• 30/7/2026
ALERTA

La industria textil entra fase crítica y ya cierran fábricas, se desploma la inversión y sobra capacidad ociosa

La producción sigue en caída libre, pero también retroceden la inversión, el empleo y las fábricas en actividad, configurando un escenario amenazante
30/07/2026 - 19:24hs
textil indumentaria

Puntos importantes

Checkbox Checked La crisis de la industria textil argentina profundiza su impacto: la producción cayó 25,6% en mayo y afecta la estructura.
Checkbox Checked Informe de FITA revela el cierre de 330 establecimientos textiles en un año y que operan al 42,2% de su capacidad instalada.
Checkbox Checked La pérdida de 15.468 empleos y baja inversión auguran una menor capacidad productiva futura para el sector.

Durante gran parte de 2024 y 2025, la crisis del sector textil estuvo asociada principalmente al desplome del consumo interno, la pérdida del poder adquisitivo y la apertura de las importaciones.

Sin embargo, los últimos indicadores muestran que el deterioro comenzó a trasladarse a un plano mucho más profundo si se tiene en cuenta que la estructura misma de la industria empieza a achicarse.

Por lo menos así surge de analizar el último informe mensual elaborado por la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA), que reúne una serie de indicadores oficiales y privados para medir la evolución de la actividad.

Más que una fotografía de un mal momento, el documento describe un proceso que amenaza con dejar al país con una menor capacidad de producción incluso cuando la economía vuelva a crecer.

El trabajo muestra cómo en mayo, la producción textil cayó 25,6% interanual, marcando un retroceso que supera ampliamente la baja del 2,5% registrada por el índice general de producción industrial.

Si se toma el acumulado de los primeros cinco meses del año, la diferencia también resulta significativa ya que mientras el conjunto de la industria retrocedió 3,1%, los productos textiles acumularon una contracción del 26,5%.

La verdadera señal de alarma en la industria textil

Pero el problema más grave que revela el trabajo de FITA aparece cuando se observan otros indicadores que suelen reaccionar más lentamente que la producción.

Las empresas ya no sólo producen menos sino que también comienzan a cerrar plantas, postergar inversiones y reducir personal.

Se trata de decisiones que suelen tomarse cuando el empresario deja de esperar una recuperación rápida del mercado.

Uno de los datos más preocupantes del informe es la reducción del entramado industrial.

Según FITA, el país cuenta actualmente con 3.626 establecimientos textiles, es decir, 330 menos que un año atrás.

Solamente en lo que va de este 2026 desaparecieron otros 115 establecimientos y, si la comparación se realiza contra diciembre de 2023, el sector perdió 383 fábricas.

A ese fenómeno se suma otro indicador que refleja la magnitud del problema.

Es decir, el de la utilización de la capacidad instalada que evidencia que las plantas textiles trabajan apenas al 42,2% de su poder, muy por debajo del promedio industrial, que alcanza el 58,4%.

La brecha de más de 16 puntos porcentuales ubica al sector entre los de mayor capacidad ociosa de toda la industria argentina.

El dato resulta especialmente relevante porque una fábrica que opera durante meses con más de la mitad de sus máquinas detenidas difícilmente mantenga intacta su estructura productiva.

La consecuencia suele ser la suspensión de inversiones, la reducción de turnos, el cierre de líneas de producción y, finalmente, la desaparición de empresas.

Ese proceso es el que comienza a advertirse en la industria textil argentina y explica por qué la preocupación empresarial ya no pasa únicamente por las ventas del próximo trimestre, sino por cuánto del aparato productivo seguirá en pie cuando el mercado vuelva a mostrar señales de recuperación.

La apertura comercial cambió el modelo

Más allá de la caída de los indicadores, el deterioro del sector textil también expone un debate que atraviesa a toda la industria argentina.

Desde la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada, el Gobierno impulsó una estrategia basada en la apertura comercial, la reducción de aranceles, la eliminación de trabas a las importaciones y una mayor competencia con productos del exterior.

El argumento oficial sostiene que la protección excesiva durante décadas generó industrias poco competitivas y que la competencia terminará beneficiando a los consumidores con mejores precios y mayor oferta.

En el sector textil, sin embargo, esa transformación encontró una resistencia casi inmediata.

Empresas, cámaras fabriles y sindicatos vienen advirtiendo desde hace meses que la combinación entre apertura comercial, consumo deprimido, elevados costos financieros y una presión impositiva todavía alta dejó a buena parte de las fábricas compitiendo en condiciones muy desiguales frente a productos importados, especialmente provenientes de Asia.

El informe de FITA no ingresa en ese debate político, pero sí aporta datos que muestran la profundidad del ajuste que atraviesa la actividad.

Uno de ellos es la fuerte caída de la inversión al mostrar que durante el primer semestre de este año, las importaciones de maquinaria, utilizadas como indicador de inversión en bienes de capital, alcanzaron apenas u$s60,2 millones, un 28% menos que en igual período del año anterior.

"La contracción alcanzó prácticamente a todos los segmentos de maquinaria, desde hilatura hasta telares y equipos de acabado", se sostiene en el informe.

Para cualquier industria ese dato resulta relevante pero en el negocio textil tiene un peso adicional teniendo en cuenta que se trata de una actividad donde gran parte de la competitividad depende de la renovación tecnológica.

Cuando las empresas dejan de incorporar maquinaria nueva, no sólo producen menos: también pierden productividad, calidad y capacidad para competir frente a fabricantes extranjeros.

Un deterioro que tampoco es uniforme

El trabajo de FITA revela además que los rubros más afectados son justamente aquellos que representan el corazón de la cadena industrial.

En este sentido, los hilados de algodón registran la mayor caída interanual, mientras que tejidos y acabado de productos textiles lideran el retroceso acumulado del año.

Es decir, la crisis golpea con mayor fuerza a los primeros eslabones de la producción y no únicamente a las marcas que venden indumentaria al consumidor final.

Esa situación repercute especialmente en provincias donde la industria textil tiene un fuerte peso económico, como Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Catamarca, La Rioja, Chaco, Santiago del Estero y Tucumán.

Allí se concentra buena parte de la producción de hilados, tejidos, algodón y confección de prendas, actividades que generan miles de empleos directos e indirectos.

El panorama también alcanza a numerosas empresas reconocidas del mercado local como fabricantes de hilados, tejedurías, confeccionistas y marcas de indumentaria que vienen atravesando meses de fuerte ajuste, con reducción de turnos, suspensiones y reestructuraciones para adaptarse a un mercado que todavía no muestra señales claras de recuperación.

En ese contexto, el informe advierte que cuando una industria deja de invertir durante períodos prolongados, el problema deja de ser únicamente cuánto produce hoy y la verdadera incógnita pasa a ser cuánto podrá producir dentro de dos o tres años, aun cuando el consumo vuelva a crecer.

Menos empleo y una pregunta que preocupa

Si la producción, las inversiones y la cantidad de fábricas muestran un panorama complejo, el mercado laboral confirma que la crisis ya impacta de lleno sobre la estructura del sector.

De acuerdo con el informe de FITA, el agregado que comprende textil, confección, cuero y calzado contabilizaba en abril 95.094 puestos de trabajo registrados, lo que representa una pérdida de 15.468 empleos formales respecto del mismo mes del año pasado.

Si la comparación se realiza contra diciembre de 2023, el ajuste supera los 25.600 puestos de trabajo.

Para la entidad, la caída no se explica únicamente por despidos y en muchos casos las empresas también optaron por no reemplazar personal que se jubiló, reducir horas extras, eliminar turnos de producción o avanzar con retiros voluntarios para intentar atravesar uno de los momentos más difíciles de los últimos años sin cerrar definitivamente sus plantas.

A diferencia de otras crisis, además, el sector enfrenta un fenómeno poco habitual.

Mientras buena parte de la economía todavía convive con aumentos de precios superiores al promedio histórico, la indumentaria prácticamente dejó de ser un motor de inflación.

Según el relevamiento, "durante junio los precios de prendas de vestir, calzado y cuero aumentaron apenas 0,4% mensual y 11,9% interanual, muy por debajo del índice general de inflación, que fue de 1,9% mensual y 33,5% interanual, lo cual muestra que el rubro fue el que menos aumentó entre todos los componentes del IPC".

Para los consumidores puede representar una buena noticia, pero para las empresas implica otra señal de alerta ya que muchas no logran trasladar a precios el aumento de sus costos, lo que reduce los márgenes de rentabilidad y dificulta aún más la posibilidad de invertir o sostener el empleo.

El interrogante que empieza a preocupar

Más allá de la coyuntura, el informe de FITA deja planteada una pregunta que trasciende a la propia industria textil: ¿qué ocurrirá cuando el consumo se recupere si parte de la capacidad productiva ya desapareció?.

La respuesta todavía no existe, pero el escenario comienza a inquietar a empresarios y analistas ya que si continúan cerrando fábricas, se mantiene la caída de la inversión y siguen perdiéndose puestos de trabajo calificados, la Argentina podría encontrarse con una industria más pequeña y con menor capacidad para abastecer una eventual recuperación de la demanda.

En ese contexto, una mayor porción del mercado podría terminar siendo cubierta por productos importados, no necesariamente porque sean más competitivos, sino porque parte de la oferta local dejaría de existir.

El propio informe muestra que el ajuste no sólo se refleja en la producción sino que también alcanza a los precios.

Mientras la inflación general acumuló un incremento anual del 33,5%, el rubro prendas de vestir, calzado y cuero registró apenas 11,9%, siendo el de menor aumento entre todos los componentes del Índice de Precios al Consumidor. En junio, incluso, los precios del sector aumentaron apenas 0,4%, muy por debajo del 1,9% del índice general.

Ese comportamiento muestra que las empresas tienen escaso margen para trasladar mayores costos a los consumidores, lo que presiona todavía más sobre su rentabilidad.

Al mismo tiempo, los precios mayoristas de los productos textiles también evolucionaron por debajo del promedio de la industria manufacturera, otra señal de un mercado con fuerte competencia y demanda debilitada.

Paradójicamente, el informe también refleja que las importaciones de productos textiles mostraron una caída durante el primer semestre del año.

Sin embargo, esa baja parece responder más al desplome de la actividad y del consumo que a una recuperación de la producción nacional.

Es decir, hoy se importa menos porque el mercado es más chico, no porque la industria local haya recuperado terreno.

Con ese panorama, el futuro del sector dependerá de varios factores como la evolución del consumo; la continuidad de la apertura comercial; el acceso al financiamiento para renovar maquinaria y la capacidad de las empresas para sostener su estructura durante una de las crisis más profundas de los últimos años.

Por ahora, el diagnóstico que surge del informe es que la industria textil ya no enfrenta solamente un problema de ventas.

Empieza a atravesar un proceso de pérdida de capacidad productiva que podría redefinir el mapa del sector durante los próximos años, aun cuando la economía logre recuperar el crecimiento.

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