Le decían "el banquero del pueblo", pero estafó a todos sus vecinos

Para todos sus vecinos se trataba de un honorable empresario, amable y distinguido, al que durante mucho tiempo le confiaron sus ahorros
Por Ruben Ramallo
05/09/2020 - 17,18hs
Le decían "el banquero del pueblo", pero estafó a todos sus vecinos

Valdepeñas de Jaén es un pequeño pueblo cercano a Granada en el que comenzó a ganar enorme popularidad un curioso personaje, conocido por todos sus vecinos como "Placidico", que antes de que se descubriera que había perpetrado una enorme estafa piramidal había alcanzado el reconocimiento y la gratitud de todos ellos, a tal punto que lo llegaron a nombrar "banquero del pueblo".

El pueblo en cuestión tenía en la década del '50 una población estable de poco más de 5.000 habitantes, cuya principal fuente de ingresos provenía de la recolección de aceitunas y ya fuera de estación del trabajo temporal durante la vendimia en Francia.

Cuando "Placidico" comenzó a urdir su plan, funcionaban en el pueblo cuatro entidades bancarias, que con el paso del tiempo llegaron a catalogar a Plácido Caballero Cortés, su verdadero nombre, como un rival que ponía en riesgo sus operaciones financieras.

Para la mayoría de sus vecinos, Placidico estaba considerado como una excelente persona y un hombre honrado, por lo que nunca despertó sospechas en lo que hacía a sus actividades.  

Si bien nunca se llegó a descubrir la verdadera trama de su negocio que se extendió por más de 30 años, si se sabe a ciencia cierta que para estructurar su propia pirámide, el banquero de Valdepeñas de Jaén montó su pequeño imperio económico que tenía como "nave insignia" la fábrica de aceite Nuestra Señora del Carmen, propiedad que compartía con su sobrino Santiago y un indeterminado número de empresas interrelacionadas.

Sus clientes eran principalmente jornaleros que trabajaban en los olivares, recolectando las aceitunas para luego llevarlas a las fábricas de la zona donde eran industrializadas. En su relación con quienes les compraban el producido de su trabajo existía un punto que "el banquero del pueblo" conocía al detalle y era el siguiente: según los usos y las costumbres de esa época el cobro por sus trabajo se concretaba con un año de retraso.

Valdepeñas de Jaén

Y fue quizás esta cuestión la que iluminó a Placidico para llevar a cabo sus planes, ya que semejante desfasaje en el tiempo por lo general ponía en aprietos económicos a muchos de ellos, y entonces era habitual que les prestara de forma inmediata entre 100.000 y un millón de pesetas con un interés del 12% anual.

En la otra punta del negocio y con el objeto de poder obtener la liquidez necesaria para poder cumplir con su cometido, a su vez, el banquero aceptaba dinero de otros "paisanos", a quienes les pagaba una tasa de interés del 10%.

La contabilidad de todas estas operaciones quedaba registradas en el denominado por él mismo el libro de los dineros, que estaba en poder de sus albaceas.

Las crónicas de la época sostienen que Caballero desconfiaba de los bancos y era por ello que no tenía un duro depositado en ningunos de ellos, pero sí invertía el dinero que recaudaba en fincas rústicas u otro tipo de propiedades.

Plácido escribía de puño y letra: "He recibido de... la cantidad de 100.000 pesetas que se las debolberé (sic) tan pronto me requiera. Por dicha cantidad debengará (sic) el 12% y para que coste le espido (sic) el presente recibo". De esta forma, y con esta ortografía, el banquero amasó durante los años en que estuvo al frente de su negocio una deuda que rondaba unos 145 millones de pesetas, según se ha comprobado por los recibos de sus 400 acreedores.

A pesar de esa cantidad de dinero, que teóricamente se había invertido en propiedades, una auditoria de la Hacienda española valoró en aquel entonces que sus propiedades rondaban los 50 millones de pesetas, es decir apenas un tercio de los adeudaba.

Tan sólo seis días antes de morir, en 1985, cuando ya estaba internado en una clínica, escribió en su testamento que reconocía las obligaciones contraídas con sus acreedores. Sin embargo, pedía que no se precipitasen en exigir judicialmente el pago de sus créditos, "pues conocen las desastrosas consecuencias que en cuanto a la valoración de los bienes podría tener su venta por vía de apremio o subasta pública".

Una vez descubierta la estafa, que solo salió a la luz una vez que Placidico murió, las crónicas de la época remarcaban que muchos de los damnificados "lo único que comprenden es que poseen unos vales que no pueden canjear por dinero efectivo".

"Ha sido como una traición póstuma de Placidico, a quien le dejaron sus ahorros fruto de frías mañanas en la recolección de las aceitunas o fruto de su trabajo durante la vendimia en Francia", agregaban sorprendidos.

En un articulo publicado en El País se mencionaba el caso de José Milla Estepa, de 79 años, que fue uno de los vecinos más perjudicados, puesto que se le adeudaban dos millones de pesetas.

Valdepeñas de Jaén

Según el diario, "Milla vive en una humilde casa de Valdepeñas de Jaén y no entiende nada de lo sucedido. Sólo sabe que tiene 15 recibos firmados por Plácido Caballero, en quien durante 30 años había depositado su confianza y su dinero".

"A mí que no me cuenten historias", comenta el viejo olivarero, "porque yo lo único que deseo es recuperar mi dinero. Y si no puede ser, que me den un pedazo de terreno de los que tenía Plácido".

Para el alcalde de Valdepeñas de Jaén de aquel entonces, el socialista Pedro Jaenes, Placidico "ha sido un sacrificado toda su vida, era como el padre del pueblo. Y si no, pregunte, pregunte".

Tan es así, que según el diario madrileño "la mayoría de los afectados consideraban a Plácido Caballero como una persona que jamás podría haberles engañado. Desde esta perspectiva, incluso varios meses después de los hechos, aún no  podian asumir que habían sido estafados".

Con el paso de los meses, varios de los damnificados iniciaron acciones contra la fábrica y su sobrino, que era heredero natural, pero apenas lograron recuperar un tercio de lo invertido. 

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