidad de circulación".

Pero la reacción de Pesce ante cada insinuación de ese tipo era la misma: no pensaba aumentar el ritmo devaluatorio porque consideraba que el tipo de cambio no estaba atrasado. Era, como siempre en la Argentina, un tema a debate, pero lo cierto es que el titular del Banco Central tenía razón en varios puntos: a diferencia de otros momentos, no se registraba un déficit en la cuenta corriente.

Pero claro, luego "pasaron cosas". Básicamente, que al no saber qué hacer con los pesos que tenían en los bolsillos, los argentinos pasaron a demandar dólares al precio oficial a un ritmo de u$s1.000 millones por mes. Y eso cambió todo: además de las nuevas restricciones y del "mini golpe de Estado" que dio Martín Guzmán dentro del BCRA, se fijó una nueva política destinada a evitar, a toda costa, una devaluación.

Lo curioso es que, justo en el momento en el que la gente empezó a gastar la plata y cuando la inflación dio señales de revivir, el Central "empezó a deslizar". El tipo de cambio está corriendo a una velocidad similar a la inflación, para evitar el clásico efecto de "ancla". Es decir, el consejo que le habían dado los economistas ortodoxos, pero con un delay de seis meses.

En este contexto, el blue cerró el lunes a $153, el mismo valor del viernes y, por primera vez en diez meses, se ubicó debajo del billete "solidario".

Lo cierto es que la devaluación oficial en torno al 4% implica, si se proyectara a un año, una devaluación más de 50% anual. Hablando en números, que para diciembre esto implicaría un dólar de $130 pesos, y que si la brecha actual entre el tipo de cambio oficial y el paralelo se mantuviera sin cambios, entonces el blue a fin de año a $230.

Pero claro, eso es siempre que las cosas se mantengan el resto del año tal cual ocurrieron en enero. Y pocos creen que eso sea posible.

Si desliza, fomenta la inflación; si frena, exacerba la brecha: Pesce en su laberinto
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La trampa de febrero

¿Por qué? Primero porque la propia presión interna del Gobierno hará difícil que se pueda seguir haciendo el "crawling peg", es decir deslizando el dólar oficial a la misma velocidad que la inflación.

Los propios economistas oficialistas están presionando para que esa nueva pasión por dejar deslizar al dólar pare de una vez. Creen que hay sobrados antecedentes históricos de que los precios siguen más al dólar oficial que al paralelo, y que quien mejor demostró esa situación fue Alfonso Prat Gay, que en 2016 después de haber dejado subir al dólar un 40% había proyectado una inflación del 20% -él sostenía que la mayor parte del contagio a precios ya lo había hecho el dólar blue- y se encontró con que los precios subieron al doble de la velocidad esperada.

Pero, para colmo, porque este deslizamiento del dólar se está produciendo justo en el peor momento para la demanda de dinero. Según estimó un informe de Consultatio, en esta época del año "el apetito por los pesos suele caer hasta 6% mensual solo por factores estacionales".

Es lo que se conoce como "la trampa de febrero": como en diciembre y parte de enero las empresas necesitan dinero para pagar aguinaldos, impuestos y saldar obligaciones, suelen pedir más pesos al mercado. Y algunos de ellos, hasta venden dólares para conseguirlos. Esto le otorga una transitoria paz al Banco Central. Pero llegado febrero, todo puede revertirse.

También otro economista de la gestión macrista es el que ofrece el ejemplo más claro en ese sentido. Guido Sandleris, entusiasmado porque su esquema de bandas cambiarias estaba dando resultado y el frente financiero parecía acomodarse, dejó caer las tasas de interés, interpretando que la paz de diciembre y enero estaban marcando una tendencia para el resto del año.

Pero la reacción del mercado en febrero lo obligó a revisar sus posturas, reconocer el error de confundir un efecto estacional con una tendencia sólida y, en consecuencias, subir las tasas de interés.

Son lecciones que los economistas oficialistas están analizando con atención. E incluso economistas de la línea ortodoxa hacen sus alertas en ese sentido, para prevenir los mismos errores.

Como Miguel Kiguel, de la consultora Econviews, que advierte: "Hay experiencia de políticas que no funcionan y de condiciones básicas que cualquier programa debe cumplir. Por ejemplo, no sirve echarle nafta al fuego, como una emisión monetaria exagerada o con tasas de interés que sean menores a la inflación. Tampoco sirve tener un shock nominal como aumentos de tarifas o un salto en el tipo de cambio una vez implementado el programa". 

Deslizar, un arma de doble filo

Es ahí donde reside el actual debate económico dentro y fuera del Gobierno. Hay quienes creen que deslizar al dólar oficial es una política sana porque es la única forma de evitar el regreso del déficit de cuenta corriente y, a la larga, una devaluación brusca.

Los últimos números siguen dando relativamente positivos, con un leve saldo positivo de u$s322 millones, según el balance cambiario del 2020 que informó el Banco Central. Pero los expertos son escépticos sobre que esta situación se pueda mantener.

Un primer motivo es que el superávit comercial de u$s12.000 millones obtenidos en 2020 es imposible de repetir, salvo que el Gobierno esté dispuesto a reprimir las importaciones a tal punto que lleve a la economía a una recesión.

Por otra parte, a medida que el turismo regrese a la normalidad, implicará una fuerte salida de divisas, como ha sido históricamente. En diciembre 2020, casi sin viajes al exterior, igualmente se perdieron u$s188 millones, lo cual da la pauta de la demanda reprimida que existe en ese plano.

De manera que los que defienden la continuidad del "crawling peg" tienen un fuerte argumento a favor: combate uno de los efectos a los que más le teme el Gobierno en este momento: a que los exportadores se sientan incentivados a guardar su producto a la espera de una devaluación brusca, y que los importadores, por el mismo motivo, quieran apurar las compras.

De hecho, al achicarse la brecha entre el tipo de cambio y el oficial, se produjo un ingreso de dólares a la caja del BCRA por encima de lo que se esperaba según las exportaciones registradas por la Aduana. Esa diferencia, de u$s1.100 millones, contribuyó a que se recuperara cierto oxígeno en las cuentas en el arranque del año.

Pero quienes critican al dólar deslizante también tienen sus argumentos. Para empezar, creen que en este momento, un dólar que sube es, en sí mismo, un factor inflacionario.

De hecho, en los debates que el Gobierno ha tenido con los fabricantes de alimentos, el argumento oficial de que "los costos de los productores locales son en pesos" ha sido rebatido de manera contundente. En el caso de la harina, por ejemplo, el insumo principal, que es el trigo, representa el 80% del costo y sigue el precio internacional. Además, tanto los arrendamientos de tierras como maquinarias e insumos de los productores agropecuarios están cotizados en dólares.

Pero, sobre todo, lo que temen los economistas es la rapidez de la transmisión dólar-precio en la góndola del supermercado. "El problema de deslizar el tipo de cambio en línea a la inflación reciente es que esta última se aceleró al 3,5% mensual al cierre del año pasado, de modo que si el dólar oficial ajustara en igual cuantía le pondría un piso elevado a la suba de precios en el futuro inmediato", expuso en un informe la consultora Analytica.

Los economistas más cercanos al kirchnerismo ven con preocupación que el dólar siga su ruta deslizante. De hecho, hay quienes creen que, para que el oficialismo mantenga sus chances electorales, debería frenar ya mismo su camino o avanzar a cuentagotas, en una función similar a la de tarifas de servicios públicos o precios regulados.

Con un pronóstico de inflación para febrero que se acerca más al 4% que al 3%, las presiones sobre la mesa de directorio del BCRA aumentan. Y el gran "lado B" del dólar deslizante es la tasa de interés.

Si se continúa con el crawling peg, no habrá forma de convencer por mucho tiempo más al público de que deje su dinero en las colocaciones a plazos fijos, que les rinden 20 puntos menos al año que el dólar oficial.

Es lo que lleva a economistas influyentes a pensar en que no quedará otra alternativa que pasar la aspiradora por el mercado. Como Marina Dal Poggetto, de la consultora Eco Go, que advierte que en las actuales circunstancias al Gobierno no le quedará otra alternativa que "sobrerreacionar con el apretón fiscal y monetario".

"Al fin y al cabo, el problema puede resumirse en: sobran pesos en la economía, faltan dólares en las reservas, y con los actuales precios de los bonos no hay forma de financiar el agujero fiscal incluido en el presupuesto sin terminar por descapitalizar al BCRA con el riesgo cierto de que la brecha cambiaria, hoy contenida con alambre frente a precios de los bonos en US$ 35, vuelva a escalar", afirma la economista.

La suba de tasas es resistida por el Gobierno, pero los analistas la consideran inexorable
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La "nueva aspiradora" y el círculo vicioso

De momento, el ministro Martín Guzmán ha logrado "surfear" sus necesidades de caja de corto plazo en el mercado interno, como quedó demostrado la semana pasada, cuando obtuvo casi $200.000 millones, completando siete meses consecutivos de financiamiento en el mercado local.

Pero aun así hay quienes encienden luces amarillas. Está claro que solamente con un cepo férreo se puede forzar al mercado a volcar sus pesos hacia títulos públicos, y aun así la mayor parte fue a vencimientos de corto plazo porque empieza a recrearse el miedo de una nueva bomba fiscal.

Guzmán ha dado señales de querer sustituir la clásica "aspiradora" del Banco Central por títulos del Tesoro. A primera vista pueden parecer variantes de la misma cosa, pero la diferencia central es que cuando el BCRA absorbe pesos, quedan fuera del mercado. En cambio, cuando el Tesoro pide plata prestada, es para gastarla inmediatamente.

En ese sentido argumentó Gabriel Caamaño, economista de la consultora Ledesma, para quien si los bancos desarman posiciones en pases y Leliqs para comprar letras del Tesoro, eso equivale en términos reales a una mayor emisión de dinero.

Y volver a la expansión monetaria justo en el momento en el que la gente quiere menos pesos y escasean los dólares no parece una estrategia libre de riesgos. De hecho, hay indicadores sobre el temor del público: por ejemplo, que hayan aumentado 15% el stock de los plazos fijos que ajustan por UVA. Es lógico: la UVA sigue a la inflación, lo que implica que en este momento deja un rendimiento cercano al 4% mientras que los plazos fijos tradicionales promedian el 2.8%.

En definitiva, todos se dan cuenta de que la situación actual difícilmente pueda continuar sin que ocurra algo complicado. Pero nadie está seguro de cuál es el remedio correcto.

El Gobierno parece ahora más preocupado por la inflación que por otro tema, lo cual en principio llevaría a la postura de frenar al "dólar deslizante" y posponer lo más que pueda una suba de tasas. Pero es un deporte de alto riesgo.

Y muchos califican la situación actual como "un círculo vicioso". Como Fausto Spotorno, director del Estudio Ferreres, quien destaca que el Gobierno se enfrenta ante una salida de capitales continua que ponga más presión sobre el dólar, lo cual agrava la desconfianza. Pero, "por otra parte, permitir una devaluación del tipo de cambio, si bien reduciría la fuga de capitales porque se necesitarían más pesos para comprar dólares e incluso podría mejorar en algo la confianza al unificar el mercado cambiario, tendría un costo inflacionario que probablemente impida que la situación se refleje en más inversiones".

Lo cierto es que entre el stock de deuda pública del Tesoro y las letras emitidas por el Banco Central suman u$s368.000 millones. Números que impresionan. Y, por lo pronto, todos esperan al próximo 11 de febrero, cuando se confirme qué tan grave es el dato de inflación de enero. En gran medida, de ese dato dependerá cómo se resolverá el dilema.

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