La verdad sobre el descalabro de Bioceres, el unicornio argentino cuyas acciones hoy nadie quiere
Durante años, Bioceres ocupó un lugar singular en el mapa empresario argentino. En un país marcado por crisis recurrentes, la compañía logró construir un relato distinto: productores agropecuarios que apostaban a la ciencia, desarrollo tecnológico propio y ambición global. Ese recorrido, iniciado en 2001, derivó en la creación de un holding complejo, en el desarrollo de la tecnología HB4 (resistente a la sequía) y en un hito inédito para el sector: cotizar en la Bolsa de Nueva York. Hoy, esta narrativa quedó profundamente erosionada.
A comienzos de año, las acciones de Bioceres Crop Solutions Corp. (BIOX) cotizan a u$s0,72, tras perder más del 90% de su valor respecto de los máximos alcanzados entre 2021 y 2022. Ese nivel ubica al papel en zona de penny stock, una categoría del mercado estadounidense que agrupa a las acciones que operan por debajo de un dólar.
Más allá del impacto simbólico, esa condición tiene consecuencias concretas: suele implicar menor liquidez, mayor volatilidad, salida de inversores institucionales y el riesgo de advertencias regulatorias por parte del Nasdaq, que exige a las compañías mantener un precio mínimo sostenido para continuar listadas. En la práctica, ingresar en esa zona marca un quiebre en la percepción del mercado sobre la viabilidad y el futuro de una empresa.
En paralelo, la sociedad argentina que dio origen al grupo entró en default, pidió la apertura del concurso de acreedores y quedó prácticamente sin liquidez bancaria. El contraste entre la promesa original y la situación actual explica, en buena medida, por qué el mercado dejó de creer.
Bioceres: de una apuesta local a la vidriera global
Bioceres nació en 2001, cuando 23 productores agropecuarios, entre ellos Gustavo Grobocopatel y Víctor Trucco, decidieron apostar a la biotecnología local ante la percepción de que los desarrollos internacionales dejarían de llegar al país. Con aportes iniciales modestos, el grupo sentó las bases de una empresa enfocada exclusivamente en investigación y desarrollo.
El proyecto fue creciendo al calor del boom agrícola de los años siguientes y se estructuró alrededor de un ecosistema que combinó empresas operativas, como lo fue la compra de Rizobacter, con plataformas científicas, entre ellas Indear, el Instituto de Agrobiotecnología de Rosario. En 2011, Federico Trucco, hijo de uno de los fundadores, asumió el control ejecutivo del grupo y se convirtió en su principal cara visible.
Bajo su liderazgo, Bioceres colocó en el centro de su estrategia al gen HB4, una tecnología transgénica desarrollada junto a la científica Raquel Chan (Conicet–UNL), que otorga tolerancia a la sequía en cultivos como trigo y soja. Ese desarrollo se transformó en el principal activo del grupo y en la base de su proyección internacional.
El salto decisivo llegó en marzo de 2019, cuando Bioceres Crop Solutions Corp. comenzó a cotizar en la Bolsa de Nueva York (NYSE). Dos años más tarde, el 27 de abril de 2021, la compañía transfirió su cotización al Nasdaq, manteniendo el símbolo BIOX. El movimiento fue presentado como un hito: Bioceres se convirtió en la primera empresa de biotecnología de América Latina en listar acciones en la Bolsa de Nueva York.
Entre 2021 y 2022, la acción llegó a cotizar cerca de u$s16 y la capitalización bursátil superó los u$s900 millones, alimentando la expectativa de un "casi unicornio" argentino. Sin embargo, el ingreso pleno al mercado de capitales también implicó una exigencia distinta: resultados, escalabilidad y previsibilidad financiera.
El quiebre financiero y el default de la sociedad madre
A partir de 2024, el escenario comenzó a cambiar. La combinación de menores precios internacionales, una fuerte contracción en la demanda de insumos por parte de productores, especialmente en Argentina, y un contexto financiero mundial más restrictivo impactó de lleno en los números del grupo. La caída de ingresos y la presión sobre los márgenes dejaron al descubierto una estructura altamente apalancada y dependiente del financiamiento.
En ese contexto se produjo uno de los hechos más relevantes: el default de Bioceres S.A., la sociedad argentina que dio origen al grupo. A mediados del año pasado, la empresa incumplió el pago de pagarés bursátiles, con una deuda financiera total asociada de u$s36,4 millones, según consta en presentaciones ante la SEC. El incumplimiento derivó en reclamos judiciales, embargos y una situación patrimonial muy deteriorada a nivel local.
Meses después, la empresa pidió la apertura del concurso de acreedores, un proceso que alcanza exclusivamente a Bioceres S.A. y no involucra a Bioceres Crop Solutions Corp., la compañía que cotiza en Nasdaq y concentra los activos estratégicos. Aun así, el impacto reputacional fue inmediato.
La crisis no se limitó a la Argentina. Bioceres LLC, la filial estadounidense, también cayó en default, con compromisos financieros que llegaron a rondar los u$s58 millones. Como consecuencia, los acreedores ejecutaron garantías y el grupo perdió el control de esa sociedad, que debió ser desconsolidada de los estados financieros de BIOX.
Reordenamiento societario, semillas y un giro defensivo
En medio del deterioro financiero, Bioceres avanzó en un reordenamiento societario clave. Tras la fusión entre Bioceres Group y Moolec Science, compañía con sede las Islas Caimán, Bioceres S.A. dejó de tener control sobre Bioceres Crop Solutions Corp., que pasó a operar bajo una nueva estructura. Una vez más, desde BIOX se aclaró que no responde por los pasivos de la sociedad argentina.
Lo cierto es que el timing de esa reorganización (previo a la formalización del default local) generó fuertes cuestionamientos entre acreedores e inversores, que interpretaron la maniobra como una forma de aislar los activos internacionales de los problemas financieros en Argentina.
Ese proceso, legalmente válido pero complejo desde el punto de vista reputacional, terminó por fragmentar el ecosistema original y profundizó la desconfianza del mercado, que comenzó a mirar al grupo como una constelación de sociedades con intereses y situaciones financieras dispares.
En este contexto, el foco también se posó sobre el management. Federico Trucco, durante años un CEO de perfil alto, con presencia mediática y fuerte involucramiento político, desde el lobby por la aprobación del trigo HB4 hasta su rol en el fondo público-privado SF500 durante la gestión de Omar Perotti, redujo drásticamente sus apariciones públicas en los últimos meses. La falta de declaraciones en medio de la crisis alimentó interrogantes sobre la conducción y la estrategia.
Para sumar más noticias poco alentadoras, en febrero del año pasado Bioceres anunció que discontinuaría su negocio de mejoramiento y multiplicación de semillas, una de las actividades que había dado origen al grupo en 2001. La decisión implicó resignar años de trabajo genético acumulado y fue leída por el mercado como una señal de repliegue.
A su vez, el grupo también avanzó en un giro más amplio de su estrategia: abandonar actividades intensivas en capital para concentrarse en investigación, desarrollo, licenciamiento de tecnologías y gestión regulatoria, con el objetivo de reducir necesidades financieras y preservar su núcleo tecnológico.
Un problema más profundo que la cotización
Más allá del derrumbe bursátil, el caso Bioceres deja en evidencia un difícil equilibrio entre ciencia, tiempos biológicos y mercado financiero. El modelo del grupo apostó a que una tecnología disruptiva como HB4 podía escalar rápidamente a nivel global y generar ingresos suficientes para sostener una estructura exigente.
Las aprobaciones regulatorias llegaron, pero la adopción comercial fue más reticente y políticamente sensible, especialmente en el trigo. En rigor de la verdad, su aceptación definitiva sigue marcada por una fuerte controversia.
Al mismo tiempo, el grupo avanzó con adquisiciones de empresas y expansión internacional financiada con deuda, bajo supuestos de crecimiento que luego no se verificaron.
Cuando el ciclo del agro se dio vuelta y el financiamiento se encareció, el margen de maniobra se achicó rápidamente. La compleja ingeniería societaria, que había sido funcional para crecer, se transformó en un problema: sociedades cruzadas, cambios de control, desconsolidaciones y una entidad argentina residual cargando con la mayor parte de los pasivos.
El mercado leyó ese proceso con claridad. Desde los máximos, la acción de BIOX perdió más del 90% de su valor en pocos meses.
Un cierre incómodo para un caso testigo
El recorrido de Bioceres deja una enseñanza incómoda para el ecosistema empresario argentino. La innovación científica, incluso cuando es genuina, no garantiza por sí sola un modelo de negocios sostenible si no está acompañada por una estructura financiera sólida y una gobernanza clara.
Hoy, con una acción que cotiza a menos de un dólar, una sociedad madre en concurso de acreedores y una estrategia en repliegue, el grupo enfrenta un desafío distinto al que lo vio nacer en 2001. Ya no se trata de crecer ni de convencer al mercado con promesas de disrupción, sino de ordenar, sobrevivir y recuperar confianza.
Para una empresa que supo representar el sueño de la biotecnología argentina, ese puede ser, paradójicamente, el desafío más difícil.