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El segundo semestre arrancó dejando una imagen bastante cruda de la economía real. En Argentina, una familia asalariada formal necesita entre 172 y 182 días de trabajo al año solo para pagar impuestos. Dicho de otra manera, recién entre fines de junio y el 1 de julio empieza a generar ingresos para sí misma. Ese dato ayuda a entender por qué cada ajuste nuevo pega tan rápido en el bolsillo y por qué el comienzo de este mes se siente más pesado de lo que sugiere la desaceleración de la inflación.
Julio empezó justamente así. Subieron los impuestos a los combustibles, se actualizaron tarifas y siguieron moviéndose gastos que para la mayoría de las familias ya no se pueden esquivar. El transporte, la salud, la vivienda y los servicios públicos vuelven a recalcular el presupuesto mensual en un contexto en el que el margen ya venía muy ajustado.
El arranque del semestre expone un bolsillo cada vez más exigido
El informe del IARAF pone en números una percepción bastante extendida: la carga tributaria sigue ocupando una porción muy alta del ingreso de una familia formal. Para 2026, el cálculo sobre distintos perfiles salariales da que un asalariado debe trabajar entre 172 y 182 días al año para cumplir con impuestos nacionales, provinciales y municipales. El llamado Día de la Independencia Tributaria cae entre el 21 de junio y el 1 de julio, según el nivel de ingresos.
Ese punto no es solo simbólico. También ayuda a leer mejor lo que pasa en la economía cotidiana. Cuando una parte tan grande del ingreso ya está absorbida por impuestos y gastos fijos, cada corrección de precios se vuelve mucho más visible y mucho más sensible. No hace falta una suba brusca para sentir presión: alcanza con una cadena de ajustes mensuales para que el bolsillo vuelva a quedar en tensión.
El Gobierno contiene al dólar para que la suba no llegue más rápido a precios
En ese contexto también se entiende por qué el Gobierno sigue tan encima del dólar. El segundo semestre arrancó con presión alcista, más demanda privada y una señal oficial bastante clara: el Banco Central intervino para moderar la suba, pero aun así siguió comprando reservas. El mensaje al mercado fue doble. Por un lado, no quiere resignar acumulación de dólares. Por el otro, tampoco quiere que el tipo de cambio se acelere de forma desordenada y se traslade demasiado rápido a precios.
La lectura que predomina en la City es que el objetivo oficial no es volver a dejarlo completamente quieto, sino administrarlo en una zona que no complique la desaceleración inflacionaria. Eso explica la intervención en futuros y en bonos atados al dólar, y también la decisión de comprar bastante menos divisas por día que en mayo. El mercado interpreta que el Gobierno acepta una corrección más visible, pero dentro de un rango todavía controlado.
Esa cautela también aparece en el frente energético. El Gobierno actualizó parcialmente los impuestos a los combustibles, pero sin trasladar de golpe todo el atraso acumulado. Y las petroleras, a la vez, analizan posibles bajas si se sostiene la caída del petróleo internacional. Por ahora, lo concreto es que julio arrancó con más presión sobre gastos que ya venían pesados, aunque todavía queda por ver si el surtidor termina reflejando parte del alivio externo.
La morosidad récord muestra hasta dónde llegó el desgaste financiero
Ese desgaste ya aparece en otro indicador sensible. La morosidad de las familias volvió a crecer y llegó a un récord de 12,7% en mayo. Ya son 19 meses seguidos de suba y casi 7 millones de personas quedaron afuera del sistema crediticio. No es un dato menor: muestra que la presión ya no se mide solo en tarifas o impuestos, sino también en deudas que cada vez cuesta más sostener.
El deterioro es amplio y no se concentra en un solo rincón del sistema. La mora subió en 26 de las 30 entidades financieras relevadas y pegó todavía más fuerte fuera del circuito bancario tradicional. En las entidades no financieras, donde se financian sectores con más vulnerabilidad y menos acceso al crédito formal, el nivel de incumplimiento ya trepó a 32,2%.
Ahí aparece el límite más concreto de esta etapa. El mercado puede discutir si el dólar necesita seguir acomodándose o si el Gobierno tendrá que sostenerlo con más intervención. Pero la economía real ya muestra que ese debate ocurre sobre una base mucho más frágil. Cuando casi 7 millones de personas quedan fuera del crédito y el inicio de mes vuelve a recargar impuestos, tarifas y gastos fijos, la estabilidad ya no se juega solo en la pantalla del mercado. Se juega, cada vez más, en cuánto más puede seguir ajustando el bolsillo sin volver a romperse.